lunes, 31 de diciembre de 2012

Y, al fin, el 13

 Podría ser un buen año. No en vano es mi número favorito. Podría ser un buen año, sí. Por qué no? Antes incluso de su llegada ya me inspiró, empujándome a dar pasos de los que no me creía capaz, pasos ante los que miraba con terquedad a otro lado. El 13 traerá ciertas conclusiones y, por primera vez en mi vida, me he hecho incluso no una lista de propósitos (porque no sirven) sino de certezas.
 
El 12 ya se despidió con algunos guiños. Cesta de Navidad, una pedrea, y, en cuanto a lo importante, los nanos dando sus primeros pasos y nosotros (nosotros dos) poniendo en claro temas pendientes con fin de semana contemplativo de por medio. Asuntos laborales encontraron el fin su respiro, logré agarrar de nuevo unas riendas que había perdido no sé dónde y volví a mirarme al espejo de frente para descubrir cosas que había que amputar con urgencia. Cierto, también resultó un año nefasto. Perdí al primero, más sólido y querido de los eslabones de mi cadena, de mi clan. Hubo sus más y sus menos. El dolor no me dio tregua, el agotamiento me devastó, el mal humor casi me volvió loca, me sentí superada, ninguneada, invisible, decepcionada. No recuerdo haber llorado tanto en muchos años. El 12 ha tenido sus magias, claro, pero, en general, ha sido un año olvidable. Lo bueno es que pasó. En poco más de una hora, se habrá ido.
 
Así las cosas, el 13 sólo puede presentarse a lo grande. Sólo puede ser un buen año. Tiene que serlo, va a serlo. Lo será. El 13 mis cachorros correrán, aprenderán a hablar, descubrirán todo un mundo a su alrededor (y yo no me cansaré de descubrirles a ellos). El 13 seremos mejores, nos cuidaremos más, nos querremos más. El 13 no soltaré las riendas y me acomodaré en esta posición adulta que, eso creo, me sienta bien. El 13, quizá, los dolores remitan un poco, o quién sabe si se descubrirá algo nuevo que nos suavice los días... (lejos, calculo. En alguna hermosa tierra sin recortes). El 13 sabré si ya soy escritora o si debo seguir intentándolo. El 13 hará un lustro que estamos juntos, aunque parezca toda una vida (por lo bueno, que conste. Vale, por lo malo también). El 13 será el año en que cumpla un número tremendamente importante, ese que te recuerda que hace 5 años que entraste en la treintena y que faltan otros tantos para subir un peldaño más, uno que impone, que quizá da un poco de vértigo (o eso nos han contado).
 
No tendré otro 13. Este tiene que ser especial, tiene que ser el año. El que sí merezca ser recordado. Ya, ya sé que, de momento, no parece que esté por la labor de comportarse. Pero no olvidemos que aún estamos en el 12, así que es este (tan horrendo que hasta a los Mayas les caía mal hace eones) el culpable de todo. De perpetrar esa absurda tradición que hace que Trasto y yo pasemos las tardes de Nochevieja en urgencias los años pares, por ejemplo. En el 10 el diagnóstico fueron mellizos. En el 12 han sido unas posibles paperas. De que Trasto haya cenado a las nueve y media y ya esté en cama, por aquello de que a las cuatro y media de la mañana sonará el despertador. Camino del curro va a vivir su propio y auténtico apocalipsis zombie. Seguro. De que yo misma teclee con media cara hinchada, un dolor muy inoportuno que me va desde el hombro hasta la oreja (¿¿??), ganglios tamaño nuez y la mandíbula rarita. De que se me haya roto mi pendiente favorito. De que aún no haya visto al Dalai y, seguramente, no llegue a ver de nuevo a la Pirata antes de que deje la tierrina. De que vaya a cenar sola sopa de fideos y un poco de pez (puaj) porque la velada en el centro de salud no dejó tiempo para nada. Todo eso (y mucho más) es culpa del maldito 12. Pero no pasa nada. En ua hora llega el 13. Seguramente nada me librará de los dichosos voladores intempestivos (hoy hay barra libre para hacer el animal), los nanos se despertarán y será el caos. Bueno. Resignación. Será el 13 y todo pintará mejor. Porque así lo he decidido.
 
Feliz 13. Para todos.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Micromachismos varios

 Ya sé que suena a coches pequeñitos, pero no. Solía llamar así a esos machismos cotidianos y habituales que suelen pasarnos desapercibidos. A todos y a todas. Son esas cosas "sin importancia" que, precisamente porque no resultan escandalosas ni sangrantes, seguimos manteniendo y transmitiendo a las nuevas generaciones, sin darnos cuenta de que sientan bases peligrosas, porque, cuando los vas sumando, originan machismo a secas, machismo de los gordos. Y hasta pueden desencadenar en el otro, en el que sí es sangrante. Resulta que el término no es mío. De hecho es oficial, existe, hay tesis sobre él y alguna llegó a caer en mis manos mientras curraba en según qué sitios muy sensibles al tema. Me sorprendió descubrir que mis curiosas ideas no eran tan descabelladas al fin y al cabo, que muchos otros las habían cavilado y estudiado antes.
 
Tal día como hoy, en apenas unas pocas horas, me he encontrado con dos de esos micromachismos. En uno de ellos, que ya he experimentado cientos de veces, un tipo afable y simpático recurría al clásico (y cansino) argumento del: "mujer, no te enfades". Y es que, es cosa sabida, las mujeres no sabemos debatir ni intercambiar opiniones. Las mujeres, de hecho, no pensamos siquiera. Las mujeres nos enfadamos. Porque sí, porque somos hipersensibles, histéricas incluso. No digamos en esos días del mes. Las mujeres no nos expresamos, perdemos los nervios. Los hombres pueden debatir, por supuesto, y hasta sentar cátedra con autoridad. Pueden discutir entre ellos porque están entre iguales, y si recurren al taco, el cagamento o incluso el insulto, sólo están siendo vehementes. Nosotras, aun siendo perras viejas en según qué medios, aun midiendo cada palabra, aun evitando cualquier exabrupto, aun empleando fórmulas de cortesía que rozan lo ridículo, nos enfadamos. Somos así, las tías. Unas taradas. Es lo que hay. Ay, pobrecita, la nena. Que se altera. Qué mona.
 
Y luego, para rematar, se encuentra una de golpe y porrazo con una de esas fotos con mensaje que pululan por las redes sociales. Concretamente esta había sido ideada y difundida por un grupo de supuestas feministas combativas. En la imagen podía verse a un chico peinando a una niña, y la mega frase con enjundia rezaba como sigue: "un aplauso para esos hombres que ayudan en casa". Bien. O sea. Un aplauso. A los que AYUDAN. Un-a-plau-so. Plas, plas. Con un par. A los que ayudan (entiéndase, AYUDAN) hay que aplaudirles. Guau. Guau, en serio. Para empezar, eso de que ayudan es pa cagarse. Ayudan? De verdad? A quiénes? A nosotras? Nos ayudan? Son así de encantadores y solidarios que deciden AYUDARNOS en esas tareas que son NUESTRAS? Todavía estamos así? A estas alturas? Un grupo de tipas luchadoras y reivindicativas consideran que si un Manolo o un Pepe ponen una lavadora o hacen una trenza las están (nos están) AYUDANDO? Jo-dó. Es decir, llevar una casa en la que viven ambos, que disfrutan ambos y que usan ambos, si tienes vulva es lo normal, pero si tienes pene es algo extraordinario digno de aplauso? O sea, hacer la compra, limpiar, cocinar, lavar ropa y atender a los críos es un deber de mujeres que, algunos hombres majos y enrollaos, nos ayudan a sobrellevar? Y, encima, tenemos que aplaudirles por el supino esfuerzo? Cielos. La de aplausos que nos deben, entonces! Queridos Manolos y Pepes, ya podéis empezar a aplaudir a vuestras abuelas, madres, hermanas, amigas y parejas. Sentaos mientras, que os llevará un rato.
 
