domingo, 24 de febrero de 2008

Naranjas, ambulancias y Romeos


Más días extraños. Vino el Emperador y eso siempre es bueno, siempre es un alivio. Son abrazos, alguien que escucha y que entiende, que saca risas del mayor drama, que está dispuesto a escuchar mil veces la misma historia sin desesperarse, que consigue encontrar respuestas nuevas a las viejas preguntas o, simplemente, se queda callado a mi lado si hace falta. Mantiene intacta su magia aunque no crea en ella, y en los peores momentos siempre aparece, siempre tiende la mano y camina conmigo.

Ayer, el cansancio estuvo a punto de doblegarme. El cuerpo se resentía, la cabeza se negaba a funcionar y hubo un momento de pánico cercano a las lágrimas, uno de esos en los que sólo quieres abandonar, en los que se hace absolutamente real el "no puedo más" y en los que ese que te falta te falta tanto que te duele la piel. Fue una sensación muy cabrona y muy agobiante, de las que te hacen sentir deseos de correr sin saber hacia dónde. Y el corazón, otra vez, latía como un pajarito asustado. Y cuanto más se desbocaba, más angustia se me echaba encima. El Emperador caminó a mi lado, por supuesto, y me llevó hasta El Ñeru, conoció mi segunda casa. Los gritos no me alarmaron, porque siempre los hay. Es lo normal. Niños medio salvajes con sus juegos medio salvajes. Pero cuando vi la ambulancia el miedo se concretó, el mal presentimiento cobró sentido. Me despedí de mi Emperador y empezó otra noche de trabajo.

El numerito no estuvo mal. Bobo completamente colocado intentando tirarse por la ventana. Los del Samur negándose a atenderle porque "no estaba reducido". Los críos histéricos pidiéndonos que no llamáramos a la policía, y, por primera vez, cinco educadores haciendo piña con los monstruitos. No queremos policía. No necesita un policía, ni que le detengan. Necesita un médico. Necesita un calmante. Y si no colabora, si hay que reducirle, lo haremos nosotros. No queremos porras aquí, ya están bastante asustados. Los ocupantes de la ambulancia nos dicen que, en ese caso, nos pueden ir jodiendo. Recogen todo, indignados, nos insultan y se van. Sólo un chaval joven se cuela disimuladamente en la casa y nos pregunta qué ha tomado el chaval. Al ver la botella de disolvente, parece triste y asqueado. "Qué putada, pobre guaje. Nada, tíos, a esperar que se le pase. No puedo hacer nada, lo siento. Médicos cabronces". Y se van todos.

