lunes, 31 de diciembre de 2007

Un final

Se acabó el año y de momento se acabó todo.

Que llegue mañana. Y que sea mejor. Para todos.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Palabras vacías

Mi emperador está triste y no sé qué demonios puedo hacer para ayudarle. Odio esta sensación de impotencia. Sobre todo tratándose de él. Porque resulta que él, además de Emperador, es Mago. Porque se las ha ingeniado siempre para anticiparse a mis peores horas, para estar ahí incluso en el exilio, para (no sé bien cómo) tragarse en un segundo cientos de kilómetros y sorprenderme en las mayores tristezas con un: "te invito a cenar". Porque en esos momentos de pánico, inexplicablemente, nunca estaba lejos, sino a la vuelta de la esquina. Cómo lo hace? Me resulta increíble. En el instante más desesperado no se conformaba con ser una voz en la distancia, no. Se materializaba a mi lado para darme un abrazo. Es mi Emperador, pero es un Mago, indudablemente.

Cómo le curo yo ahora? De dónde saco la receta? Él parece tenerla siempre a mano, pero no le sirve. Es muy injusto. Es asquerosamente injusto que él pueda consolarme siempre, hacerme reír en medio de la pesadilla, conseguir que las peores noches amanezca sonriendo y convencida (yo, la reina del pesimismo) de que todo saldrá bien. Cómo puedo devolverle todo eso? No encuentro una sola palabra inteligente, un sólo gesto útil. Nada. Cómo le hago creer que el dolor pasará, que podrá con esto, que saldrá adelante y será feliz, que llegará sin darse cuenta y se asombrará de tanto alivio? Porque lo sabe. Lo sabe porque lo ha vivido antes, y porque ha sido testigo de la curación de otros. Ha estado ahí para curarnos y ha vivido las metamorfosis, las nuevas ilusiones, el brillo nuevo en los ojos. Pero ahora, claro, en medio de la oscuridad, eso no le consuela. Ahora vive en esa fase en la que todo da igual, en la que nada sirve, en la que no merece la pena intentarlo siquiera.

Llegará lo quieras o no. Incluso si te empeñas en rendirte. Siento no poder hacer nada más, sólo repetirte las consignas de siempre. Y confiar en que, aunque no te importe en absoluto ahora, seas capaz de creerme. Debes creerme a pesar de todo.

No te imaginas cuánto te quiero.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Uno menos


Y, a la vez, uno más. Un obstáculo menos. Un peldaño más. Seguimos a oscuras, pero parece que hay un poco de luz al final de la escalera. Si esa luz es lo que parece, lo que quiero, lo que busco, o nada que ver con lo anterior, se verá.

De momento, me he quitado una auténtica losa de encima. He conseguido espantar a uno de los fantasmas, al menos de momento. Quiero creer que se ha esfumado para siempre jamás, pero quién podría afirmar algo así? Nadie, supongo. La vida es tan curiosa a veces...

Estoy tranquila. Los aleteos del pajarito se han calmado. Puedo respirar hondo y el nudo en el estómago se ha deshecho por fin. Aún no tengo el valor suficiente como para darle al interruptor, pero al menos encendí una vela, y resulta que no había monstruo en la habitación. Y, dios, estaba tan aterrada... parecía un monstruo tan enorme, tan invencible, tan peligroso, tan amenazador... al final resulta que sólo era terrible en mi cabeza. Que el miedo era sólo mío, y era infundado. Resulta que estamos solos. Siguen faltando piezas, sigo sin saber exactamente a dónde voy, sin tener una idea clara de hacia dónde me lleva este laberinto. Pero la niebla se va disipando y, francamente, el viaje resulta más agradable así.

Uno menos. Y uno más. No me veis, pero estoy sonriendo.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Minichu


Las Navidades, en principio, ni me gustan ni me disgustan. Como ya dije en el comentario de la entrada anterior, son una excusa como otra cualquiera para juntarse con la familia, reír, recordar viejas historias, comer, beber y hacerse regalos. Suelo divertirme mucho. Este año las Fiestas se presentaban un tanto inquietas, distintas. Ya sabéis, sigo esperando. Pero al menos hubo una novedad.


Se llama Lara, y tiene cuatro meses. Se la conoce también como Minichu. Es la hija de mi primo Marcos (Gran Chu) y de su mujer, mi tocaya (Pequeña Chu). Marcos es el amor de mis amores, como un hermano. Y también ha sido el primero de mi generación en ser padre. Los que me conocéis, sabéis que no tengo un instinto maternal demasiado desarrollado. Es más, normalmente los niños me sacan de quicio. Sin embargo, siempre he sabido que sería madre algún día, porque siento la necesidad de seguir con la cadena, de comprobar si mis hijos tienen los ojos de Rafa, el genio de Mila, la tenacidad de Samuel, la entrega de mi madre, la mente inquieta de mi padre, la dulzura de la tía Merce... qué sé yo. Y porque, además, necesito saber que todas esas personas, sobre todo las que se han ido, seguirán viviendo en la sangre de otros. Que habrá otros que vean sus fotografías, que conozcan sus historias. En eso consiste mi instinto maternal. No en realizarme como mujer, ni mucho menos, sino en mantener vivo mi clan, poner un eslabón más, escribir una nueva página, rendir un homenaje a los que son y los que fueron.


Esta enana es especial. Porque es otro paso, otra vida. Por la esperanza que suponen sus ojazos y la forma en que aprieta mis dedos. Por cómo patea incansable y cómo eligió mi osito de peluche (precisamente el mío) para morder. Es especial porque me hizo sonreír estas Fiestas que iban a ser extrañas y llenas de dudas. Y porque es el eslabón nuevo de una cadena que va unida a la mía. La cadena de Marcos, Gran Chu, Quines, mi primer amor, mi otro hermano, mi primo.


Bienvenida, Lara, Minichu, Coquito. Felices Fiestas. Feliz Vida.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Sigo esperando


Me consuela pensar que cada minuto estoy más cerca del final.
Me aterra pensar qué final será ese.
Para bien o para mal, el tiempo pasa.
La respuesta podría llegar en cualquier momento.
Y esta vez me aseguraré de hacer la pregunta.


Gracias, Emperador, por tu magia. No sé cómo lo haces, pero apareces siempre en las peores noches y consigues que amanezca sonriendo.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Vértigo


Si doy un paso más, es posible que caiga al vacío. Si no lo doy, todo quedará en suspenso.
Puedo perderlo todo, puedo ganarlo todo. Me siento como si tratara de retener arena entre los dedos.
Si subo un peldaño, quizá llegue por fin a lo alto de la torre. Pero tal vez entonces no pueda escapar.
Si abro la puerta, puede ser que salga del laberinto. Y si otra puerta se cierra a mis espaldas? Y si más allá no hay salida?
Si equivoco las preguntas seguramente pierda las respuestas.
Si permanezco en silencio, a lo mejor el monstruo pasa de largo y logro salvarme.

Pero, y si el ruido es la única manera de ahuyentar a los fantasmas?
Y si ha llegado la hora de encender la luz y descubrir que no hay precipicio, ni trampas, ni nada que temer?
Y si enciendo la luz y sólo estamos nosotros?

Qué puedo ganar? Qué puedo perder? Cómo saber cuándo es hora de aguantar, cuándo es hora de tirar, de romper, de contar hasta cien, de correr, de aferrarse al saliente, de soltar las manos?
Ha llegado la hora de saltar? Tendré valor para saltar a ciegas? Cómo saber hacia dónde voy a caer?

Prometí esperar a los búhos. Pero el más preciado parece haberse perdido. Debo seguir esperando? Es lícito que salga a buscarlo?
Hay demasiada oscuridad y no consigo ver nada. Tal vez lo tengo delante. Tal vez sólo debo extender la mano. Y si lo ahuyento, justo cuando había encontrado el camino? Y si, por el contrario, logro con un gesto atraerlo hacia mí?

Son muchas preguntas y aún me faltan muchas piezas. Es imposible terminar el puzle sin colocarlas todas.
La partida está siendo demasiado larga, demasiado complicada. Temo fallar en el último movimiento y que todo se vuelva cenizas. Pero debo avanzar. El reloj no se detiene. Ya hemos jugado nuestras cartas.
Quizá ha llegado el momento de saber si era un as o sólo un farol.

Voy a cerrar los ojos, extender la mano y confiar en la suerte.
Quizá gane esta vez.
Quizá pierda de nuevo y deba lamer mis heridas.
No importa. Las gatas siempre caemos de pie.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Los ojos de Rafa

El tío Rafa era hermano de la abuela Mila. El más guapo, sin duda. Un mocetón gigante, como su hermano Ángel (del que hablaré otro día porque sus historias no tienen desperdicio) No los conocí a todos y a algunos los recuerdo vagamente. Sé que eran ocho, hijos de María (hay una foto suya por ahí y asombra ver el poderío de aquella mujer de campo que se quedó viuda con todos sus hijos, que los sacó adelante sin una lágrima, que les obligaba a ir al baile cada domingo porque había que divertirse y que posa ante la cámara como una emperatriz) y de Julián (ese al que sacaron de casa a golpes y nunca más se supo, al que seguramente pegaron un tiro al borde del acantilado de Candás, o que estará en una de esas fosas comunes que no deben abrirse porque, para no recordar viejas heridas, al parecer es mejor mantenerlas sangrando toda la vida en silencio).

Casi todos tenían apodos, cosa muy típica en Asturias. Tan típica que, de hecho, en los panteones de muchos cementerios rurales, no aparece el apellido de la familia, sino el mote. Esta parte del clan, y así reza en el camposanto, eran los de "Corujedo". A saber por qué. Todo eran motes. El Ruan (qué significará eso?), El Hostio (cómo sería de bestia?), Colorín... Recuerdo a Maruja, la mayor, que hablaba en clave y era tan mística. La que se casó con un viudo y nunca tuvo hijos propios, pero sí a dos "fiastres" (hijastras). A Julio, el pequeño, sólo le vi una vez, en un funeral, pero es la oveja negra de la familia, así que no cuenta demasiado. Recuerdo a Ángel, por supuesto. Y a Rafa.

El hermano José murió en casa, enfermo de tuberculosis. Rafa se fue a la mili y volvió sin piernas. Una de sus botas le hizo una herida en el pie, pero él no se quejó. La herida se gangrenó y al final hubo que amputar la pierna. Lo malo es que los médicos congelaron también la pierna sana. Así que perdió las dos. Rafa era imponente y guapísimo. Tenía todo el pelo blanco, los ojos azules y un hermoso bigote al estilo Dalí. Se quedó a vivir en casa de su hermano Ángel y la mujer de éste, Tona, la Roxa (la Rubia). Nunca pudo trabajar en el campo, ni con el ganado, pero ayudaba en todo lo que estaba a su alcance y solía cuidar de sus tres sobrinos. Cuando María, la madre, murió, le dejó más dinero a él, para que pudiera mantenerse mejor. Julio montó en cólera y amenazó con matar al tullido. Ángel lo sacó a patadas de su casa y desde entonces ningún hermano volvió a dirigirle la palabra al pequeño.