Pues nada, oiga. Un aplauso. Y, ya que estamos, aplaudamos a todas esas madres que dan de comer a sus hijos. Y a los hombres que tienen la deferencia de preguntarnos antes de meternos la picha dentro. Aplaudamos, en general, a la gente que no defeca en la calle. Y a esos compañeros nuestros que tienen el detalle de venir cada día al trabajo. Aplaudamos al vecino que saca la basura y no convierte su piso en un estercolero y la vida de toda la comunidad en un infierno. Aplaudamos al camarero, coño, que nos trae un café en lugar de mandarnos a la mierda. Aplaudámonos todos, así, resumiendo. Aplaudamos a la gente que hace lo que tiene que hacer, lo que viene siendo de recibo. Y aplaudamos de paso la estupidez, porque está claro que nunca podremos con ella.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Sólo a mí se me ocurre



 Quizá no deberíamos volver a ver aquellas películas que nos encantaban de niños. Pocas sobreviven al cinismo de la adultez, ni siquiera muchos clásicos se salvan. Pero eso es algo que olvidé este mediodía, cuando, cafelito entre manos, gripe del quince y bata, me arrellané en el sofá (los nanos echando la siesta, gracias a los dioses) y, tras un somero zappeo, me encontré de morros con aquellas siete novias para siete hermanos. Tela. En los tiempos del VHS (o quizá del BETA, porque nosotros fuimos de BETA hasta que desapareció y no nos quedó más narices que claudicar) esa era una de las pelis que mi hermano y yo veíamos una y otra vez. Ahora que lo pienso, me resulta curioso que tal ñoñería le gustara al pequeño Godzilla, tan aficionado él a esqueletos, monstruos y demás horrores. Igual era por la escena famosa de las chicas en corsé y pololos (el tanga aún no había hecho furor y tampoco existía internet, al menos por estos lares). Yo, particularmente, quería un padre como Adam y un marido como Benjamin, que me tenía loca.
 
Hoy, en cambio, poco más y se me atraganta el café. Cielos, pero cielos... qué horror!!!! Afortunadamente ya me había dado cuenta de pequeña de que la peli era puro decorado y forespán (siempre tuve buen ojo para eso a pesar de la miopía). Lo que de ninguna manera podía deducir entonces era que eso de andar por ahí secuestrando mujeres no tenía nada de gracioso ni de romántico. El número del hermano mayor contando a los otros seis carneros la historia de las Sabinas y de cómo los romanos se las llevaron por la fuerza, me dejó patitiesa. Creo que hasta me subió la fiebre. Que os gustan unas muchachas? Que no tenéis tiempo para cortejarlas? Que sus padres no os dan permiso? Os las lleváis puestas por la jeta y listo. Oh, sí, llorarán y patalearán, pero en el fondo estarán encantadas. Y sí, claro. Las chicas estaban encantadas. Los gritos y pataleos eran para despistar, para hacerse de rogar, para guardar las apariencias. Como la película es un inocente y cursi musical para todos los públicos, la esposa de Adam se guarda muy mucho de mantener a los fogosos cuñados alejados de las niñas (al establo!!!!), vigilando celosamente la pureza de las improvisadas Sabinas hasta el final del encierro.
 
Y, claro, todo termina felizmente. Las jovencitas, en efecto, se enamoran de los rudos montañeros, y hasta improvisan un plan perfecto para que sus airados padres y hermanos consientan en la boda múltiple. Nada como apropiarse del bebé (que, en realidad, es la hija de Adam y Millie) y afirmar todas ellas ser la madre para que la bendición llegue a toda prisa. Ya de pequeña me sorprendía tal papanatez. Pero es que no era lo más lógico creer que, habiendo una criatura, sería, quizá, de la única pareja casada?? Se ve que, por las dudas, mejor matrimoniar que lamentar. Total, que al menos la cosa ha servido para echarme unas risas y sobrellevar estoicamente el trancazo. Benjamin me sigue pareciendo monísimo, y, pese a los años transcurridos, aún me pido ser Dorcas, que es la más alta, la más morena y la más golfa de todas. Y ahora, el dato curioso. Esa Dorcas divina, con su pedazo de metro ochenta nada habitual en la época (que hacía que otras actrices parecieran diminutas a su lado) era Julie Newmeyer, que más tarde se cambiaría el nombre a Julie Newmar, dándole título y excusa a una patochada muy divertida de peli en la que Legizamo, Swayze y Snipes encarnaron a tres espectaculares reinonas forzadas a detenerse en un pueblucho de la América profunda camino de un concurso de belleza. Debo decir que me costó creer que Chi-chi fuera no ya Leguizamo, sino un hombre cualquiera. A Snipes le traicionaban un poco los bíceps, eso sí. Y Swayze... bueno, el querido Patrick (que en gloria esté) resulta en esa película más femenino que yo de lejos. Julie Newmar resulta la inspiración de esas tres amigas, apareciendo al final de la cinta un momento (convertida por desgracia en un engendro de la estética). Esta mujer, además, fue la primera y original Catwoman (que yo sepa). Desde luego era un mujerón de rompe y rasga. Aún vive, la tal señora. Creo que es una exitosa mujer de negocios. Pena que no se haya resistido a las promesas del bisturí y, en mi opinión, se haya desgraciado la cara. Seguro que estaría mucho mejor siendo una hermosa anciana que siendo lo que, de hecho es: una anciana horrenda y estirada. Prescindo de poner fotos actuales. Mejor recordarla de otro modo. En modo Dorcas.
 
 
Aquí en una escena de la ínclita Siete novias para siete hermanos. La morena más alta, claro.
 

domingo, 25 de noviembre de 2012

Nada peor

 Si algo hay en este barrio mío son niños y perros. Aunque, en realidad, haber habemos de todo. Por ser barrio nuevo y barato, está lleno de parejas jóvenes (con críos). Por ser de las afueras, está lleno de viviendas sociales, con su consiguiente e interesante diversidad, que te salta a los ojos y a los oídos. Por contar entre sus calles con media docena de geriátricos, está lleno de abuelos paseantes. Y quizá por sus muchas zonas verdes, está lleno de perros. Por eso no es de extrañar que se haya formado una pandilla canina que no para de crecer. Cada mañana y cada tarde-noche somos legión los que nos juntamos en el parque grande, el que cuenta con su zona perruna. Ya son algunos años de charlas, intercambio de golosinas, carreras tras los peludos y demás. Gente de todas las edades y condiciones unidos por el nexo común: los chuchos.
 
Lo que nunca imaginé fue que fuera a nacer una amistad, más o menos cercana, con esta gente tan dispar. Pero es que los bichos tienen la facilidad de lograr que sus humanos terminen jugando juntos. Todo fue llegando: el impepinable intercambio de teléfonos (me consta que en nuestras agendas cada nombre figura seguido del nombre de su perro, porque es eso lo que nos identifica), las quedadas para paseos, para cafés, para parrilladas en el prao de este o aquel y para comilonas varias. Asturias. Comer. Lo clásico. Y, de repente, te encuentras con nuevos e inesperados afectos que te sorprenden.
 
Uno de nuestros veteranos (casi tan veterano como su plácida boxer) tenía, además de una perra vaga y tranquilota, otro detalle en común con nosotros, flamantes padres de mellizos. Y es que él es un no menos flamante abuelo de gemelos. Los nuestros y los suyos (todos ellos varones) constituyen toda una atracción en el universo del parque. Este hombre, un jubilado amante de la informática y las nuevas tecnologías en general, tiene, además, dos nietas más, hijas de su otro hijo. La mayor es un torbellino hiperactivo que revoluciona todo a su paso. La pequeña tiene apenas cuatro meses. Hace un par de semanas nos sobrecogió la noticia de la muerte de ese hijo en un accidente de moto. Un chaval de 32 años, en lo mejor de la vida. Un chaval estupendo que, de repente, ya no está. Me espeluzna pensar en sus padres, en el hermano, en la mujer y en esas dos niñas que no ha podido disfrutar apenas, ni ellas de él. La menor ni siquiera conservará un solo recuerdo de su padre. Es, sencillamente, un espanto. Una de estas cosas que no deberían ocurrir. No alcanzo a imaginar la desolación de esa chica, privada de su compañero y teniendo que seguir luchando, por ella misma y por sus niñas. Sola.
 