Para los críos es todo un gesto que nos negáramos a llamar a la madera. Por lo demás, el episodio les divierte. Bobo está loco, ya nos lo habían dicho. Se le va la olla, con droga y sin ella. Qué coño se va a tirar por la ventana? Se ríen. Es teatro, es mentira. Circo. Y si se tira, que se tire. Peor para él, por gilipollas. Rastas no lo entiende. "Tía, qué duros son, no se quieren un pijo". "Para qué se iban a querer?" le pregunto. "Hoy están aquí, mañana no saben. Quererse no es útil, es un lastre". Bobo nos suplica que le devolvamos el disolvente. No podrá dormir si no se coloca un poco más. Ni siquiera Boabdil consigue calmarle. El Ermitaño se encara con él y le pega la bronca bereber. Al minuto siguiente, Bobo está viendo la tele, con los otros, y cualquiera diría que no ha pasado nada. "Estoy bien. Ya estoy bien. Estoy tranquilo". Se van a la cama sin mayores problemas. El Ermitaño me pide comida, aunque sabe que no es posible a esas horas. Pero él no es como el Cherokee. Él no exige, ni te mira con desprecio, ni te acusa de racista. Él jamás ha dicho un taco, ni ha levantado la voz. Él suplica, lastimero, "por favooooooooor", desde sus diecisiete tacos y su metro ochenta, siguiéndote como un perrito, dándote besos en el pelo "por favoooooor, Morena, me muero, me muero de hambre, dame una naranja y no se lo cuento a nadie". En un arranque de inspiración le digo que se la pida a Burgos, al varón, al macho. Para la mayoría de ellos es lo normal. Los hombres mandan. Así lo entienden y con ellos negocian. Nosotras no pintamos nada. El experimento tiene un resultado inesperado. El Ermitaño me mira sorprendido. "Por qué? Yo te pido a ti, tú también educador. Además, Burgos no me da comida, es un cabrón". Lo dice muerto de risa y yo también me río, y me finjo escandalizada porque es la primera vez que le oigo un insulto. "Y si yo tampoco te doy comida?". "Entonces tú cabrona también". Yo soy igual que Burgos. Igual de "educador", e igual de cabrona. Igual. Por ese "igual", el Ermitaño consigue su cena de contrabando. Acabo de cometer mi primera injusticia en El Ñeru. Acabo de mimar a uno por encima de los demás. Pero ahora sé que tenemos un aliado, uno que nunca da problemas, que ayuda a controlar a los pequeños y que ni siquiera va de líder, ni siquiera va a abusar de privilegios (porque se los gana él) ni de una autoridad que sólo usa cuando hay peligro. Y me ha costado una naranja y unas galletas.
La nota cómica de la noche la pone Mudito, que llega tarde, ajeno a todas las movidas, cuando El Ñeru duerme a pierna suelta. Y entra, en el colmo de la desfachatez, por mi balcón. Me tiro por el suelo de risa. Le aseguro que la próxima vez tendrá que traerme flores o le dejaré al fresco. "Me equivoqué de ventana!!!" me confiesa. No puedo con él, me parto el eje. "Tío, ya te vale, que es la una y media!". Clama a los cielos con cara indignada: "El tobús, el tobús!!!" Se me saltan las lágrimas, me troncho, no hay quien les riña en estas condiciones. Siempre hay alguno que te dispersa las nubes negras y consigue que la noche termine bien. Alabado sea Alá.

Sigo cansada, pero la angustia ha pasado ya. Aunque, esta noche, tuve uno de esos sueños que te hacen amanecer triste. La voz de mi abuela Lola, que me llamaba por teléfono para despedirse. No quiero pensar en ello. Hace tiempo soñé lo mismo con Víctor, aunque en aquella ocasión le veía caminar por el rompeolas, me abrazaba y se iba. Y aquí sigue. Es una bendición estar a punto de cumplir los treinta y tener cuatro abuelos. Lo malo es que sabes que, probablemente, se despedirán todos casi a la vez.

Desayuno con el Emperador, la promesa del Peque de conseguir helado de chocolate en domingo ("no te conseguí fresas en febrero hace doce años??") y de vuelta en casa, a mi cama, a descansar. El Emperador se va, sí, y ha sido demasiado corto, pero ha sido bueno y sé que siempre está conmigo. Lástima necesitarle tanto y no poder darle nada a cambio.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me alegro de que estés mejor que ayer. Y espero que el Peque te consiga el helado de chocolate, por lo menos con las tiendas 24 horas existe la posibilidad :) ... Descansa. Besos. Carlota.

Alberich dijo...

¿Médicos cabrones?
uy uy uyyy...

Lenka dijo...

Jejejeje, eso no lo dije yo, lo dijo el enfermero, que conste en acta!!!!

Rogorn dijo...

Ánimos.

Salem6669 dijo...

Te deseo que los próximos días de curro sean un poco menos moviditos que éstos últimos, que ha este paso sólo con El Ñeru tienes pa hacer un bestseller ;o)

Técnica antiagotamiento.-1º- Sentir el agotamiento 2º- Dejar la mente en blanco 3º-Permitirte ver cómo te ven los demás 4º-Agota.. que? ;o)

Otra técnica complementaria puede ser comer algo energético véase chocolate ;oP

Al final qué hubo helado de chocolate o no? que me he quedado con la duda ;oP


Esperando más cartas a los búhos

Besinos, Paz y Amor

Lenka dijo...

Helado no, pero nos zampamos una tableta entera que conseguimos, obviamente, en la tienda de 24 horas.

Gracias por la técnica. Allá vamos otra vez, una noche más. Besos, motero. Nos leemos.