Alguien, no sé quién, le hizo a Rafa unos banquitos de madera con tiras de cuero. Él se los ajustaba a las manos y así caminaba. Todos los niños de la familia sentíamos fascinación por él. Nos sentábamos a su lado, sobre los banquitos o por el suelo. Cuando yo tenía tres años, le pregunté con la naturalidad de los críos por qué no tenía piernas. Su respuesta fue inmediata: "Comiéronmeles los gochos" (Me las comieron los cerdos). Rafa siempre se lo tomaba todo a guasa. Excepto cuando uno del pueblo le llamó "medio hombre" en el bar. Conociendo el carácter de Ángel, calculo que habría hasta navajazos. La batallita está grabada en una cinta de cassette (mi abuelo Víctor siempre tuvo la bendita manía de andar con un magnetófono por todas partes, y gracias a él conservamos las voces de muchos de ellos, incluso de María, mi bisabuela) en la que ambos hermanos relatan el suceso aderezado con todo tipo de blasfemias, mientras la tribu se parte de risa y el siempre beato Víctor reprende sin convicción a sus dos cuñados.

Rafa fumaba tabaco de liar, comía como una bestia (quizá pensaba que ya había renunciado a demasiados placeres en la vida, así que, por qué renunciar a los otros) y pesaba como cien kilos incluso sin piernas. Vivó 63 años y murió como un Rey, y dando la nota. En mitad del banquete de boda de mi tía Meme, su sobrina, la hija de mi abuela Mila y de Víctor, una de las hermanas de mi padre. Recuerdo cada detalle de ese momento. Quizá por eso nunca he tenido miedo a la muerte, quizá por eso nunca me ha impresionado despedirme de los míos. Yo tenía seis años entonces y aquella noche no podía dormir. Cuando me explicaron que Rafa estaba en el cielo, me quedé muy tranquila y volví a la cama. Mientras tanto, en el tanatorio, mis padres y mis tíos intentaban en vano meter a Rafa en su ataúd. Y no cabía. Su espalda y sus brazos eran tan inmensos, que no había manera. El féretro sobraba de largo, pero faltaba de ancho. Tras varias maniobras, resoplidos y sudores, alguien soltó: "Joder, Rafa, nos estás dando la noche". La tensión se esfumó. Todo el mundo se partía de risa, incluyendo a los pobres empleados de la funeraria, que llevaban un buen rato mirando aquella escena boquiabiertos, luchando por mantener el tipo, sofocando risitas nerviosas, convencidos, seguramente, que aquello era lo más macabro y surrealista que habían visto en su vida.

Rafa tuvo una vida curiosa y una muerte curiosa. En mi clan contamos historias, miramos fotos, escuchamos cintas viejas, reímos y lloramos en los funerales (a veces incluso nos emborrachamos) y mantenemos presentes a los que se fueron. Hay aventuras tan estrambóticas como esta. Muchas más. Irán saliendo, sin orden ni concierto. Pero la de Rafa tenía que ser de las primeras. Me gustaría que, algún día, uno de mis hijos tuviera sus ojos.

Amores que matan


En otras entradas me ponía yo pseudofilosófica e intentaba (por supuesto en vano) desentrañar los misterios del amor, esa emoción tan curiosa que puede llevarnos a lo más alto y a lo más bajo, que puede inspirar la mayor generosidad o alimentar la posesión más vil, que nos completa o nos anula. Porque hay muchas clases de amor. O quizá no. Quizá es, sencillamente, que somos muchos y muy diversos (mi abuelo dixit) y cada cual vive sus sentimientos como puede, como quiere, como le dejan, como le enseñaron.


Podríamos jugar a etiquetar a los diversos tipos de "amantes". Las posibilidades serían infinitas. El entregado, el cobarde, el generoso, el avaro, el celoso, el prudente, el apasionado, el fugaz, el idealista, el calculador... Supongo que depende de cada cual, y también del que está al otro lado, de cada historia, de cada momento. Imagino también que se nos podrían aplicar múltiples etiquetas complementarias, e incluso algunas completamente contradictorias. Pero a eso jugaremos otro día. El grupo que hoy me interesa es el de los vampiros. Y no, por una vez no tiene nada que ver con el rollo gótico que tanto me gusta. Vampiros es la palabra que uso para aquellos que matan de amor, para los que asfixian, para los que exprimen hasta tu último aliento, para todos aquellos que entienden el amor como una cadena indestructible, para los que osan amar aplastando al compañero, necesitándolo con tal ahínco que asusta, convirtiéndole en su única razón para vivir. Es posible que a ellos, a los vampiros, les parezca de un romántico sublime. A mí, francamente, me aterroriza. Uno de estos vampiros resultó ser, al mismo tiempo, un ilustre personaje de las letras de este país. Su compañera, Zenobia Camprubí, le entregó, literalmente, su vida entera. Dado que en aquellos días no se esperaba otra cosa de una mujer, al menos no pasó a la historia como mujer mala. No pasó a la historia, ni para bien ni para mal. Fue olvidada, como tantas otras. Permitidme que la rescate del olvido y que la incluya en mi sección de "Mujeres Malas". Porque creo que fue nefasta para sí misma. Porque es el ejemplo perfecto del amor menos recomendable. Porque su historia me parece terrorífica. Y, finalmente, porque si en su día nadie se maravilló de su enorme sacrificio, ni mucho menos la animó a romper aquella amorosa y mortal cadena (lo dicho, eran otros tiempos) yo no puedo evitar la tentación de escribirle unas letras, prometiéndole que, si alguna vez doy con una mártir como ella, seré lo bastante atrevida e impertinente como para ponerle un espejo delante. Y ofrecerle mi mano. Y dejarla en paz si me asegura que la esclavitud es su elección. Porque, al fin y al cabo, eso es la libertad, aunque a veces nos cueste entenderlo.


Zenobia Camprubí era una niña bien, con estudios, que había viajado, trabajado como profesora en Estados Unidos, con inquietudes literarias. Conoció a Juan Ramón Jiménez y éste se enamoró de ella al instante. Zenobia no quería casarse. Consideraba que los españoles eran machistas, y que Juan Ramón, además, era un tipo gris, triste, algo neurótico. Él le escribió cartas apasionadas, le habló de sus proyectos como escritor, le aseguró que juntos harían grandes cosas, traducirían grandes obras, escribirían. Y Zenobia, ilusionada ante la posibilidad de cumplir sus sueños, aceptó. Jamás volvió a escribir, salvo por las anotaciones de sus diarios. Juan Ramón era, en efecto, un tipo peculiar. Hosco, huraño, paranoico, posesivo, lleno de terrores, hipocondríaco, maledicente. Alberti, Guillén, Neruda, Salinas... su lista de enemigos era extensa. Cernuda llegó a compararle con Jekyll y Hyde, afirmando que era "una criatura ruin". Juan Ramón vive obsesionado con la muerte, y con la idea de crear una obra perfecta que le trascienda. Escribe y destruye con obstinación. Acumula periódicos viejos, cierra a cal y canto las ventanas, se vuelve cada vez más maniático. El matrimonio se exilia a Cuba. No tienen dinero y malviven en un pequeño cuarto de un hotel modesto. Cuando Juan Ramón escribe o descansa, no tolera el menor ruido, así que Zenobia debe permanecer sentada en el baño, encerrada y en silencio. Cada día recuerda a su familia, que vive en Estados Unidos, y a la que hace veintiún años que no ve. Cada día planea su viaje desde La Habana. Y cada vez debe anularlo porque Juan Ramón se niega a ir y también a quedarse solo, con lo enfermo que está. Zenobia tiene un quiste en el vientre, pero su marido no le consiente operarse. No está dispuesto a quedarse solo mientras ella esté ingresada. Al cabo de los años, le diagnostican un cáncer de útero. Le aconsejan viajar a Estados Unidos, para tratarse. Zenobia es operada en Boston con éxito, pero unos años más tarde, viviendo en Puerto Rico, el cáncer se reproduce. Juan Ramón está enfermo, como siempre. Sus ingresos en sanatorios mentales son cada vez más frecuentes y no deja de reclamar la presencia de su mujer. Zenobia decide intentar un tratamiento en Puerto Rico para no abandonarle. Los resultados son devastadores. Cuando finalmente viaja a Estados Unidos, le comunican que le quedan tres meses de vida. Tras recibir la noticia, Zenobia regresa junto a su esposo para poner en orden sus papeles y esperar la muerte junto a él. Juan Ramón enloqueció de pena, tuvo que ser ingresado definitivamente, no volvió a escribir y le sobrevió solamente año y medio. En algunas de sus notas, se refiere a Zenobia como "su musa" y "la mujer más completa del mundo". Quizá por eso y por la dedicación incondicional de Zenobia, fueron considerados durante mucho tiempo como una pareja idílica, un matrimonio ideal, un ejemplo de amor. En 1991 se editaron los diarios de Zenobia y la realidad salió a la luz. Páginas y páginas de angustia, de frustración, de agotamiento, palabras de una mujer que quería escribir y sólo escribió sus penas más íntimas, palabras de un ser humano que claudicó, que se anuló por completo y se dejó vampirizar, palabras sobre una clase de amor enfermizo y destructivo, un amor aplastante y egoísta, palabras sobre una relación entre el negrero y la esclava, sobre el extraño vínculo de interdependencia feroz que, curiosamente, todos, incluso ellos mismos, definieron como "amor".


Hay proezas que son muy tristes. Hay heroísmos trágicos. Hay libertades que se forjan como eslabones de una cadena que uno mismo se ajusta al cuello. Hay historias que espeluznan y amores que matan. Hay amores que son tan distintos del amor que dan miedo. Y, afortunadamente, también hay Mujeres Malas.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Un loco fin de semana


Con mil cosas que hacer. Con prisas, mensajes, llamadas sorpresa, sandwiches, sesiones fotográficas, tiradas de cartas, películas, fútbol, compras...


Y contigo. Gracias por compartir conmigo las series, las chuches, las risas, los miedos, los planes, los juegos, el Martini, las charlas, los cigarros, el chocolate. Gracias por dejarme estar. Por el lugar que me das. Y por los besos.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Perlas filosóficas

Lo prometido es deuda. Y, dado que aún tengo pocas novedades sobre el trabajo (no creo que os interese un discurso sobre la formación que estamos recibiendo), procedo a explicar los geniales lemas de mi Pater, hombre sabio entre los sabios y, como cualquier sabio, un completo desastre capaz de sacar de quicio al más pintado.