Pero si algo me tiene horrorizada es el dolor que sin duda estarán sintiendo T y M, los padres de ese chaval. No puede haber nada peor que enterrar a un hijo. No hay palabras que puedan describir tal devastación. No eres viudo, ni huérfano. Eres algo mucho peor, tanto que no existe vocablo para definirlo. Se me ocurre que quizá el ser humano, desde el principio de sus días, no se atrevió jamás a crear esa palabra, por el mero pavor a su existencia, por si tenía que pronunciarla alguna vez.
 
Hace unos días la pandilla canina se reunió para comer. Y allí estaban T y M, enteros, divertidos, sonriendo, compartiendo el día con nosotros, sin flaquear, oyendo a otros hablar de sus hijos y participando de toda conversación, narrando anécdotas sobre la infancia de los suyos sin un suspiro, sin una queja. Me asombró más de lo que puedo expresar su fortaleza. T es un señor afable y bromista, inteligente y locuaz. M es una de esas mujeres tan bellas que llaman la atención, una de esas a las que quitas veinte años nada más verlas, encantadora, dulce, risueña. A ella la conozco mucho menos, pero la admiro igualmente. Quizá más. La admiro porque ha perdido a alguien por quien, sin dudar un segundo, habría dado la vida. Y cada día se arregla, se pone la sonrisa en la cara y sale a la calle a seguir viviendo. No me explico cómo lo consigue. Ojalá tuviera yo esas agallas para pelear. Qué pena que, a veces, haga falta que alguien cercano sufra la peor de las tragedias para que nos miremos en ellos y nos avergoncemos un poco de nuestras quejas miserables. Es una enorme lección, M. Ojalá nunca hubieras tenido que dármela.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

De qué vais?

 No puedo menos que alegrarme de no estar embarazada. No lo digo por las molestias, la sensación de cargar con un saco de 20 kilos todo el día, la imposibilidad de girarse en la cama, los pies al doble de su tamaño, el cansancio o los calores, no. Tampoco por el hecho incuestionable de que, con otro niño en casa, tendríamos que vivir en modo Tetris. Bueno, sí. Lo digo por todo eso. Pero, sobre todo, por la inmensa alegría que me provocó el no tener que seguir tratando con médicos, ginecólogos y matrones (todo ello con su correspondiente -as) agonías. Eso es lo que menos envidio a todas las luminosas preñadas de mi entorno.
 
Y es que me cuenta a una amiga-vecina sus cuitas panciles, y todas tienen que ver con los médicos que la atienden. Cada vez que tiene consulta va temblando y de mal humor, lo cual, francamente, resulta penoso. Máxime en un momento tan importante en la vida de cualquiera, un momento que debiera ser feliz y durante el cual lo mínimo es sentirse escuchada, apoyada y orientada. Coño. Pues no. Vaya por delante, como siempre, que existen las excepciones (benditas sean). Pero, al parecer, son eso. Excepciones.
 
El embarazo es un estado de bronca constante. Te abroncan por el peso, tanto si coges mucho como si no coges lo suficiente. Te abroncan por la tensión, tanto si está alta como si está baja. Te abroncan si haces poco ejercicio y si haces demasiado. Te abroncan si te da por comer y si pierdes el apetito. Si duermes mucho y si duermes poco. Si estás demasiado ansiosa o demasiado pasota para su gusto. Te abroncan. Sin más. Te amenazan con todo tipo de desgracias si no cumples exactamente con unas normas concretísimas e inapelables. De repente te encuentras nadando en un mar de preclampsias, placentas precoces, diabetes gestacionales, obesidades varias, reposos forzosos, regímenes estrictos, albúminas, niños con bajo peso, niños con mucho peso, partos atroces y todo un muestrario ilustrado de complicaciones diversas. Joder, joder.
 
Yo, que soy de las sangrehorchata, debo decir que me lo pasé todo por el mismísimo. Y aquí estoy. Y ahí están. Debo decir también que recordé muchas veces que la generación de mi madre no contó con ecografías, ni pruebas de glucosa, ni epidurales, y que aún se llevaba aquello de "tienes que comer por dos". De la generación de mis abuelas, ni hablemos. Parían en casa a puro huevo, muchas veces asistidas por vecinas, un practicante o un veterinario si pasaba por allí. A los críos lo pesaban en la balanza del carnicero. Las bisabuelas? Tomaban por las mañanas un huevo crudo batido con Sansón, para engordar la sangre o qué sé yo. Bebían cerveza para hacer subir la leche. A muchas, durante el parto, les daban "cornetos" para soportar el dolor. O, lo que es lo mismo: cornezuelo de centeno. Debían ver dragones, xanas, al cuélebre y hasta a la Virgen de Lourdes.
 
No sé. Siempre digo lo mismo. Parir es muy fácil. Los críos nacen, sin más. Todos lo hemos hecho desde que el mundo es mundo. Mis bendiciones para los avances de la ciencia, que nos permiten un control sobre el embarazo y los críos inimaginable hace no tantos años. Pero sería de agradecer un poco de calma con el tema. Y, sobre todo, cierto tacto para tratar con las embarazadas. Porque, aunque no sepa un pijo de medicina, no sé si acabo de entender la necesidad de que una mujer sana preñada de ocho meses lleve todos los días una muestra de orina a su centro de salud sólo porque tiene 13-8 de tensión. Al menos esa es la razón que le han dado. Creo que se me escapa algo, la verdad. Y tampoco entiendo que a una chica de metro y medio y 50 kilos, por el hecho de haber engordado 3 en su noveno mes de embarazo (10 kilos en total) le suelte una imbécil titulada que van a tener que echarla a rodar monte abajo (tiene una tripa que más bien parece un atracón de pizza que un niño) para que, a renglón seguido, la misma gilipollas le pegue la bronca del siglo porque el bebé tiene poco peso y va a necesitar incubadora. De qué vais? Iros un poquito a la mierda, anda.
 
Ay, chicas. Paciencia. Que nadie os joda este momento. Todo saldrá bien, en serio. Lo raro es que no salga bien. No pemitáis que os vuelvan locas ni os carguen con culpas que no son vuestras. Bastante culpabilidad lleva asociada la maternidad por miles de razones (la mayoría totalmente absurdas) que ya iréis descubriendo. Que se vayan todos a ver la ballena. Aunque, seguramente, la pondrían a dieta también. En serio, tomáoslo con calma. Porque después de todo esto, llegan los "sabios" consejos de abuelos expertos, tíos solícitos, madres pluscuamperfectas, talibanas de todo pelaje (de la lactancia, el apego, el colecho, el Duérmete niño, el Cómete la fruta y la Pedagogía Amorosa Ilustrada), Opinadores Profesionales Varios y, cómo no, pediatras de esos que creen que los niños van con manual, y que darles pescado azul una semana antes de lo que indica la tabla es poco menos que un intento de niñicidio. Respirad hondo. Lo haréis de fábula.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Los que habrían sido

 Hoy habrías cumplido 93 años. Por un momento he llegado a pensar: "que no se me olvide llamarle". Y, de pronto, he recordado que ya no puedo hacerlo. Puedo descolgar el teléfono, marcar tu número y esperar, pero ya nunca más oiré tu voz de barítono. Resulta descorazonador darse cuenta, y también un tanto inquietante. Es como haber perdido la raíz, el eslabón primero. Te invade una cierta sensación de orfandad.
 
No recuerdo que nadie, jamás, me haya respetado tanto como tú lo hacías. Nunca. Supongo que no llegué a hablarte de mis naufragios, ni de cómo me siento la mayor parte del tiempo. Nadando contracorriente, para ser sincera. La mayoría de la gente no duda en decirte que no eres lo que esperaban de ti. Para La Mamma soy demasiado indolente, para El Pater, demasiado formal. El Trasto se pasa media vida tratándome como a una reina y la otra media como a una alumna torpe que nunca hace nada a derechas. Cómo lograbas aceptar siempre a todo el mundo? Nunca te oí criticar a nadie. Eras grande por eso. Por todo.
 