"Hay que agarrar la recortada". Todo un clásico. Tercero de once hermanos, con un padre profundamente católico y en una época en la que, normalmente, había una sola manera de hacer las cosas bien, no es de extrañar que algunos individuos desarrollen una cierta urticaria a la autoridad. Mis abuelos son gente abierta, tolerante y cariñosa, con un enorme sentido del humor y siempre preocupados por ir con los tiempos. Cuando la hija mayor estudiaba enfermería en Madrid, se afiliaba al PC y corría delante de los grises, ellos aún cambiaban los pañales de la pequeña. La primera boda civil debió ser toda una sorpresa, como el primer divorcio, la primera nieta sin bautizar. Ahora nada de eso importa. Importa la familia, la felicidad de cada uno. Pasó la era del escándalo y la preocupación. Ahora es normal ir a bodas civiles, no bautizar a algunos nietos, tener en la familia a homosexuales, ateos, rojos, porreros impenitentes, divorciados, tatuajes y melenas o emparentar con personas de otros rincones del mundo. Nada de eso es importante. Importamos nosotros, todos. Pero aprender ciertas lecciones lleva tiempo, y mi padre es de natural impaciente. Fue la oveja negra, el primero en casi todo, el arbolito torcido. El hijo más inteligente, el más rebelde, el que siempre cuestionaba las cosas. No ha cambiado demasiado. Las figuras autoritarias siguen poniéndole de mal humor. Las normas, la imposición, el sistema. Odia el sistema. Hace muchos años que descubrió que su padre, al que sigue llamando cariñosamente "el facha", distaba mucho de ser un dictador. Ahora sabe que sólo era un buen hombre tratando de poner orden en una tribu de trece. Pero permitidme que no me líe hablando de mi abuelo. Eso tendrá que ser otro día, porque el susodicho merece capítulo aparte. Total, que el enemigo no era "el facha". El enemigo es el sistema. Eso opina mi viejo. De ahí que amenace constantemente con agarrar la recortada y liarse a tiros. Afortunadamente, todos sabemos que sus únicos tiros, son verbales.

"Me exilio. Me voy al monte". Otra. Odia el sistema, pero está convencido de que tenemos lo que merecemos. Ergo, odia a la raza humana. Prefiere a los animales. Así que, cada dos por tres, amenaza con hacerse ermitaño y largarse a la montaña. Imagino que son daños colaterales de haberse tirado treinta años navegando, lejos de todo, en mitad de ninguna parte. Y de la convivencia, claro. Primero con su enorme clan, luego con sus compañeros, algunos maravillosos, otros impresentables. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, ocho meses al año. Mi padre dice siempre que, desde niño, fue un autista vocacional, por pura supervivencia. Que había que esforzarse mucho para aislarse y poder pensar en medio de tal barullo de gente. Su casa, los barcos. Lo irónico del asunto es que jamás se ha exiliado. Es más, ahora mismo lo tengo en mi sofá. Años y años predicando la soledad, el ideario más robinsoniano, la utopía de librarse de la carga de los hijos (esos pequeños monstruos chupópteros). Y miradle. Tengo 29 años y no consigo independizarme de mi viejo. Claro que, quién iba a tomarse en serio que alguien tan hablador resistiría la vida de eremita?

"A Somalia os mandaba yo, a chupar piedras". La pesadilla de nuestra infancia. Godzilla y yo tuvimos que soportar este mantra durante años. Ahora se la estamos devolviendo, claro. Privilegios vengativos de hijos cafres. En una familia de trece miembros, hay pocos lujos. En un barco en alta mar, pocos caprichos te puedes permitir. Mi padre jamás permitió que sus hijos fueran unos consentidos. En casa entraba dinero a espuertas, se vivía estupendamente. Pero caprichos, no. Por sistema, jamás. Las cosas había que ganárselas y eso costaba. Cuanto más pedías, menos se te daba. A mi padre le gusta dar por su propio capricho. Pero fue de los primeros en tener móvil (le llamamos "burgués reaccionario" y nos tiramos por el suelo de risa ante su cara de impotencia), y ha dilapidado cantidades de dinero escandalosas. Se viste como un mendigo, come como un rey. Adora las motos y los coches. Es el más asceta o el más vividor. Carpe Diem. Juerga, vicio. Mientras te lo puedas permitir. Cuando no puedas, las manos en los bolsillos y a pasear. Sin dramas. Pero depende sólo de ti mismo. Nunca le debas nada a nadie. Ni te aferres a las cosas. Son buenas lecciones, pero nos permiten pullas divertidas. Que te has comprado otra moto? A Somalia te mandaba yo...

"Al carajo el acorazado". Tardes enteras de jugar a Hundir la flota. Al parchís. Al trivial. A lo que fuera. Mi viejo tiene un mal perder digno de estudio. Herencia de la abuela Mila. Por eso mi abuelo lleva sesenta años dejándose ganar a la brisca y fingiendo que no ve las trampas de su mujer. Qué más da? Si ella es feliz así... Mi viejo nos hacía trampas. A sus propios hijos, a su sangre. Otro motivo de cachondeo familiar. "La verdad es que es de lo más ruin y miserable", confiesa él mientras nos morimos de risa. No importa que nos hicieras trampas, viejo. Si eras feliz así... para eso están los hijos. Para perdonar estas cosas.

"Patada a seguir y la cabeza en Tabaza". Recuerdos de sus años como jugador de rugby. Esa era una de sus amenazas predilectas. Durante años soportó que le llamaran bárbaro, salvaje, animal. Cómo les decía esas cosas a sus hijos? Iban a cogerle miedo. No eran formas de educar. Nunca le tuvimos miedo. Siempre supimos que jamás nos arrancaría la cabeza, ni nos despellejaría, ni siquiera nos enviaría a un campamento nazi. Pero le obedecíamos. Sólo porque sabíamos que debía hacerse. El resto era teatro. Y resultaba muy divertido ver las caras de horror de los otros adultos cada vez que aquel barbudo con chupa de cuero soltaba sapos y culebras por la boca llamando a Herodes, el santo incomprendido. Cómo tenerle miedo al mismo señor con el que hacíamos novillos y que luego tenía la desfachatez de cachondearse de las monjas? "Oiga, Sordo(lores), que hemos decidido por votación que esta tarde vamos a pirar. Nos vamos al parque a echar de comer a los patos. Que lo sepa. El lunes le traemos los deberes".

"Jodíos astronautas emocionales". Los tíos somos todos iguales, hija. Menos algún santo varón como tu abuelo y cuatro más. Que no te líen, tú fíjate en cómo he sido yo toda la vida. Que no te cuenten milongas. Pasa de Peter Panes, búscate amantes, no hijos. No sufras, que no vale la pena. Diviértete, no te amarres emocionalmente. Pon tus reglas y acepta lo que te sirva, diga lo que diga el mundo. Fieles? Venga ya. Sí, alguno habrá... pero generalmente... ya sabes. Potorro que vuela, a la cazuela. Somos así. Como los puñeteros leones del Serengueti. Echarle cuento, dejarnos querer, montar a todas las que podamos y encima que cacen ellas y críen a los chiquillos. Tenlo claro, así si te pasa no te harás mala sangre. Y si no te pasa, disfrútalo. Ya sabes, no dependas de nadie. Nunca. Ni siquiera emocionalmente. Y ya sabes... cuándo un tío te diga que necesita espacio... malo. Ya tiene a otra. Anda que no me conozco yo a los jodíos astronautas emocionales. Todo el día con el "espacio". Pero si eso lo inventé yo...

"Me siento extraño". Generalmente esta frase anuncia que el viejo se va a dar un capricho de los caros. Tiembla, mundo. El problema del pobre hombre es que las cosas le hablan. Y no suelen hablarle los ceniceros del todo a cien, no. Le hablan las motos, los coches, las autocaravanas, las tripadas de marisco, las botellas de buen vino. Esto provoca situaciones cómicas. Como ver a unos hijos treintañeros delante de un concesionario chillándole a un cincuentón: "pero vamos a ver, Víctor Manuel, por el amor de Dios! Pero para qué quieres ahora un deportivo?? Pero no te da vergüenza?? Serás pitopáusico hortera!!" Y claro, la gente se queda pasmada. Sobre todo cuando el cincuentón barbudo responde con voz lastimera: "joooooo, pero es que yo lo quieeeeeroooooo!!" El mundo al revés. Papá vuelve a la infancia. Godzilla y yo le reñimos. Al final hace lo que le da la gana, como debe ser. Es divertido jugar a cambiarse los papeles.

"Me abro las venas con una barra de pan". La gran amenaza. Aparece ante situaciones innegociables, como la sola idea de tener que llevar a una hija al altar, votar en las elecciones (sospecho que no ha votado jamás), ver un partido de futbol, ponerse una corbata o cualquier otra actividad que le parezca humillante o vergonzosa. Hay unas reglas. El viejo es un hombre de principios. Principios extraños y paradójicos, pero principios al fin y al cabo.

Un tipo curioso, mi Pater.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Empieza una nueva era

Es una de las frases predilectas de mi viejo. La suelta cada dos por tres y los que le conocemos bien sabemos el poco crédito que merece. Para él, cualquier excusa es buena. Cambiar de marca de leche, acostarse temprano un día, la inauguración de una confitería en el barrio... todo vale. El caso es que empiece una nueva era constantemente. La frase, como digo, forma parte de su colección privada, junto con "hay que agarrar la recortada", "me exilio", "me voy al monte", "a Somalia os mandaba yo a chupar piedras", "al carajo el acorazado", "patada a seguir y la cabeza en Tabaza", "jodíos astronautas emocionales", "me siento extraño", o "me abro las venas con una barra de pan". Algún día comentaré el significado e historia de todas esas perlas paternas.
Hoy, sencillamente, quiero hacer mía la frase del título. Porque, para mí, al fin se ha hecho realidad. Mañana es el primer día de mi nueva vida, de la nueva era. Estoy nerviosa, pletórica, feliz, agradecida, muerta de miedo... Me siento en deuda con la vida, pese a que todos opinan que ya me iba tocando. Y claro, como no podía ser menos, dudo. Estaré hecha para esto, realmente? Saldrá bien? Seré capaz? Encajaré? Cumpliré con lo que esperan de mí?
Mañana se desvelará el misterio. O, al menos, empezará a desvelarse. Mientras llegan esos nuevos Búhos, tomemos un café. Si os place.

viernes, 7 de diciembre de 2007

La visita inesperada

Llegó el Emperador, con pizzas y con su abrazo. Y me salvó la vida esta noche, como hace muchas noches. Cenamos, fumamos y hablamos. Pusimos el mundo patas arriba, intentamos resolver el sudoku, del derecho y del revés, nos probamos camisetas de colores, agitamos banderas, jugamos al Cluedo, tradujimos canciones, le prendimos fuego al diccionario, hicimos la mili, trabajamos para el KGB, vimos películas sin sonido, pusimos voces a otros, atrasamos el reloj, lo adelantamos de nuevo, abrimos y cerramos puertas, perseguimos al conejo blanco, corrimos la maratón hacia delante y hacia atrás, nos dimos la razón, nos la quitamos, lanzamos cosas por la ventana (palomas mensajeras y paquetes de cigarrillos), nos hicimos un nudo con el Twister, procuramos barrer el serrín, nos contamos cuentos y adivinanzas, planeamos ofensivas, aullamos a la luna, rompimos cadenas, movimos fichas en el tablero, resolvimos ecuaciones y hasta pedimos a los Reyes Magos un bate de baseball.

Me hiciste pensar, y dudar, y ver caminos nuevos. Y, como siempre, me hiciste reír cuando parecía imposible. De nuevo lo cambiaste todo y ahora la noche es distinta. Ahora es bonita. Gracias, César. Por conseguirlo siempre. Te quiero.

martes, 4 de diciembre de 2007

Orgullo y prejuicio

Me esfuerzo, podéis creerme. Estoy poniendo todo mi empeño y mi cabezonería, decidida a que, finalmente, esto rompa por alguna parte. Porque, al final, no va a quedar otra. O sí? Podría quedarse la cuerda tal y como está? No lo había pensado.

Haré que se rompa antes si doy un tirón? O es preferible seguir esperando? (Dioses, tened piedad, esperando siempre, siempre, siempre...)

Y si no tiro? Tirarán desde el otro lado? Me arriesgo a que me arrastren? Pero hacia dónde?

Hace casi una semana que esto dejó de tener gracia. Es un pulso, realmente? Lo estoy confundiendo con otra cosa? Sé que es legítimo tener un berrinche, un ataque de orgullo. Pero no estaré cometiendo un error? Al fin y al cabo, qué quiero? Quiero ganar la partida. Pero, a toda costa? A costa de mi orgullo? Es tan importante eso? La victoria no es suficiente recompensa? Merezco ganar? Y hacerlo, además, con mis cartas? Por qué de repente es tan importante el honor? Me estoy comportando como una estúpida jovencita victoriana? Qué vale más? Honra sin barcos, o barcos sin honra? (Hereje, ahórrate el juego de palabras, que te veo)

Bien, alguien acaba de pegar un pequeño tirón. Lo bastante como para no perder la dignidad... El pulso continua. La partida también. Cuántos asaltos quedan? Nunca he sido corredora de fondo. Cómo demonios me he metido en una maratón???

sábado, 1 de diciembre de 2007

Qué pasa con las llamas?

La música sigue sonando, dentro y fuera de mi cabeza. Y, será por estar en consonancia con el "ataque de egocentrismo" del otro día, pero cada canción habla de mí. Todas ellas. Lo bueno es que unas me hacen sonreír. Lo malo es que otras me arañan. Lo bueno es que me cuentan cosas. Lo malo es que no me dicen nada nuevo.
No importa. Empieza Diciembre y es más Diciembre que nunca. Jamás un año tuvo tanta necesidad de terminar. Y de dejar paso al siguiente. Qué vendrá ahora? Al final será el final? O seguiremos empezando?


viernes, 30 de noviembre de 2007

jueves, 29 de noviembre de 2007

Momentos


Podría tratarse de un ataque de egolatría. Pero no. Es un ataque de absoluta desnudez. Soy yo. Todas esas. Siempre distinta, siempre la misma. Algunos de esos instantes los he compartido con vosotros. Gracias por cada segundo. Gracias porque, por vosotros, soy yo.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Todos andan melancólicos


Será el otoño. Puestos a culpar, nos viene de perlas. El patio ya no está revuelto, pero está raro. La gente suspira, echa de menos cosas, se deja llevar por una cierta tristeza. Yo tengo motivos para estar feliz, pero admito que me arratra un poco la marea. Quizá es que siempre nos falta algo. Puede que sea eso. Realmente somos tan quejicas los humanos? Nunca tenemos bastante?

viernes, 23 de noviembre de 2007

Lo imposible...


... a veces se vuelve posible. Algunas veces, muy pocas, se hace realidad. Siempre he pensado que había personas con suerte, y personas sin ella. Y que yo era de estas últimas. Lo explicaba en vayan ustedes a saber qué entrada de este blog. Conozco a personas que siempre encuentran el piso de sus sueños, el trabajo perfecto, la pareja ideal. Gente con estrella que logra incluso las pequeñas magias. Las últimas entradas del concierto, llegar a tiempo al autobus, el peluche de la rifa. Suele ser gente optimista porque no tienen razones para no serlo. Luego estamos los de la mala sombra. Intentamos pensar en positivo, pero la vida nos lo pone un poco más difícil. No tenemos pequeños golpes de suerte. Mucho menos tenemos de los grandes. Somos los finalistas de concurso, los que nos quedamos a las puertas del piso increíble, suplentes en el trabajo de nuestra vida, viendo cómo la persona a quien queremos escoge otra media naranja. Siempre intenté no quejarme demasiado. Culpaba al azar, que es como no culpar a nada. Me resistía a pensar que los buenos son afortunados. Porque no es cierto. Ojalá fuera así. Pero todos conocemos a personas maravillosas que nunca han tenido suerte. A perfectos cabrones que se salen con la suya. Así pues, en estos casos, lo del karma no funciona. O funciona de un misterioso modo que se me escapa.


De todos modos, lo intenté. Intenté siempre no desesperar. Intenté ponerme coelhista (lo cual no es fácil para alguien de mi cinismo) y averiguar si es cierto que nuestra existencia es una enorme lección por aprender, que hasta de lo peor se saca algo bueno. Intenté madurar, no patalear, no rendirme, no emberrincharme ni creerme que la vida, sin más, me debía algo. Miré hacia dentro y vi cosas buenas, pero también cosas que no me gustaron. Mi impaciencia, mi ira, mi inconstancia... todos esos asuntos pendientes que debía aprender a manejar para alcanzar el "nirvana". Ya sabéis, os hablaba de todo eso en otra entrada. Y, en lugar de fijarme en lo que la vida me negaba, empecé a fijarme en lo que sí me daba a manos llenas. Y a estar agradecida. Porque yo lo merecía tanto como cualquiera. Y muchos no lo tenían.


Seguramente no tiene nada que ver. Seguro que los coelhistas son unos ingenuos, pero son ingenuos felices y siguen dando luz a mi vida. Y sus pequeñas magias son hermosas e inofensivas. Por eso me gustan. Por eso decidí creer en ellas contra toda lógica, contra todo fatalismo, contra toda esa amargura tan cínica que alguna vez fue parte de mí. No sé si el karma se apiadó entonces de mi empeño por aprender tales lecciones, o si, lejos de recompensas del cosmos esto ha sido puro azar. No importa. Me siento mejor ahora que estoy aprendiendo a sonreír, ahora que puedo abrazar y que no me dejo llevar tan fácilmente por la tristeza. Ahora que lucho con más ganas. Y, por una vez, como les pasa a los que nacen con estrella, la vida me dio un giro justo cuando todo parecía más negro. Cuando volvía a caer en picado y, aún así, me negué a desesperar. Cuando me encogí de hombros y pensé: "saldré de ésta". El karma, la suerte, la casualidad o lo que fuera, me ha hecho el mejor regalo. El que ya daba por imposible. Quizá algunos no comprendan por qué significa tanto para mí. Sólo es un trabajo. Pero es mi trabajo. Es estabilidad, es paz, es dormir por las noches, vivir sin miedo, es realizarme, es no depender de nadie, mi independencia, es el fin de la angustia, es desarrollar mi vocación, es encontrar mi sitio, sentirme útil. Y se ha hecho esperar. Ya lo creo que sí. Ocho años de incertidumbre. Pero ha llegado. Podéis creerme, he aprendido la lección de la paciencia. Me quedan muchas más. Y espero aprenderlas. Valió la pena.


Gracias a todos por acompañarme. Señores... acaba de llegar el primer Búho.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El Sueño

Se repetía una y otra vez, cada noche desde la última luna nueva. Seguía un ciclo exacto y misterioso. Lidia se preguntaba qué oscuras e intrincadas razones obligarían a su mente a soñar lo mismo, con implacable puntualidad. No halló respuesta, así que, indiferente, se encogió de hombros y continuó con su vida.
Habían pasado casi dos meses cuando su hermana, Laura, le regaló un curioso libro. “El significado de los sueños”, rezaba la portada, en letras grandes, negras y retorcidas.
- Lo vi en un mercadillo – le explicó Laura -. La vendedora, que debía tener al menos mil años, me dijo con voz tétrica que tuviera cuidado, que el libro está embrujado. Me hizo mucha gracia, pero luego... no sé, no me he atrevido ni siquiera a abrirlo. Creerás que soy tonta. Quédatelo tú, siempre has sido más valiente que yo.
Ni siquiera lo relacionó con su obstinado sueño. Pero aquella noche, al meterse en la cama, la idea cruzó su mente como un relámpago. Caminó descalza hasta el salón y cogió el libro, que descansaba inocente sobre la mesa. Bajo el cálido edredón, consultó el índice, saltando sobre las palabras. “Piano, picadura, picota, pichón, pies...” Entonces descubrió que existían múltiples posibilidades. Suspiró convencida de que su sueño no aparecería descifrado en el libro. Aún así, lo comprobó. De nuevo sus ojos volaron sobre cada opción. “Pies sanos... pies grandes... pies pequeños... pies heridos...” Bueno, pues sí que aparecía. Al fin sabría el significado. La curiosidad dio paso a un pavoroso escalofrío que recorrió su espalda, como si un dedo helado hubiera pasado fugazmente sobre sus vértebras. Notó cómo se erizaba todo el vello de su cuerpo y las palmas de sus manos se cubrieron de un sudor frío. Las palabras adquirieron voz y resonaron dentro de su cabeza. “Soñar con pies heridos, magullados y sucios resulta decididamente negativo. Si, además, presentaran cortes y quemaduras, el presagio se vuelve nefasto. La repetición de dicho sueño anuncia una muerte inminente”.
Lidia se sintió sacudida por todo tipo de sensaciones aquella noche. Primero, el miedo. Después, incredulidad. Resultaba ridículo y completamente estúpido. ¿Acaso era necesario soñar con pies para morir? ¿Qué clase de interpretación absurda era aquella? Si al menos le hubieran dado un aire científico, aunque fuera de pseudo psicología barata... pero aquella idiotez supersticiosa no podía tomarse en serio. De ninguna manera. Y sin embargo, por primera vez desde que podía recordar, Lidia no consiguió dormir en toda la noche. Y tampoco durmió las siete noches siguientes. Constantemente se repetía que no debía tener miedo, que aquella burda definición respondía únicamente al desvarío de algún santón iluminado con pretensiones de escritor. Pero en algún lugar de su interior, la sola idea de cerrar los ojos y volver a ver los pies, la estaba matando de terror.