No puedo llamarte, pero sí recordarte, contarte de mis penas y alegrías. Puedo traerte a mi memoria cuando desee. Puedo quererte siempre.
Te echo de menos. Feliz cumpleaños, Obo.

martes, 6 de noviembre de 2012

Una larga espera

 Ha pasado demasiado tiempo. Demasiado. Pero hoy, los sesudos jueces han decidido poner negro sobre blanco algo que muchos ya sabíamos: que sois legales. Con esta declaración nos han dado una enorme alegría, y han tapado la boca a todos esos que, por lo visto, están lo bastante ociosos en sus vidas como para meterse en las de los demás. Nadie podrá evitar que las mentes pequeñas y vulgares os encuentren diferentes, raros, invertidos, enfermos, ridículos, viciosos, repugnantes  y anormales. Eso nos va a costar mucho más. Habrá que seguir peleando para sacar a todos esos decentes ciudadanos de vuestros dormitorios, en los que se cuelan impunemente para babosear sobre vuestras emociones, vuestros afectos, vuestra carne y vuestra piel. Porque, como bien sabéis, son ellos los enfermos. Son ellos los depravados, los obsesos sexuales. Ellos, que, al parecer, no consiguen dejar de imaginaros en la cama y se relamen ante vuestra supuesta indecencia como niños bobos delante de un bicho aplastado. Les dais asco, risa, nervios, morbo. Quieren veros, pero de lejos.
 
Imagino que a la mayoría no les da la cabeza para pensar que no sois de otro planeta ni os engendra "cierta clase de gente". Estáis por todas partes, sois de todas las clases, de todos los colores, de todas las ideas. Sois personas. Sois como cualquiera. La mayoría (y es hasta divertido pensarlo) ni siquiera sospechan que una de sus tías ancianas, el primo de Cuenca, la compañera de trabajo, el verdulero, la abogada que les defendió de fábula aquella vez, el oncólogo que les salvó la vida o la mediana de sus hijas, son "de los otros". Son tan torpes y tan cegatos que no alcanzan a enteder que os ven, os tratan y hasta os aprecian cada día de sus vidas. Son tan cortos que, si supieran "eso", dejarían de miraros igual. Os perderían el respeto. Ya no os apreciarían. Por ese ínfimo detalle. Si supieran que Antonio, ese vecino tan educado y tan majo al que adoran, duerme con un tal Pablo en lugar de con una tal María, no volverían a saludarle. Se harían cruces. "Parece mentira, con lo elegante y lo culto que es". "No puede ser, pero si no tiene pluma..." "No se le nota nada". "Pero, si parecía normal!" Y muchas sandeces más. Algunos, incluso, se sentirían estafados. Porque, sabedlo, tenéis la obligación de llevar un cartel bien visible, para evitar confusiones. Con qué derecho vais por la vida "de normales" sin serlo? Engañáis a la gente decente que se trata con vosotros sin saberlo!
 
En fin. No os voy a contar nada que no sepáis o hayáis sufrido ya. Hoy es un día de celebración, y de esos no tenemos muchos en estos tiempos. Sois legales. Y vuestros hijos también, los que ya tengáis y los que queráis tener en el futuro. Sois familias como cualquier otra. Sois ciudadanos de primera en una cosa más. Enhorabuena a todos y mi recuerdo a los que se fueron sin ver este sueño cumplido. Chavi, Keta y todos los demás: ya está. Gracias por luchar siempre.   

sábado, 3 de noviembre de 2012

Recuperando hábitos



 Después de muchos meses sin pararme a escuchar La luz que me habla, me he decidido a reflotarlo. El día ya no tiene horas suficientes como para salir a disparar, así que no me ha quedado más remedio que bucear entre las viejas fotos. Algo ha salido. Habrá que conformarse hasta que soplen nuevos vientos.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El Día de los Muertos

 Así es como lo ha llamado siempre mi familia, al menos. No es un nombre muy poético, la verdad, pero los míos (salvo las generaciones más veteranas) siempre han sido bastante críticos con estas fechas. Recuerdo desde niña sus comentarios poco amables hacia esa devoción fervorosa de una vez al año. Nunca la entendieron. Nunca entendieron por qué el primero de noviembre había que visitar a tus difuntos sí o sí, por qué la gente pasaba por el aro haciendo cola ante floristerías y cementerios cuando, resulta evidente, puedes visitar a tus seres queridos desaparecidos el día que te dé la gana. No entendían que la nostalgia o el cariño la marcara el calendario. Los mayores del clan se justificaban con obligaciones que no hacían sino reforzar los argumentos de la siguiente generación: "las cosas se hacen porque quieres hacerlas, cuando te salen de dentro. Si es obligación pierde el sentido". El Pater, claro, aún resultaba más cáustico: "menuda gilipollez. Lo ves? Somos borregos. Que me tiene que decir a mí el calendario cuándo puedo o no puedo ir a ver la tumba de mi abuela? Qué pasa, que si no voy hoy soy mala persona, o la quería menos? Hoy hay que ir a exhibir cuánto querías a tu Paco, a tu Mari o a tu santa madre. La mayoría no van en todo el resto del año, pero allí están hoy, pa que les vea todo el mundo con el ramito. Venga ya".
 
El caso es que nosotros siempre lo celebramos a nuestro modo. No íbamos al cementerio (eso se quedaba para los viejitos, que siempre respetaron mucho las tradiciones), pero sí que festejábamos algo, no sabíamos muy bien qué. En el norte siempre han convivido las costumbres cristianas con ese paganismo mitológico que tanto nos identifica, así que tampoco me sorprende que los abuelos, tan devotos ellos, nos transmitieran esos otros ritos que ya vivían de niños. La víspera del Día de los muertos cae en plena época de castañas, así que lo propio son los magüestos. Recuerdo las castañas asándose en la cocina de leña y a todo el mundo dándose el festín padre, algunos remojándolas en un cuenco de leche caliente. Yo siempre he detestado ese sabor áspero, pero me encantaba verlas asarse, su olor y su tacto. Se bebía sidra (dulce para los niños) y sí, curiosamente se hacían linternas y faroles con calabazas, calabacines, nabos y cualquier hortaliza de tamaño respetable. Se contaban historias truculentas de aparecidos. Se hacían disfraces caseros (nada de chuminadas compradas) con sábanas agujereadas y corchos quemados para tiznar las caras. Siempre había algún tío dispuesto a ponerse un pelucón y una máscara para asustar a los chiquillos, que, sabiendo perfectamente quién era "el espectro", o "la bruja", no nos privábamos de pegar alaridos y correr como locos huyendo del monstruo. Era emocionante. Se te salía el corazón del pecho. Se hacían hogueras y se jugaba al escondite. Recuerdo lo mayor y lo valiente que se sentía uno aceptando perderse en la oscuridad y aguantando el canguelo detrás de un árbol o agazapado en el corredor del hórreo, procurando no pensar que iba a venir La Guaxa a cogerte o que aquellas lucecitas allá lejos eran los candiles de La Güestia, que venía a llevarte. Contábamos esperteyos (murciélagos), afinábamos el oído para escuchar a la curuxa (la lechuza) y mirábamos las estrellas.
 
El Pater se agarró uno de sus habituales berrinches cuando descubrió que, irremediablemente, los magüestos y el Día de los muertos iban cediendo terreno frente a, según sus palabras, "una fiesta yanqui gilipollas y hortera, como todas las jodías fiestas de esos anormales". Y es que no se puede luchar contra lo inevitable, al parecer. De críos veíamos imágenes del Halloween en las pelis y series yanquis, y nos parecía algo curioso y divertido, pero ajeno, como Acción de Gracias o el 4 de julio. No tenía nada que ver con nosotros, sin más. Y de pronto, años después, alguien decidió que era una pena no rentabilizar la tontería humana, ni el afán de los europeos por bebernos sin pestañear cualquier chuminada que huela a los USA (mucha gente se pasmaría si supiera que el dichoso Halloween tiene origen europeo, pero bueno). Creo que los primeros en sumarse a la tontería fueron los empresarios de las discotecas. Cómo resistirse a una especie de carnaval macabro en el que podían colgar calabazas de pega por doquier y vestir a sus gogós de vampiras zorronas? El público se entusiasmó, claro. Halloween es el segundo carnaval del año, otra fecha más para salir a la calle medio en cueros a papar frío como lerdos. Por supuesto, asustar es lo de menos. Lo que importa es calentar! Después de las discotecas se apuntaron los centros comerciales, cómo no. Vendamos chuminadas a los niños, que aún queda para Navidad. Chuches, decoración, disfraces... un planazo. Sólo tienes que enseñárselo para que lo quieran. Y, encima, van los colegios y se suben al carro. Así que ahora los magüestos se combinan con trajes de esqueletos, nosferatus y minibrujas (Bob Esponja o Hello Kitty también valen), las Monster High y las Bratz Goti-fashion lucen sus mejores galas (hay ediciones especiales de muñecas vampi-pijis, lo juro) y los críos empiezan a llamar a las puertas del vencindario soltando esa absoluta mamarrachada del "truco o trato?"
 