Diez días después, Lidia parecía la sombra de sí misma. Nadie comprendía qué le estaba ocurriendo. La acosaban a preguntas, la familia, los amigos, los compañeros de trabajo. ¿Se sentía mal? ¿No descansaba lo suficiente? ¿No estaba comiendo bien? ¿Había tenido algún disgusto? Quizá tenía anemia, debería hacerse unos análisis. Puede que le conviniera tomarse unas vacaciones, porque, decididamente, se estaba volcando demasiado en el trabajo y su aspecto era enfermizo. Eso por no hablar de su espantoso humor. ¿Por qué estaría tan irritada, tan susceptible? ¿De verdad creían posible que estuviera tomando drogas? Bueno, en realidad no parecía tan descabellado, aquel cambio no era normal.
Habían pasado quince días cuando Laura no pudo más. Volvía a casa tras pasar el fin de semana con unos amigos, en el campo. Había un atasco impresionante en la autopista. Sí, por eso la llamaba, para decirle que pensaba ir a verla de inmediato, en cuanto lograra llegar a la ciudad. No, no aceptaría ninguna excusa. Estupendo, esa sí que era buena, así que la estaban acosando entre todos. ¿No se daba cuenta de lo preocupados que estaban por ella? ¿Y cómo se lo agradecía? Con malas caras y portándose como una histérica. Está bien, no pensaba tolerar que siguiera haciéndose la víctima. Iban a hablar muy clarito las dos, cara a cara y sin más mentiras. No, no tenía intención de dejarla en paz, ni tampoco de continuar aquella discusión por teléfono. No, el atasco estaba desapareciendo al fin, los coches se movían, tenía que colgar de inmediato, lo único que le faltaba era que le pusieran una multa. Pero, ¿es que no pensaba dejar de gritarle? Santo Dios, ¿qué diablos le pasaba? ¿Por qué se comportaba así? ¿Qué le había hecho ella? ¡Sólo quería ayudarla! Sólo quería...
La comunicación se cortó de repente. Lidia, acalorada por la pelea, lanzó el teléfono contra la pared. Por eso tardaron tanto en localizarla. A las tres de la madrugada, llamaron al timbre.
Antes de entrar en el depósito, ya sabía que se trataría de Laura. Ni siquiera hizo falta levantar la sábana. Lo último que vio antes de caer desmayada, fueron los pies de su hermana. Magullados, sucios y quemados.

martes, 20 de noviembre de 2007

Alquimia


El 17 de mayo sacaba yo a paseo mi filosofía más barata. Lo que de tal ejercicio derivó fue una entrada que era toda ella un interrogante sin fin sobre los asuntos del amor. Permitidme, amigos míos, que vuelva a poner a prueba vuestra paciencia con otro discurso en el desierto sobre tan ingrato tema que, bendito sea, nos invade el estómago con mariposas, el pecho con aleteos y, maldito sea, la cabeza con absurdos terrores. Por las noches de isomnio, los aquelarres, los suspiros, las tardes mirando al teléfono, la pérdida de apetito, por tantas lágrimas amargas y tantos ataques de estúpida felicidad. Y dedicada al Hereje, que osó preguntarse si era posible escribir una sola pregunta más en una reflexión (sin responder ni una sola de ellas, además) Y, de paso, sirva también para recuperar la cordura y quitaros del cuerpo el susto por la entrada anterior... que, vista la ausencia total de comentarios, os debe haber dejado boquiabiertos, convencidos de mi irreversible esquizofrenia y preguntándoos en qué maldito idioma ininteligible escribe ahora la Señora de los Búhos...


Por qué ha de ser el miedo ingrediente primordial en la misteriosa pócima del amorío? Sentimos todos el mismo miedo, y en la misma cantidad, o varían las proporciones? Y si varían... de qué depende? Podemos dar por sentado que no es el amor lo que nos asusta, sino la posibilidad de perderlo? Y si aceptamos tal premisa, cómo se relacionaría tal terror con la fórmula? A más sentimiento más pánico? Existen otras variables? Influyen la edad, el sexo, el pasado, la profesión, el signo zodiacal o el grupo sanguíneo del sufriente? Los hombres tienen más miedo que las mujeres? Los banqueros son más o menos cobardes que los médicos? Qué pasa cuando ese miedo tiene carácter retroactivo? Admitiendo el miedo al futuro, tiene lógica fundar un miedo en el pasado? Por qué nos atemorizan tanto los errores ya vividos? Son tan profundas las heridas que nos dejan? Tan dolorosas sus secuelas? Por qué nos recuperamos del desamor lo bastante como para reír, bailar, coquetear o incluso coleccionar muescas en el cabecero de la cama, pero al mínimo atisbo de sentimiento nos tiemblan las máscaras? No nos aburren las manidas excusas? El "ahora no", "quiero seguir siendo libre", "prefiero estar solo", "ya he sufrido demasiado"? Significan esas excusas que el nuevo temblor de tierra no alcanza la escala suficiente? O realmente es posible programar el cerebro, y lo que es más difícil, el corazón, para que respondan a la voz de su amo? Cómo se controla un sentimiento? Cómo se fumiga a las mariposas? Cómo se mide? Cómo se dice "hasta aquí"? Cómo demonios se mantiene el equilibrio? Cuánta frialdad es necesaria? Cómo de terco se ha de ser?


Y lo más importante de todo... cómo se consigue mantener la distancia cuando admites disfrutar tanto en compañía de alguien, cuando cada día es una aventura, un ataque de risa, cuando ya es posible leerse el pensamiento, cuando las comparaciones empiezan a caer a favor y no en contra, cuando te sorprendes del entendimiento, cuando llegan los "nunca había conocido a nadie así", cuando ya no te molestan las preguntas y las bromas de terceros, cuando cada vez hay menos que esconder, y, sobre todo, cuando el sexo es tan jodidamente bueno?? No resulta IRRITANTE???


Podría terminar siendo una relación esta relación que no es una relación pero lo parece??? Y por qué la sola idea me gusta tanto y me da tanto miedo?????

lunes, 19 de noviembre de 2007

Plurales


Esta noche, concretamente, no pretendo decir nada. Seguramente sea porque tengo demasiadas cosas que decir, y no sabría por dónde empezar. La sensación es de nostalgia, de melancolía, pero esa ya la conozco. Suele ir de la mano conmigo, somos viejas amigas. No me sorprende, ni me preocupa. Pero hay más sensaciones. Hoy todo es en plural. Hay muchas, quizá demasiadas, y muy distintas. Y todas ellas son igual de ciertas, y todas se me están agolpando en el pecho, dejándome sin respiración, provocando esos latidos débiles, como un aleteo, rápidos y fugaces que me pesan tanto, me cierran el estómago y me agotan. También esa angustia es una vieja conocida. Nunca supe interpretar las razones de tal síntoma, pero lo he padecido lo suficiente en todos estos años como para asustarme a estas alturas. Sé que es producto del plural. De la acumulación de sentimientos. Sé que es la señal de alarma, del vaso que se desborda. El aviso, en letras luminosas, de que necesito dormir, descansar, dejar de pensar. El aviso, divertida paradoja, de que no lo conseguiré.

Hoy todo es en plural, decía. No me preocupa porque me ocurre de vez en cuando. Mi corazón es como un armario y en él escondo muchas cosas. Debería dejarlas salir, mostrarlas al mundo, compartirlas. O exhibirlas como banderas, con la frente alta, orgullosa. Al fin y al cabo, son mis pulsiones. No te gustan? Pues mira para otro lado. Pero no es eso lo que hago. Al contrario. Soy una de esas personas que creció con múltiples escudos y con púas en la piel, resbaladiza como una serpiente y huraña como los gatos. Soy una de esas personas que tienen baúles con doble fondo en el lugar en que debiera estar un corazón. Lo sé y lo asumo. Tampoco eso me preocupa. La razón de esconderme es el miedo. No hay ninguna otra. Quiero, odio, detesto, admiro, me apasiono como cualquiera. Sólo que algunos lo viven, lo saborean, lo enseñan sin tanto aspaviento. Yo, no. O al menos no siempre. A veces, por la confianza recibida, me atrevo a encender la luz. Habéis notado el matiz? "Me atrevo". Eso es lo que digo. Significativo, verdad? Me atrevo, sí. Qué osadía! Y no, no pretendo que se me aplauda, ni mucho menos. Nadie es más consciente que yo misma del absurdo de mis terrores. Por qué no iba a atreverme? Por qué, al fin y al cabo, tengo que "atreverme"? Por qué no hacerlo, sin más, como tantos otros que no se enredan en tantas preguntas? Desconozco la razón. Sólo sé que me da miedo, sea la que sea.

No tengo miedo a sentir, ni a ser herida, no tengo miedo a caer, ni a llorar, ni a lamentarme, ni a arrepentirme. Todo eso se pasa antes de que te des cuenta. No te mata, te hace más fuerte. Y sabiendo esto, asumiendo esto, por qué este pánico? Por qué este empeño absurdo en mutilarme, en crecer tullida, en construir un muro a mi alrededor? Para defenderme de qué? Tal vez de mí misma. Quién sabe.

Pero hablaba de todo lo que siento hoy, de todo eso que me tiene el pulso débil como un pajarito. Nostalgia, sí, y melancolía, lo habitual. Y miedo. Siempre el mismo miedo. Y qué más? Hay muchas cosas. Esperanza, por vez primera. Recuerdos, y planes, y muchos deseos, y unas ganas enormes de saltar por encima del muro. Y un pánico irracional a lo que habrá detrás, pero un hastío enorme hacia lo que abandono. Temor a lo que podría perder y más temor aún a perderlo si me quedo quieta o si equivoco la senda. Me siento como si las paredes de mi habitación hubieran desaparecido y no lograra encontrar el interruptor. Estoy a oscuras, no sé hacia dónde voy. Estoy perdida. Sé lo que quiero y a dónde quiero llegar, pero no puedo, no lo consigo. He perdido el camino, o quizá las fuerzas para andarlo. No sé si debo permanecer aquí, callada y a la espera, confiando en que las señales lleguen. O si, por el contrario, debo salir a las tinieblas, valiente, como un francotirador. No sé si debo deshacerme de mi armadura, o si desnudarme será la mayor de las insensateces, un suicidio.

Tengo el presentimiento de que algo se avecina. Es como cuando te quedas en silencio, esperando el trueno. Sabes que va a llegar, pero no sabes cuándo. Ni cómo de intenso será. Lo esperas con miedo y excitación. Es como vivir en la casa del terror. Como ver una película de fantasmas. Disfrutas del pavor que te provoca, es así de inexplicable. Lo noto, sé que está ahí, a la vuelta de la esquina. Estoy deseando que ocurra y al mismo tiempo no puedo soportar la idea. Sé que mi vida pende de una palabra, que cualquier movimiento puede provovar un giro que no es inesperado y, aún así, lo pondrá todo patas arriba. Necesito ese desorden, pero aquí me tenéis, chillando como una niña que ve acercarse la ola. Así es como me siento. Pletórica, aterrada, feliz, incompleta, ansiosa, insegura, fuerte, débil, decidida, intrigada, llena de dudas, acosada por las preguntas, resignada, conforme, rabiosa, triste, satisfecha, harta, tremendamente arropada, devastadoramente sola. Llena de plurales.
Cuántos plurales sientes tú? A dónde me llevas? Una vez me pediste "no me dejes caer". Estamos cayendo ahora? Hacia dónde caemos? Dame la mano, corazón, porque estoy temblando. Y esta vez no es de frío.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Un café con el Dalai Lama

Hacía mucho tiempo. Demasiado. Bien saben los dioses que adoro a todos mis amigos, pero me resulta insólito cómo ella, siempre ella, consigue que mis miedos y mis neuras desaparezcan. Menchín, nuestro particular Dalai Lama, ejerce sobre nosotras una influencia que no podemos negar. No es que los demás seamos unos insensatos, o que sólo ella sea capaz de poner orden. Nada de eso.

Guaja es un ejemplo de sentido común y lealtad como pocos que he conocido. Larón es sabia y siempre consigue que el mayor drama parezca una comedia. Nuestra Princesa-Xana resulta certera en todo momento, incluso cuando se pone sus gafas de color de rosa. La Rubia sabe escuchar y abrazar, hasta cuando se le llena la cabeza con pájaros de metro noventa. Peque me brinda su hombro, calla conmigo, habla conmigo y es capaz de decirme mucho más con el silencio de una mirada. El Emperador siempre está ahí, no importa que no esté. Siempre ecuánime, siempre objetivo, y justo, y sensato, siempre haciendo las preguntas precisas y abriéndome los ojos a cualquier posibilidad. El Bicho sonríe, o me espanta las paranoias con un gesto, o soluciona todas las dudas con un "Y?" Rogorn, el Hereje, la Matrix, consigue meterse en mi cabeza, ponerse cómodo e ir desgranando lo que ni yo misma sé que sabía. Eli me desempolva todas las verdades y me coloca frente al espejo, para que vea lo que debo ver, me guste o no me guste, sin trampas. El Doc, mi Padawan, Cris, mi Gemelo, la Socia, la preciosa Lal, todos mis alatristes y blasfemadores, todos ellos son capaces de sacarme el otoño de dentro y ponerlo en su sitio, fuera, donde debe estar.

Pero tú, amiga mía, tú, mi Menchín, tú fuiste la primera. La que me enseñó a creer en la amistad entre mujeres, que era mi asignatura pendiente, abriéndome los brazos desde el mismo instante en que nos vimos. Y gracias a ti las tengo a todas ellas. Gracias a ti las he conocido, las he redescubierto y las disfruto cada día. Y eso es algo que nunca podré pagarte.

martes, 13 de noviembre de 2007

Suerte

La has tenido hasta ahora, así que, por qué no ibas a tenerla mañana? Espero que no duela, o que duela lo menos posible, o, al menos, que no dure demasiado. Que sean buenas noticias, que te libren de todo el peso que puedan (en los dos sentidos) y que al fin puedas moverte más y mejor, y sonreír más y mejor, y volver a casa más animado, o decidirte a salir al solecito hereje que nos alumbra noviembre, que ni calienta ni nada, pero ahí está. Si quieres ya sabes dónde tienes al piloto. No ibas a conducir tú siempre...
Ánimo, Bicho. Ese dolor se pasa. Y rápido, además. El dolor jodido es el otro. Y hasta ese se pasa. Si lo sabrás tú.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Invisible


Suena bien, verdad? Siempre contestaba eso cuando alguien preguntaba "si pudieras elegir un superpoder, cuál sería?" Más me hubiera valido cerrar la boca. Dicen que cuando los dioses se quieren reír nos conceden nuestros deseos.


No hay nada más triste que volverse invisible.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Mañana

Ojalá, Bicho, ojalá sea cierto y mañana puedas cambiar de escenario. Ojalá puedas cerrar por fin esta fase y empezar con la siguiente. Han sido, seguramente, las tres semanas más largas de tu vida. Pero ya está, ya se acaba, ya ha pasado. Y has podido con ello, y podrás con todo lo que venga. Ahora empieza otra lucha y también podrás con ello. Y aquí seguiremos. Y serás tú en todo momento, y pronto volverás a ser tú por completo. Serás tú incluso más de lo que eres ahora. Mucho más fuerte. Te asombrarás cuando lo veas.
Y tú, Emperador, no te rindas. No dejes de mirarte en ese espejo, de pelear, de obligarte a sonreír, no por nosotros, sino por ti. Hazlo hasta que la sonrisa salga sola. Hazlo hasta que pierdas esa esperanza que te mantiene atado de pies y manos, esa esperanza que es lo último que se pierde (a veces habría que añadir: por desgracia) y que tantas veces nos nubla los sentidos y nos aleja las metas. Llegarás. Te cuesta creerlo ahora porque ni siquiera quieres llegar. Pero llegarás aunque no quieras. Todos lo hacemos, por suerte. Recuerda que te quiero y que me tienes aquí. Siempre.
Para ti, Gemelo, hoy tengo el mayor de los abrazos. Y mis frases estúpidas de siempre. Recuérdale siempre, sonríe cuando pienses en él, habla de él a tus hijos, llévalo en tu memoria y haz que forme parte de las suyas, del mismo modo que su sangre te acompaña y les acompaña. Nadie se va, Gemelo. No mientras recordemos. Forma parte de ti, de los tuyos, y le reconocerás cada día. Verás su mirada, sus gestos, su risa, su carácter, aquella canción que silbaba, el color de sus ojos. Lo verás cuando te mires al espejo, en los hombres que llegarán a ser tus niños. No se irá nunca porque es parte de tu historia. Siempre será un eslabón en la cadena de tu historia. Y esa cadena sigue adelante. Ánimo, Gemelo.
Besos para los tres.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Noches mágicas


Una idea súbita, un regalo acertado, una tarde de risas y toallas azules, una visita inesperada, un reencuentro afortunado, y otra visita sorpresa, y bromas maliciosas, un cumpleaños, y más regalos, una cena ruidosa hablando de lo único, mensajes taquicárdicos, charlas cibernéticas, charlas telefónicas, una rosa y mi cama esperando.

Mañana podré achuchar de nuevo a mi felino favorito y no dormiré tan sola. Un día más, un día menos. En qué fase estoy ahora? Lo cierto es que no me importa demasiado. Esta noche todos los fantasmas son buenos y me cuidan.
Feliz Halloween.

domingo, 28 de octubre de 2007

Diario de a bordo

Una jornada caótica en el balneario que se solucionó con ingenio, voluntad y mucho humor. Es lo que nos queda, supongo.
Un día de visitas y buenas noticias. Queda menos, cada vez queda menos, Bicho. Sigue doliendo y esta noche será una hora más larga, pero cada vez estás más cerca. Por favor, no le cuentes a nadie que he pegado a un pobrecito tullido. Están todos encantados con esta nueva Lenka, con este erizo sin púas, con la pérfida serpiente que ha mudado la piel. No me arruines la reputación ahora que por fin es buena! Ya me arruinasteis la mala entre todos, pero lo había asumido por fin. Serás capaz de hundirme otra vez??
Una noche agridulce de sábado. Juan Antonio me habla de Wallace, de Van Gogh, de tantas cosas... Oír su voz es un regalo indescriptible. Es como un sueño. Ya no está, pero estará siempre. Con ellos y con nosotros. Ánimo a todos. Aquí seguimos, a la escucha.
Por cierto... felicidades, Emperador. Te quiero!

sábado, 27 de octubre de 2007

Un día menos

Una de cal y una de arena, Bicho. Subidas y bajadas. Diez días ya, y todo se te hace un mundo. Odio que estés pasando por esto. Haría cualquier cosa por quitarte el dolor. Odio no poder hacer nada. Sólo decirte palabras vacías que no te sirven, y, con un poco de suerte, arrancarte una sonrisa de vez en cuando.

Esto pasará. Sé que lo sabes y que no te consuela. Pero pasará.

Esta noche la luna está preciosa. Triste, pero preciosa. Aquí te la dejo. Besos.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Querido Alejandro