Y me apena, en serio. Me apena porque me habría encantado mantener la costumbre de mis ancestros con sus faroles sin caras malévolas, su sidra dulce, sus castañas, sus sábanas viejas con agujeros, sus historias de ánimas y su escondite terrorífico. Como mucho conseguiré salvarlo siempre y cuando acceda a que mis enanos celebren tal ocasión con los impepinables disfraces comprados y sus golosinas herejes. Porque ya han nacido en pleno ataque de bobería, lo mamarán como algo "nuestro" y no lo cuestionarán. Y negárselo les hará sentirse marcianos. Los críos, en cualquier caso, no tienen culpa ninguna. La culpa es nuestra, de los adultos, que estamos agilipollados completamente, que despreciamos lo nuestro mientras nos tragamos sin masticar cualquier imbecilidad que venga del sitio adecuado. Y el sitio adecuado, claro, es yanquilandia, ese lugar que solemos criticar con saña mientras nos esforzamos en imitar. No cabe duda de que, a su modo, han colonizado a quienes les colonizaron... será algún tipo de venganza? Si lo es, nos está bien empleado. Somos cómplices en ella, por nuestra irredenta estupidez.
 
Feliz magüestu. Feliz Día de los muertos.
 
(La foto es de Aurora3)

sábado, 27 de octubre de 2012

Y por fin...

 ... llueve. Y se evapora este bochorno insano que nos tenía el otoño irreconocible. Y se refresca este piso-sauna. Y me alegro por adelantado de la noche que me espera, tapada al fin y sin dar vueltas sobre mí misma como pollo en asador. Y me fumo un cigarrito en la ventana, contemplando una tromba en condiciones, al más puro estilo Astur, sin pijaes. Llueve, joder. Por fin. Y el cuerpo te va pidiendo la rebequina. Termino de revisar por enésima vez eso en lo que ando metida (y que contaré próximamente) y, francamente, que fuera suene la lluvia me parece la mejor de las señales.

sábado, 13 de octubre de 2012

Reconciliaciones

 Y ratos ocurre esto. Que vas lanzada esquivando niños gateantes y a una perra con complejo de nanny, cargando con bandejas de purés y barreños para la colada, intentando que no se te olvide que la comida y la cafetera están al fuego. Y de pronto tus enanos entran en barrena y empiezan los lloros, y traduces que están agotados de tanto hacer el borrico. Así que los acuestas pensando que, con suerte, se echarán un sueñecito de una hora mientras tú terminas con el zafarrancho. Y, de inmediato, oyes que uno de ellos sufre un berrinche espectacular, pero no es nada nuevo y tampoco tienes tiempo para contemplarlo. Pones a salvo ropa mojada, ollas y café, confiando en que, como de costumbre, los chillidos cesen en cinco minutos si no les prestas atención. Cuando eso no ocurre, te sientas en el sofá y te fumas un cigarro, intentando no perder los nervios. Pero el llanto sigue, cada vez más histérico. Así que vas.
 
Uno de tus hijos duerme como un bendito (cómo es posible?) mientras el otro berrea como un poseso agarrado a los barrotes de la cuna. En cuanto lo coges en brazos, se calla. Tiene la cara congestionada, llena de surcos de lágrimas, y pega unos suspiros de esos de bebé, en cuatro tiempos, capaces de ablandar al propio Herodes. Se aferra a ti como un koala, te lo llevas al salón, te sientas con él y lo acunas, bien apretado contra tu pecho, dándole besos en el pelo. Y se obra el milagro.
 
Has sido incapaz de dormir a tus hijos en brazos desde que tenían tres meses. De hecho, lo habitual es recurrir a pasifloras, tilas, valerianas y demás bebedizos, y, con todo y con eso, raro es el día en que caen antes de las doce, tras horas y horas de saltos, abrir y cerrar de cajones, lanzamientos de peluches, carcajadas, protestas y demás parafernalia. Y resulta que hoy, justo hoy, cuando pensabas que aquel mocoso debía odiarte seriamente por haber ignorado su tragedia personal, el mico decide abrazarse a ti y quedarse dormido de tal guisa en, escasamente, dos minutos.
 
No sé qué extraño poder tiene el regazo de una madre para que, hasta los niños más inquietos y guerreros, se rindan a él en momentos de crisis. Qué te pasaba, enano? Qué te asustó o te enfadó tanto como para que se diera el prodigio? Hacía casi un año que no lográbamos tal maravilla. Y hoy te decides a hacerlo sin más, y me reconcilias con esto de ser madre.

jueves, 11 de octubre de 2012

A ratos

 A ratos me rompo por completo. Lo malo (o lo bueno) es que no tengo tiempo para romperme muy a menudo. Hoy he aprovechado que mis enanos dormían una breve siesta para romperme un poco. No demasiado, claro, porque no quería asustar al Trasto y que se fuera a trabajar con aquella imagen. Así que me rompí sólo un momento, le expliqué que no me pasaba nada, que sólo estaba cansada, respiré hondo tres o cuatro veces y volví a mi vida.
 
Me siento igual de cansada, la espalda me duele lo mismo, estoy igual de harta de este idéntico día mil veces repetido que conforma actualmente mi existencia y, encima, me pican los ojos una barbaridad, pero aquí estamos. Casi siempre es pura inercia y eso es lo que más me molesta. Pura inercia, pero ni para eso siquiera logro reunir fuerzas y dejarme llevar.
 
Estar sola, como antes, se ha convertido en el mejor de los sueños. Uno que ya no se cumplirá. Ni la soledad ni el silencio caben ahora en mi vida. Críos llorando, una madre regañona para la que nada está bien hecho y unos suegros que me exasperan. Qué coño he hecho de mí? Cómo me he metido en esto y, sobre todo, por qué? Merece la pena? En serio la merece? Para qué? Por un amor que todo lo arrasa, que te llena de luz y de las peores culpas? Todo esto para eso? Y no habría podido pasarme perfectamente sin ello, me pregunto? Imaginándolo sin más, siendo madre en mis relatos, esos que desaparecen con un click de ratón y te devuelven tu tiempo? No, claro. Tenía que hacerlo realidad. Tenía que invocar esa magia maravillosa que te exige, simplemente, renunciar a tu propio ser.
 
Mañana, o quizá dentro de cinco minutos, diré que no, por favor, a quién se le ocurre, qué tontería. Cómo no va a merecer la pena??? Lo merece todo!!!! Pero eso será mañana, o dentro de cinco minutos. Hoy, ahora, sólo sé que siento que he perdido el control de todo, las riendas de todo. Que se ha evaporado lo más importante que tenía, lo que me hacía ser yo. Hoy, ahora, sólo sé que camino como un autómata, vivo como un autómata, con mi cansancio, mi dolor, mis ojos irritados, mi hartazgo y mi desconsuelo. Aniquilada. Y que los dioses, siempre tan siniestros, me han concedido todos mis deseos. Y se ríen.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Cosquillas en los oídos

 La verdad es que no se me ocurre mejor forma de definirlo. Es algo que me ocurre desde niña. Hay voces que me provocan esa sensación: cosquillas en los oídos. No tiene nada que ver con si son voces dulces o ásperas, bonitas o feas, graves o agudas. No puedo explicar por qué unas sí y otras no. Ni siquiera el idioma tiene algo que ver. Pueden hablar castellano, polaco, griego, ruso o lo que se tercie. Pueden sonar con cualquier acento.