A veces la vida es muy cruel y tú eres demasiado joven para según qué lecciones. Sólo tienes tres años, muy pocos para haber recibido ya una lección tan dolorosa. Es muy injusto, lo más injusto de esta historia. El domingo vertí muchas lágrimas y, aunque no te conozco, casi todas ellas eran por ti. Por la inmensa tristeza que me provoca pensar en lo que has perdido.
Tu padre era un hombre excepcional, inmenso, indescriptible. Era sabio y era bueno. Parecen sólo palabras bonitas, pero no las he escrito a la ligera. Están bien escogidas, puedes creerme. Son muchos los que poseen conocimientos, pero no todos son sabios. Tu padre lo era. Compartía todo aquello que sabía, y lo hacía bien, lo hacía por vocación. Nunca fue egoísta con sus saber. Por eso se le podía llamar "maestro". También son muchos los que obran correctamente, y no por eso merecen el calificativo de "buenos". Algunos se conducen de manera correcta porque no saben hacerlo de otro modo, otros por cobardía. Los primeros suelen ser considerados inocentes, ingenuos. No tienen malicia, no dan para más. O saben poco de la vida. No es que eso importe demasiado. Se puede ser bueno de corazón y tiene mérito en un mundo así. Pero tiene más mérito conocer la maldad del mundo y elegir el otro camino. Los otros, los cobardes, no son trigo limpio. Hacen lo que deben porque no osan ser de otro modo. Por dentro se reconcomen de envidia, de ira, de odio o de frustración. Casi todos somos así algunas veces. Pero si nadie mirara, ¿de qué seríamos capaces? Si no hubiera consecuencias, si valiera todo. Muchos nos asombraríamos de nuestra vileza. Siempre digo que el ser humano, según las situaciones, es capaz de las mayores grandezas y de las mayores miserias. Tu padre, no. Tu padre era sabio y era bueno, y valiente. Te preguntarás por qué lo sé. No sabría responderte. Quizá porque sólo le vi dos o tres veces en mi vida y aún así estoy segura de lo que digo. Quizá porque pocas veces he asistido a tales muestras de cariño, de admiración, de pesar por una pérdida. Sus amigos, su gente, están genuinamente tristes por su marcha. Y los demás, los que no le conocieron, esos para los que tu padre era sólo una voz en la noche, también. Tanto amor, tanto dolor, tiene que significar algo. Tu padre era un ser excepcional porque eso lograba transmitir. Nadie puede engañar tanto. Nadie. Quizá por eso estoy tan segura.
Venció pruebas muy duras. Era un ejemplo de coraje, de superación, de buen humor, de esa bravura inteligente que dista mucho de la resignación del débil. Siempre reía. Se reía de sí mismo, de los demás, de todo. Podía hacerlo porque sabía. Creaba personajes a partir de las personas, y siempre resultaba certero. No sé de nadie que se molestara con sus burlas. No te molestas cuando sabes que el burlón es sincero, cuando sabes que le mueve el afecto, que no existe ni un ápice de maldad. Todo el mundo quería a tu padre y eso no cambiará nunca. Tienes sobrados motivos para sentirte orgulloso de él, como padre, como profesional, como hombre, como amigo. Es fácil que un hijo sienta afecto y orgullo por su padre. Más aún cuando se trata de un mito, cuando el destino se atreve a arrebatártelo. Es humano idealizar a los que nos dejan. Pero tú no tendrás que hacerlo, Alejandro. No tendrás que otorgarle más luz de la que él tenía. Cuando crezcas y le sigas conociendo, cuando te sumerjas en sus libros, sus programas, su vida y sus ideas, te deslumbrará.
Tu padre te adoraba. Y esto tampoco es una frase hecha. Estoy convencida de que eras su motor, su energía, su bien más preciado, su mejor razón para vivir. No podía evitar hablar de ti, perderse en ensoñaciones sobre lo grande que serías. Jamás tuvo la más mínima duda de que serías inmenso. Que esto no te asuste. No te sientas a la sombra de lo que fue, no pienses ni por un momento que tienes algo que demostrar, un mito que superar. Todos los que le quisimos sabemos, igual que él lo sabía, que serás grande. Elijas el camino que elijas. Serás una persona excepcional porque eres hijo de Juan Antonio y de Silvia. Y necesito que me entiendas: serás grande tú, el propio Alejandro, por ti mismo. Pero también por ellos. Porque, lo quieras o no, y seguro que lo quieres, ellos son parte de ti. Llevas su sangre en las venas y sé que llevarás las semillas de ambos, su fuerza, su empeño, su valor, su bondad, su curiosidad, su sabiduría, su grandeza. Tu madre se encargará de que así sea y tu padre lo hará a su modo, desde donde quiera que esté, con los hermosos recuerdos que te haya dejado y con todos esos tesoros que nos dejó a todos, sobre todo a ti, y que siempre estarán con nosotros. Eso es, quizá, lo único que me consuela. Que tienes a Silvia, que tienes esos libros, esas grabaciones, esa memoria (corta aún, pero más fiel de lo que imaginas, seguro que lo descubres con los años) y, sobre todo, el inmenso amor que por él sintió tanta gente. Hay un montón de personas maravillosas a las que podrás llamar cuando sientas el deseo de hacerlo y que te contarán mil historias del que fue tu padre. De cómo fue. Sé que te encantará escucharles y sé que les encantará mostrarte cómo era el hombre que te engendró, cuánto nos enseñó, cómo nos cambió, cuántas veces nos emocionó, nos hizo reír, cuánto de sí mismo dejó en nosotros y en ti. Somos muchos los que nos sentimos inmensamente afortunados por haberle conocido, por haberle hecho parte importante de nuestras vidas. Cualquiera de nosotros, créeme, renunciaría a eso para regalarte a ti todo ese tiempo. Porque te lo mereces y porque él lo merecía. Merecía verte crecer, emocionarse con cada paso que dieras, encenderse de puro orgullo al ver la clase de hombre que vas a ser, sabiendo que ese hombre es su hijo.
Nos ha dejado huérfanos a todos, si me permites tal osadía. Debes disculparme, pero es así como nos sentimos. Quizá por eso sentimos que tú, Alejandro, eres también parte de nosotros, como lo fue él. De alguna manera, eres hijo de todos nosotros. La vida ha sido imperdonablemente cruel contigo al privarte de su compañía, de tantos momentos, de su apoyo. Pero tienes su amor para siempre, nadie puede quitarte eso. Lo llevas dentro. Y, aunque no sirva de nada, aunque no sea nada, nos tienes a todos nosotros. Crece, vive y sé tan feliz como puedas. Aprende, y ama, lucha y sé fuerte, y ríete todo el tiempo. Eso habría entusiasmado a tu padre. Pero, por encima de todo, sé como desees ser. No importa lo que te digamos. Sé Alejandro. Es lo único que él quería.
Fuerza y honor.

domingo, 21 de octubre de 2007

La Parca Maldita

No puedo creer que te hayas ido, que nos hayas dejado a nuestra suerte. Qué va a ser de nuestras madrugadas sin tu voz? Fuiste un hombre excepcional y nunca te rendiste. Ahora nos dejas huérfanos. A todos. A tu mujer, a tu niño, a tus compañeros de radio, a todos los que te escuchábamos y te leíamos, a los que tuvimos la inmensa suerte de conocerte y el privilegio de darte un abrazo. Gracias por tantos relatos, por tantas historias, por tantas noches de insomnio, por tu risa. Por ti vencí un miedo ancestral. Tú adoptaste mi primer cuento, el primero que vio la luz. Jamás olvidaré eso. Desde este mismo instante, Deseada es sólo tuya, toda tuya. Se me hace imposible que ya no estés, que no vayamos a escuchar de nuevo esa sintonía y tu saludo. Dejas a demasiada gente atrás y será difícil encontrar consuelo. Hemos perdido La Rosa de los Vientos. Espero que la guardes tú y que ella te lleve a un buen lugar. Hasta siempre, Cebri. Hoy la luna es más triste que nunca.

viernes, 19 de octubre de 2007

Seguimos

Me gustaría saber quién es el cabrón que nos hace vudú. O la cabrona. Y, sobre todo, por qué. La racha que llevamos este año no es ni medio normal. Pero no importa. En primer lugar, porque al final siempre libramos. Siempre termina todo bien. En segundo lugar, porque acabamos descubriendo que lo que parecía una tragedia era realmente un golpe de suerte. Y, para terminar, porque este tercio cada vez tiene más fuerza. Porque hay lazos que no se rompen así como así. Porque cuando nosotros queremos, lo hacemos a lo loco. Y no nos importa si queremos hace quince años o hace dos meses.
Así que, seas quien seas (persona, ente, cosmos, karma o milanesa de soja) sigue pinchando. Pero pincha fuerte, valiente. El Tercio Astur no tiene cosquillas.

jueves, 18 de octubre de 2007

Contando los minutos

Ha sido un día muy largo y promete ser una noche muy larga. Seguimos sin noticias, aunque estoy convencida de que todo ha ido bien. Todos lo estamos. Pero, como sucede siempre en estos casos, nos hace falta saberlo. Nos hace falta oír tu voz, ver tu carita de Bicho.


Mil gracias a las rubias, al Peque, a Sivli, Tato, a todos los que me habéis hecho reír hoy para olvidarme un rato del tema (impagable la charla guarra cenando en el chino!!!) Mil gracias a los Alatristes por sus mensajes y sus llamadas. Al viejo, que por una vez en la vida llegó justo a tiempo. Al Emperador, por estar tan cerca aunque esté tan lejos. Incluso al Cachorrito, por ofrecerme droga!!! Gracias a todos.

Joder. Quiero que sea mañana. Buenas noches, Machine. Descansa.

miércoles, 17 de octubre de 2007

El día que más me alegré de verte

Estás entero (o casi) y te ríes todo el tiempo. Te ríes incluso cuando te duele. Parece talmente que lo que más te jode es el mono de nicotina que llevas. Comimos bombones, nos reímos, jugamos a darle a la manivela de la cama, se nos rompieron los tímpanos con los berridos de tu compañero de habitación y miramos revistas de motos. Espero que caiga esa 1.000, Bicho. Estoy loca por verte encima de esa 1.000. Todo llegará. Ya lo verás. La 1.000, el TT y lo que te dé la gana. Te has dejado los huesos en el asunto (humor negro marca de la casa, se siente)
Mañana a las diez entras en boxes y espero que salgas hecho un pincel. Nuevecito de chapa y pintura, como recién salido de la Suzuki. Antes de que te des cuenta volverás a estar hecho un jabalí, un ñu, un Terminator. Una Machine. Vas a rugir más que en plena berrea. Como si lo viera.
Me encanta comprobar (ya me lo temía) que tu Tribu es una pasada. Lo son, desde luego. Y la otra Tribu, la de sangre, también. Tienes los ojos de buena gente de los tuyos.
Calculo que me espera otra noche de insomnio, pero da lo mismo. Ya habrá tiempo para dormir. Estoy tranquila porque te he visto, te he oído reír. Y nerviosa por lo de mañana. Pero saldrá bien. Sé que va a salir bien. Después de eso, paciencia. Y más bombones. Y a meterse a las enfermeras en el bote. Masajes por la cara y a echarle cuento. Como al Sha de Persia te vamos a tener, si nos dejas.
Estoy tranquila y nerviosa a la vez. Y pletórica. Y en deuda con los dioses, Bicho, porque no tuve que bajarme una parada antes.

martes, 16 de octubre de 2007

La noche que más me alegré de oírte

Suena el teléfono y te alegras, pensando que vas a charlar sin más. Pero a veces no. A veces son malas noticias. O buenas, según se mire. El Bicho está en el hospital, roto por cuatro sitios. Pero está. Está lo bastante como para coger el móvil y contármelo en primera persona. Y lo siento más de lo que puedo explicar. Me encantaría que esto no hubiera pasado. Tendrías que estar bien, listo para subirte en la burra y salir zumbando. Y quemar rodilla. Pero todo llegará.
El sábado, cuando corríamos todos por la carretera asustados por la caída de Halcón, me vino una pregunta a la cabeza. "Cuánto tiempo crees que pasará hasta que tengas que ir al hospital a verle a él?" Nunca me tocó con mi padre, ni con mi hermano. Tampoco con mi primo, ni con los amigos del viejo (aunque alguno se quedó en el camino) Vas a ser el primero. Toco madera por los demás, y la toco por ti, para que esto sea lo peor que te pase. Estoy deseando que el tiempo vuele, que todo salga bien, para que puedas montar otra vez.
Espero que pases buena noche. Te veo mañana. Besos.