El Pater tenía una radio de esas con FM, onda corta, onda media y onda qué sé yo (no sé ni cómo funcionan esas cosas) de la que yo me apropié por la cara para "rastrear voces". Pulsaba botones, giraba ruedecillas y escuchaba. Se sucedían los narradores desde vaya usted a saber cuántos rincones del mundo. Un señor de voz presumida largaba las noticias en inglés. Una señora de voz arrullante entrevistaba a alguien en francés. Varias voces vocingleras discutían en italiano. Ops, la llamada del muecín. Carne de gallina. Más tarde, una señora de voz melosa me contaba cosas en árabe.

Repetía el ritual cada noche, grabando en cintas las voces que me hacían cosquillas en los oídos. A veces encontraba varias. Otras, ninguna. Escuchaba aquellas cintas para relajarme y dormir. La sensación de cosquillas en los oídos es una de las más deliciosas que se pueden experimentar. Te invaden los tímpanos, se escapan por tu nuca. suben por toda tu cabeza y bajan a lo largo de tu espalda. Te mecen y te estremecen. Sólo ciertas voces me provocan tal fenómeno, y también que alguien me toque el pelo. Por eso siempre he dicho que, si fuera rica, mi frivolidad preferida sería tener en casa un lavacabezas de esos de peluquería y pagarle a alguien un sueldo sólo porque me lavara el pelo con un buen masaje y me peinara.

La manía (porque no era otra cosa) de rastrear voces cosquilleantes me dotó de una gran facilidad para captar idiomas y situarlos en el mapa. Y hasta, en alguna ocasión, me hizo creer que estaba entendiendo frases enteras o el contexto de una conversación en lenguas que ni había estudiado ni propablamente estudiaré jamás. Seguramente no era cierto, claro. Pero la impresión estaba allí.

El peligro consistía en que una voz cosquilleante te sorprendiera en momento inoportuno. Un profesor de física la tenía, y eso hacía que tuviera que hacer sobrehumanos esfuerzos para no caerme redonda en clase. Como "sintonice" una en el bus, ya sé que iré dando cabezadas. Actualmente, mi cruz es dar con una de esas voces narcóticas en el curro. Calculad. Auriculares puestos, sentidos a pleno rendimiento, manos sobre el teclado... y de pronto una italiana medio idiota TIENE esa condenada voz que me llena la piel de caricias. Y comienza la lucha desesperada por no dormirse sobre la mesa. Es un placer y un tormento cuando no puedes abandonarte.

Hacía tiempo que no daba con una de esas voces para mi colección. Y, de repente, una noche de insomnio, rastreando las emisoras patrias (ya no tengo aquella radio prodigiosa) capto de inmediato el milagro, y millones de hormiguitas invisibles se pasean sobre mí. Es una mujer que, a horas intempestivas, habla de la Torah. Nos cuenta las hazañas de los Reyes, y nombres conocidos y nuevos desfilan por mis oídos. Atalía, Jezabel, Roboam, Jeroboam, Omri, Acab, Salomón... el reino dividido, míticas ciudades, guerras, descubrimientos arqueológicos en templos... En mi mente imaginaba a una mujer de mediana edad, pequeñita y rubia, con el pelo corto y gafas sujetas con un cordón que agrandaban unos ojos claros ya de por sí grandes. La curiosidad me invitó a buscarla. Nada que ver, por supuesto. Aunque yo sigo imaginándola a mi modo cuando la escucho. Un acento más para conservar: el de una israelí batiéndose en castellano. Cosquillas. Su voz me hace cosquillas.

Me descargo los podcast de su programa (magias modernas) y los escucho cuando el insomnio ataca. Acabaré siendo una erudita de la tradición judía. O no. Seguramente no, porque, al final, siempre termino mecida por los aires y vencida por el sueño...

martes, 25 de septiembre de 2012

Recientes estudios confirman

 Probablemente sea esa una de las frases que más aborrezco. Me saca de quicio, sin más. Es una frase que todo cristo mastica y te escupe a la cara a la menor oportunidad. Tanto es así, que ya no sabe a nada.
 
Se usa en publicidad para justificar descaradamente cualquier disparate. Se usa para argumentar cualquier idea, por peregrina que sea. Como si la hubiera acuñado el mismo Dios. No importa la magnitud de la gilipollez que se afirme. Si hay recientes estudios que confirman, no hay nada más que hablar.
 
El problema es que mi carácter podría definirse en dos frases, a saber: "por qué?" y "por qué no?" Y todo el mundo sabe que esas cuestiones jamás se satisfacen del todo. Los porqués (y sus contrarios) son infinitos. Sólo obedecen a la (a veces malsana) curiosidad humana. Pueden llegar tan lejos como uno quiera o resista. Puedes seguir y seguir hasta aburrirte (pero seguirá habiendo porqués y porquenós). Los porqués y porquenós pueden ir de aquí al Sol ida y vuelta doscientas veces, como mínimo. Recientes estudios lo confirman.
 
Me toca la moral, qué queréis que os diga. Aún no soy excesivamente mayor y ya he asistido a suficientes verdades irrefutables como para atragantarme. Y es que eso es, precisamente, lo que tiene la VERDAD. Que de irrefutable casi nunca tiene una mierda. Que puede presumir de la consistencia de una peonza. Lo que hoy es verdad verdadera (confirmado por estudios recientes) pasado mañana es una patraña mastodóntica (confirmado nuevamente). Los mismos sesudos loquesea (médicos, físicos, químicos, pedagogos, da igual) que afirman hoy que tal idea está obsoleta y, por lo tanto, resulta ridícula, la defenderán en diez años encarnizadamente mientras desprecian con idéntica energía y convicción lo que ensalzan ahora mismo. Y siempre, cada maldita vez, estarán respaldados por recientes estudios (porque, claro, los estudios tienen que ser recientes. Si no, no valen. O, al menos, no valen hasta dentro de diez o veinte años, cuando sus propuestas ya son tan viejas que parecen nuevas otra vez).
 
Qué pasó con el aceite de oliva? Qué pasó con el pescado azul? Y con la carne de cerdo? Con el vino? Y ojalá se tratara sólo de la comida. Recientes estudios confirman que el colecho y el cargar al bebé todo el santo día es beneficioso para su desarrollo físico, intelectual, emocional y espiritual si me apuras. Recientes estudios, vaya. Seguramente otros menos recientes dijeron todo lo contrario,  abogando por la independencia del niño, por fomentar su autonomía y por darle cuerda, demostrando a su vez catégoricamente (estudios, estudios) que era ESO lo que beneficiaba a la criatura en todos los sentidos.
 
Por un lado, te apetece mandar a los estudiosos a ver la ballena un rato. Como mínimo. Por otro lado comprendes que, de alguna manera, ellos hacen su trabajo, que es, precisamente, estudiarlo todo. Investigar, observar, sacar conclusiones y defenderlas. Por qué son tan dispares entre sí, Dios mío?? No lo sé. Hasta ahí no llego. Entiendo (vaya que si lo entiendo) que no todo en esta vida son cifras exactas (menos mal, porque soy de letras), y que para casi cualquier cosa caben varias interpretaciones. Lo que no me parece de recibo (en serio) es que hoy las coles de bruselas sean poco menos que la fuente de la vida, y dentro de cinco años se descubra que contiene miasmas venenosas que te pudren por dentro. Joder. Tenemos que irnos siempre a los extremos? Cómo es posible?
 
Claro, seguramente lo peor no sean los entendidos, sino los malentendidos. Nosotros, la gente. Los que leemos un articulito muy majo en el suplemento dominical, entendemos lo que nos da la gana, explicamos lo que se nos canta y luego vamos por ahí sentando cátedra. Y, lo que es peor, dando por culo al personal. Tenemos una vocación mesiánica que no es ni medio normal. Las iluminadas del momento (ya he hablado de ellas varias veces) son las talibanas de la teta, el parto místico, la simbiosis con la Madre Tierra, la danza sensorial de la matriz, la comunión intrínseca con el cordón umbilical del cosmos. Las defensoras de la doula, parir en casa, lactancia exclusiva, colecho y cargar a la criatura todo el día. Y es normal, claro. En tiempos tan locos, tan rápidos, tan superficiales, tan frenéticos (compra, compra, ten éxito, viaja, haz cosas, lánzate, sé trendy, sé chachi, sé cool, sé esto, sé lo otro, corre, corre, no llegas) se tiende al regreso. Volver a lo de antes, lo de siempre (qué será lo de siempre, señor, si siempre lo están cambiando), a las raíces, al origen. Será por eso que la época de la tecnología, el estrés, la depre crónica, el pastillazo, la profilaxis, el consumo desorbitado, el cinismo, el desánimo y el destrozo sistemático del entorno por aquello de hacer más y más dinero que mueva la rueda, cada vez hay más gente que se larga a vivir al campo, se haga vegana, busque la iluminación o persiga "la alternativa". Debería ser bueno que hubiera alternativas. Pero no.
 
Recientes estudios confirman que nada como criar a los niños al modo de las indígenas (de donde sea, ya sabéis, esas mujeres con bebés a la espalda que, probablemente, venderían su alma al diablo por una hamaquita balancín y un microondas). Y, ojo, me parece perfecto. Me parece muy bien que mujeres occidentales que lo tienen todo a su alcance consideren que es mejor una crianza más natural (lo jodido es lo contrario, claro. La indígena de donde sea puede considerar misa cantada, que tendrá que asumir la única crianza que conoce y a la que puede acceder, tanto si le parece maravillosa como si no). Lo que me jode, como siempre, es la radicalización. A este modo de criar se le ha bautizado como "apego". Al parecer, todas las que no podamos o no queramos seguir estrictamente sus dogmas, somos madres desapegadas. Malas madres, pérfidas mujeres egoístas que no amamos realmente a nuestros retoños, que anteponemos nuestra comodidad a su bienestar, que les tratamos con frialdad causándoles todo tipo de traumas. No dar el pecho, o enviar a los niños a dormir a su propio cuarto desde el primer día, es, simplemente, una barbaridad (cuidado, una barbaridad con dos uves, me perdonaréis si no reproduzco tal cosa). Es decir, tenemos a un montón de mujeres defendiendo su derecho a vivir libremente su maternidad y condenando que otras las critiquen... mientras ellas mismas critican ferozmente a otras y no respetan su derecho a vivir libremente su maternidad. Curioso. A ellas las mueve el amor, a nosotras el egoísmo. Ellas actúan convencidas de hacer lo mejor para sus hijos, nosotras no. Nosotras obramos mal y a sabiendas.
 
Y es que a ellas, claro, las respaldan recientes estudios que confirman. Recientes estudios, sospecho, que mañana dirán todo lo contrario, que ensalzarán precisamente lo opuesto. No sé qué pensarán ellas entonces, claro. Lo que caracteriza a los estudios es que sólo son válidos si apoyan nuestras ideas. Si no, no sirven. Son sesgados, maliciosos y promueven oscuros intereses. Pretenden engañarnos, es que nadie se da cuenta de lo evidente? No sabría decir... Yo sólo me doy cuenta de que a mí, personalmente, me mueve el mismo amor que a cualquiera y la misma convicción de estar haciendo lo correcto. Me doy cuenta de que me equivocaré en miles de cosas y acertaré, con suerte, en otras tantas. Me doy cuenta de que todo el mundo tiene derecho a obrar libremente según su conciencia, pueda yo comprenderlo o no. Me doy cuenta de que, demasiadas veces, quienes más exigen respeto no lo brindan a los demás.
 
La atención jamás puede ser perjudicial para los hijos, sostienen ellas. Seguro? Nunca? Creo firmemente que no es así. Creo, y lo he visto con mis ojos aunque no haya leído recientes estudios al respecto, que la atención desmesurada (especialmente a conductas negativas), la sobreprotección, la falta de límites y de parcelas, pueden generar niños tiránicos, inseguros, dependientes y malcriados, privados de las más elementales herramientas contra la frustración. Lo creo, sí. Y, como lo creo, evito caer en tales actitudes siempre que puedo. Lo que no hago es restregarles a las otras madres mis opiniones ni, muchísimo menos (eso espero) juzgarlas y condenarlas por sus métodos pedagógicos. Duerme con tu hijo hasta que cumpla doce años, si te parece lo mejor. Obviamente tengo mi opinión al respecto, pero es la mía. No voy a aleccionarte. No me alecciones tú. Porque si vuelvo a oír eso de que soy una madre desnaturalizada, fría y bárbara, quizá te meta tal patada que ponga tu matriz en conexión mística con el cosmos.

ATENCIÓN

Nada. Que me cansé de los colorinchis. Que no paran de cambiarme el blog (malditos electroduendes!! Aunque... ya no serán ellos, claro. Serán sus hijos, los ciberduendes...) y las cosas nunca están igual que estaban. Así que nada, se acabó. Me harté. A partir de ahora, todo igual. Seguramente lo agradeceréis.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Madres nefastas

 Supongo que a todos nos gusta alguna película chorra, aunque no queramos reconocerlo. No todo va a ser Ciudadano Kane. Algunos disfrutan con las comedias estúpidas de tetas, pedos y pitos atrapados en cremalleras. Yo no las soporto, pero siento debilidad por algunas chorripelis de amigas. Quizá porque de cría envidiaba esa relación entre chicas que intuía tan mágica y tan especial. Quizá porque, como tardía descubridora de la amistad femenina (y sí, confirmo, es mágica) disfruto ahora recreándome en ella.
 
Por eso, como digo, algunas de esas películas que cuentan el complejo pero muchas veces indestructible lazo que ata a ciertas mujeres y que va más allá de la sangre, me encantan. Algunas, insisto. Otras son un petardo. Entre mis favoritas están las intrépidas abuelas del Clan Ya-Ya (en inglés: Divine Secrets of the Ya-Ya Sisterhood). El hecho de ver juntas a Maggie Smith, Fionnula Flanagan, Ellen Burstyn y Shirley Knight fue suficiente aliciente para mí. Además, estaban Ashley Judd (encarnando la versión joven de Burstyn) y James Garner, interpretando al marido estoico, santo varón que todo lo perdona. Se supone que la protagonista es Sandra Bullock. A mí no me molesta, pero lo cierto es que se me diluye entre los demás. No importa.
 
El Clan Ya-Ya cuenta la historia de cuatro amigas a lo largo y ancho de toda su existencia. Hablamos del Sur de los USA, de ese Sur de niñas vestidas de gala para asistir al estreno de Lo que el viento se llevó, del Sur de la criada negra que ya no era esclava pero servía a la familia hasta su muerte, del Sur de los bailes en los jardines de las mansiones, con músicos "de color" y farolillos, del Sur de jóvenes guapos que se iban a la Segunda Guerra Mundial para no volver, dejando desoladas a sus madres de nombre francés y a sus novias guapas languideciendo y alcoholizándose a toda velocidad. Un Sur muy de contrastes, al menos en el cine. De profundo racismo que ponía a cada cual en "su lugar" pero covertía a las criadas en verdaderas madres para unos críos a los que sus biológicas no prestaban atención. De señoritas bien y buenas familias conviviendo sin mezclarse con "basura blanca" de los pantanos. De apellidos de rancio abolengo y nuevos ricos horteras. De chicas audaces que conducían descapotables amarillos, fumaban, bebían y lucían sus vestidos de pin ups, pero terminaban siendo amas de casa y madres de familia.
 
En ese Sur, está Vivien, con un padre déspota y una madre católica, santurrona y amargada. Con el novio perfecto que desaparece en algún lugar de oriente sin dejar ni un cadáver que enterrar. Está el amigo del novio perfecto, con el que Vivien se casa sin amor, para descubrir ya en la vejez que sí que le quería después de todo. Están las madres que se suicidan cuando los vástagos no vuelven, las mujeres que rompen platos, los hombres que las sacuden, las ignoran o las abandonan, los niños que sobreviven a hogares devastados por las broncas, el ruido de los hielos tintineando en los vasos, los reproches y los correazos. Y, años más tarde, las ya ancianas diosas del Ya-Ya procuran explicar a una Bullock llena de cicatrices que su madre, Vivien, no sólo es una loca egoísta y borrachina con aires de Escarlata, siempre haciendo dramas de todo, sino también una mujer que sufrió lo suyo sabiendo que hacía daño a su familia.
 