sábado, 13 de octubre de 2007

Mis rubias

Mis rubias andan alteradas. Aunque... algunas más que otras. Tengo a una haciendo vida de recién casada y no le sienta mal. Cuando se escapa de noche sigue siendo la reina del baile, sólo que ahora los chicos suspiran cuando ven el anillo único. Tengo a otra que hará vida de recién casada en breve. La pregunta es... cómo se las arreglará el fotógrafo para pescarla entre mueca y mueca? Ese album será digno de verse. Eres la envidia del aquelarre, cariño. No todas tiene la suerte de enganchar al cantante de Cold Play. Luego está la de la sonrisa estúpida. Y lo bien que le sienta? No hace tanto se nos moría de desamor y varicela. Ahora está radiante y pletórica, jugando con dados falsos una partida que estaba convencida de no poder ganar. Ves lo divertido que resulta cuando aprendes a farolear? Disfruta del viaje. Ya no se te ve tan aburrida. La otra rubia se nos va lejos con su caballero andante, y no sabemos muy bien cómo vamos a sobrevivir sin ella. Quién infundirá cordura ahora en estas cabecitas huecas? Quién nos fumigará las mariposas, nos encenderá la luz, nos ayudará a pensar con la cabeza de arriba, nos hará respirar hondo y adoptar la postura del junco? Tendremos que acostumbrarnos a tener al Dalai Lama en la distancia. Lo conseguiremos. Es por una buena causa. Sólo espero que tantos años de sapiencia hayan dejado su semilla en nosotras. Porque, entre todas, tendremos que intentar ser tú. Y por último está la rubia que trata de recuperar las riendas de su vida y llevarla por sus propios caminos. A ser posible, sin hacer daño. Ella es así, lo ha sido siempre. Sé que sabrá cómo hacerlo a pesar de que el dolor de otros le pese más que el suyo. Sabrás hacerlo. Te levantarás y seguirás caminando por esas caleyas tuyas, tan tuyas y de nadie más, que tanto te gustan. Es el precio de ser honesta. No todo el mundo sabe qué zapatos ponerse para seguirte. Lo harás muy bien. Estoy segura.
Después estoy yo. Que no soy rubia, y nunca lo seré. Que las miro desde el Torreón, y las quiero, las adoro, y río y sufro con ellas. Y sólo espero estar a la altura en todas estas partidas de ajedrez que se me acumulan sobre la mesa.

martes, 9 de octubre de 2007

Te echo de menos


A ratos me pasa, quizá porque te siento más cerca de lo normal. Hace ya casi doce años que te fuiste (joder, mi amor, doce años ya) y a ratos vivo con la ilusión de que sigues ahí. Realmente creo que nunca dejaré de caminar por ese espejismo. Todavía no te he llorado en todo este tiempo, y supongo que eso significa algo. Seguramente que no lo acepto. Que no me he tomado la molestia de creerlo.


Y, sin embargo, lo sé. Sé que te has ido, que no vas a volver. Y lo llevo bien. Me acuerdo de ti, me río, me siguen emocionando tus cartas, sigo suspirando con aquellas canciones. A veces me asalta la melancolía, pero nunca me vence. Por qué no me vence, mi niño, si tú fuiste lo más grande, lo mejor que me pasó en la vida? No resulta extraño que con mi carácter, con mi mal genio, mi rabia, no te llore hasta volverme loca? Quizá es porque asumí que te vería de nuevo. Y lo asumí como una verdad inmutable, como asumo que debo respirar. Ya no se trata de mis bromas sobre el karma, el cosmos y todas esas pequeñas magias que practico sin creerlas, sólo porque son bonitas. La certeza de volver a encontrarte es otra. Es una fe que no se puede comparar con nada. Yo dudo de todo, pero no de eso. Mi fe en nuestra historia es más grande que cualquier otra cosa que jamás haya existido. Nadie cree en Dios como yo creo en ti. Nadie.


Algunas veces, ya ves que no te miento, casi te olvido. No del todo, claro. Sigues ahí, como la piel. No pienso en ella, pero está. Otras veces me asaltas de repente. Estos días alguien me pidió permiso para bucear en mi pasado, y se lo dí. No pasa nada. Buceamos un poco juntos y tuvo su gracia. Pero en el pasado estabas tú, siempre estás tú. Y te recordé otra vez. Y no me duele, no me afecta, pero... no sé cómo explicarlo. Es como cuando crees que has perdido algo y de pronto abres un cajón y ahí está. Estaba ahí todo el tiempo. Supongo que esa es la razón por la que te estoy sintiendo tanto estos días...


Ha cambiado la luz. Todo es más ténue y un poco más frío. Lo noto dentro. Me muevo a trompicones, me despierto en mitad de la noche convencida de que he oído tu voz. Hasta puedo olerte a veces. Te siento jugar por aquí. Tarareo una canción y se cierra una puerta de golpe. Y me echo a reír. Sé que me miras mientras duermo, sé que quieres saber que estoy bien. Estoy bien, niño. Hacía tiempo que no estaba tan bien. Y no siento culpa, ya sabes que no. No de esa clase, quédate tranquilo. Pero sí, siento miedo, y eso sí lo sabes. Siento miedo de estar dejando caer las defensas. No me asusta sufrir, ya me conoces. Pero me asusta que, otra vez, te quedes para consolarme. Supongo que no hay modo de evitarlo. Nunca hubo forma de convencerte de que no hicieras lo que te apetecía. Y mucho menos, lo que pensabas que debías hacer.


Las viejas historias de fantasmas hablan de cómo los vivos se aferran a los muertos, empeñados en no dejarles ir, negándose a aceptar su marcha. Yo no soy así. Sólo los retengo en mi memoria. Esas leyendas también hablan de los que no quieren irse. De los que tienen asuntos pendientes. Es un clásico. No quiero ser un asunto pendiente. Aunque tampoco quiero que te vayas. Pero puedes irte, debes irte. De todas formas te llevo dentro, no pasa nada, no me dejas sola. Sé que no vas a hacerme caso, pero tenía que intentarlo. Cuando vivías aquí abajo me llamabas "Ángel". "Eres mi Ángel", decías siempre. Supongo que tengo que aceptar que ahora tú eres mi Ángel. Y que siempre estarás conmigo.

lunes, 8 de octubre de 2007

El primer suicida

Quién sería? Pero sobre todo, por qué? Cuál sería el motivo? Recuerdo una entrada en la que hablaba del amor, de cómo lo que entendemos por amor ha ido cambiando a lo largo de la historia, a través del tiempo, adaptándose a las necesidades, los usos, las costumbres de cada momento, de cada cultura. Desde la mera supervivencia y procreación en las cavernas hasta la corte de Leonor de Aquitania (que, como digo yo siempre, fue la que le dio glamour a la cosa, la visionaria que se atrevió a ponerle reglas y promocionarlo) y de ahí a nuestros días, añadiendo cada vez más elementos: obligaciones, contratos, moral, reglas, roles... Y mucho después, gracias a (o por culpa de) la literatura y el cine, nuevas necesidades. Encontar a la media naranja, llenar vacíos, maripositas, regalos en San Valentín, tiempo para nosotros, tenemos que hablar, esto no es lo que yo esperaba, me falta algo... Cada vez más opciones, cada vez más complicación. En fin, no quiero liarme. Os remito a la entrada en cuestión, que anda por ahí a saber con qué fecha.
El caso es que yo pretendía hablar del suicidio. Porque todo, como el amor, ha cambiado con los tiempos. La muerte tampoco es la misma. No morimos igual. Mantenemos algunos rituales desde hace siglos, el miedo atávico a la muerte es algo que probablemente ni la ciencia más avanzada (incluso si termina por darnos LA RESPUESTA) podrá vencer. Algunas cosas nunca cambian. Pero el envoltorio, como en el amor, repito, es otro. Vivimos más. Y mejor, en teoría. Y nos morimos y nos matamos de otras cosas. Y, aunque lo lloramos como sin duda lo lloraban, tampoco eso es exactamente lo mismo. Hoy todo va deprisa, todo es aséptico y frío. Tiene sus ventajas, naturalmente, y habrá quienes lo encuentren preferible. La gran mayoría, supongo. Pero yo, la verdad, lo encuentro desconcertante, extraño, mecánico. Menos humano. Llamadme morbosa si queréis, pero echo de menos las muertes de mi infancia. En casa, con tu gente. Cuando no era un tabú, cuando los niños no éramos tan delicados y propensos al trauma. Cuando podías y debías verlo. Cuando te dejaban besar a tus muertos. Lo mismo es una animalada, qué sé yo. Sólo sé que lo viví y que quizá por eso la muerte no me desola, los muertos no me asustan. Y menos cuando son los míos.
Pero vuelvo a perder el hilo. Intento hablar del suicidio. Cuándo y por qué se quitó la vida el primer hombre? Si pensamos con lógica, el suicidio debería ser un "invento" de los nuevos tiempos. De la deshumanización, la prisa, la soledad, las necesidades satisfechas y la aparición inmediata de otras nuevas, primero frívolas y después consideradas vitales para el equilibrio emocional. Ya sabéis, cosas como el ocio, que hace dos generaciones no existía y ahora, si te falta, puede provocarte una depresión nerviosa. Claro, ahora habría que decidir en qué momento los tiempos se volvieron terribles. No ahora, desde luego. Mucho antes. En la Revolución Industrial? Barrios marginales, seres humanos hacinados, Oliver Twist, miseria... qué va, antes de eso. Hasta dónde podríamos retroceder? La tuberculosis del romanticismo, que se empeñaba en arrebatarte a tu amada a los 19 años? La oscura Edad Media, con su penalidad, su terror, sus dogmas, su enfermedad, sus guerras... (cómo una época tan repulsiva puede resultarme tan fascinante? Misterio) Y atrás, y mucho más atrás? Todos conocemos a Sócrates, verdad?
Quién fue el primero? Cuándo? Por qué lo haría? Por miedo, por desamor, por aburrimiento? De niña me fascinaba la idea de la muerte. Supongo que no os asustáis, ya sabéis lo rarita que he sido siempre. Eso sí, la idea me fascinaba porque tenía el cerebro derretido con tanto libro y tanta película. Cuando empecé a considerarlo realmente, cuando la vida se puso muy gris, entendí que no tenía nada de bonito. Nada. Y, por si me quedaba alguna duda, la gente empezó a morir. La gente de verdad, con nombre y apellidos. Gente de mi vida. Por enfermedad, por vejez, por accidente. Y entonces pensé que no era una opción. No cuando tantos otros (todos, en realidad) morían sin poder elegirlo. Y por eso, sólo por eso, por mi empeño exagerado en las cosas de la justicia, no ha vuelto a ser una opción. No para mí. Ya no por el karma, ni por la culpa que me provoca pensar en el dolor de los que se quedan. Ni si quiera por algo tan noble como eso. Simplemente porque ÉL no pudo elegir. Y se perdió muchas cosas. Muchos besos, muchas estrellas, muchas horas, y canciones, miradas, libros, lágrimas, lugares, sabores, películas, secretos... Se perdió a Malaussène, y a Alatriste, y cumplir los 24, y las últimas (demasiadas) de U2, y tener hijos, y a veces no puedo creerlo. Así que tengo que elegir por él y si algún día soy tan estúpida como para no encontrar otra razón, me quedará esa.
La nostalgia, la oscuridad y la muerte son hermosas para la gente como yo. Pero en los libros, en las películas. Y, de todas formas, no habría oscuridad sin luz. Siempre nos sobran los motivos.