Vivien, claro, bebía como un cosaco, porque sus sueños de ser periodista en Nueva York se dieron de narices con la realidad de un matrimonio ensombrecido por el espectro del novio muerto, de la rutina de la casa y de tres hijos hacia los que sentía amor, pero ninguna vocación. Vivien acudía a su confesor para contarle que, sencillamente, no podía soportar su existencia, y que fantaseaba cada día con huir y abandonarlo todo. El buen sacerdote, claro, le aconsejaba la oración y el sometimiento a la voluntad de Dios. Así que Vivien, seguía empinando el codo y escapándose de casa de vez en cuando para, sencillamente, inscribirse en un hotel y dormir durante días. Tras cada una de sus desapariciones, llamaba a casa, anunciaba su regreso y decía a sus hijos cuánto les quería.
 
Bullock termina coincidiendo con las Ya-Ya en que no todo fue horrible. Vivien tenía su lado divertido, era una cómica nata, una compañera de juegos de lo más original que enseñó a sus hijos a no rendirse jamás. Sin embargo, no consigue perdonar cierto episodio oscuro que, finalmente, las Ya-Ya tendrán que aclararle, desvelando esa otra cara de las amas de casa sureñas en las que la lucha contra el alcohol incluía drogas legales (prohibidas actualmente) capaces de hacerte alucinar, licuarte los sesos o convertirte en una bestia dañina. Bullock ve la luz. Al fin y al cabo, desconocía partes de la historia. Y, además, habría sido una escritora de éxito con una infancia fácil? Vivien, por su lado, olvida por un momento su rol de damisela traicionada por la hija ingrata, abandona su pose de Escarlata y admite que, con drogas o sin ellas, fue una madre deplorable. Es lo que me gusta de la peli. Es valiente. Reconoce y enseña que algunas mujeres son malas madres. Que no siempre saben hacerlo bien, que a veces se sienten superadas, que pueden hacer daño a sus hijos y que, con frecuencia, niegan sus errores porque es más fácil tirarse el rollo de: "con todo lo que hice por ti y así me lo pagas". Fui una mala madre. Me equivoqué. Se me daba fatal. Pude hacerlo mucho mejor. Quería ser algo grande y terminé casada con un granjero, haciéndole pagar a él y a todo el mundo mi frustración. No me di cuenta de que, al menos, había algo bueno en mi vida: mis hijos. Sobre todo esa hija mayor que tantas veces tuvo que ocupar mi lugar (haciéndolo mejor que yo) y que hoy es todo lo que yo habría soñado, una escritora de éxito. Yo no supe hacerlo. Al final, tan valiente como me creía, no luché por mi sueño. Me limité a quejarme. Pero tú, mi hija, lo has conseguido, a pesar de mí, y me siento orgullosa.
 
Cuando veo esas escenas en las que Vivien grita a sus críos, rompe platos, se tapa los oídos mientras las lágrimas ruedan por su cara y sueña con escapar, me entra pánico, porque la entiendo. Entiendo el terror a ser la peor de las madres, la tremenda culpa cuando sabes que has perdido los nervios o cuando sabes que, en el fondo, sólo te apetece salir corriendo sin mirar atrás. Precisamente como ella hacía: desaparecer, dormir cuatro días seguidos y regresar recuperada a esos hijos que son lo que más quieres y lo que más te agota. Yo no bebo, pero también necesito mis drogas legales. Y la rabia por esa dependencia, y el miedo a que se me fundan los plomos, camina conmigo. Junto con el terror de, con pastillas o sin ellas, ser, en efecto, la peor de las madres. Demasiadas veces creo que lo soy. Eso es lo que me espanta. Antes de ser madre, veía la película y no podía empatizar con Vivien, la egoísta, la cobarde, la colérica, la melodramática. Me permitía el lujo de juzgarla. "Yo jamás seré así". Ahora la entiendo. No la disculpo, no me disculpo. Pero la entiendo. Y eso es devastador.
 
Afortunadamente tengo a mis propias Ya-Ya. Para intentar comprenderme y, sobre todo, para que me suelten verdades como puños. Porque hace falta oírlas. Sólo espero no llegar a vieja negando mis errores y fingiendo no ver las heridas de mis hijos. Sólo espero que no tengan demasiado que reprocharme. Y, si lo tienen (dios no lo quiera), saber asumir y aguantar el chaparrón. Tarde o temprano, a todos nos pasan la cuenta. Ojalá lo bueno pese más que lo malo. Y ojalá entonces sigan mis Ya-Ya cerca, para poder hablarme como sólo se hablan las amigas. Sin pelos en la lengua y desde el corazón. Ojalá sigan por mi vida mis propias Maggie, Fionnula y Shirley, para espetarme que deje de hacerme la mártir y ofrecerme patadas en el culo. Qué sería de nosotras sin las Ya-Ya...

sábado, 8 de septiembre de 2012

De nuevo, la malvarrosa

 Me preguntaba hace algunos años si realmente se podía aplicar cierta frase de Pennac a ciertas personas (en realidad todo Pennac de puede aplicar a casi todo y a casi todos). La conclusión es que sí. Hay gente que, en efecto, es como la malvarrosa. Lo invade todo y ni siquiera es comestible.
 
Siempre te he querido Bebe, y lo sabes. Sé que a algunos (sobre todo a tus padres, otra mentalidad, otra generación, otros prejuicios) les costó aceptarte y entenderte, pero no puedes negar que lo lograron. Acaso no fuiste precisamente tú la hija que más vivió bajo su techo? No sigues, de hecho, viviendo allí? Por eso no puedo resistir (ya no, joder, ya está bien) que sigas agitando la pancarta de "lesbiana" para victimizarte. Basta. No cuela. Tu problema no es que seas lesbiana. Tu problema es todo lo demás. Eres tú.
 
Padeces una enfermedad mental que ni asumes ni reconoces, salvo cuando te conviene. Cuando pierdes los papeles, cuando sabes que te has extralimitado, entonces empiezas a hacer teatro, hablando sola, haciendo aspavientos, dejando claro lo tremendamente loca que estás y lo inocente que eres de tus actos y palabras. No tragamos, Bebe. Déjate ayudar, permite que tu psiquiatra te trate, toma tu medicación. Sobre todo, toma las malditas riendas.
 
Eres una politoxicómana empedernida desde hace años. Pero claro, no. Lo niegas. Son calumnias de tus pérfidos hermanos (todos, los diez) que, un buen día, se reunieron clandestinamente y planearon amargarte la vida por pura diversión. Se siente, te tocó a ti. Bebe, sé desde niña que tienes problemas de adicciones. Lo sé porque no recuerdo una sola conversación entre nosotras en la que no haya salido el tema de la nieve y los cigarritos de la risa. Llevas como 25 años intentando convencernos a todos de que "controlas". Sabes quiénes se empeñan en que controlan? Los yonkis. Como tú.
 
Tus problemas con la blanca te han convertido en una superviviente nata. Lo malo es que sobrevives a costa de los demás. Mientes, manipulas, tergiversas, exprimes, lloras, enredas, sacas algo de pasta y desapareces. Hasta la siguiente. Como la perfecta yonki que eres, tu única meta en la vida es conseguir farla para hoy. Resistir este día. Mañana ya veremos. Pero claro, entre tanto, necesitabas aparentar una vida. Por eso siempre tenías proyectos. Por eso has sido mil cosas y ninguna. Por eso te has embarcado en los negocios más variopintos, fracasando en todos ellos y arrastrando siempre a alguien contigo. Tus tan cacareados amigos, esos que, según tú, te quieren más y mejor que tu propia sangre. No sé si te queda algún amigo, Bebe. Los que conozco ya han tenido suficiente, créeme.
 
Supongo que eres consciente de tus propios follones. Por eso has aprendido a caminar por el filo, a estirar la cuerda un poco más, a vivir a la defensiva, dispuesta a morder primero y a tomarte cada frase en el peor de los sentidos inimaginables. La pobre Bebe, la cabeza de turco. Epicentro de una conspiración a escala mundial. Mártir de todas las mártires.
 
La última de tus hazañas ha sobrepasado cualquier límite. No me meto en las movidas entre adultos. Que cada palo aguante su vela. Pero meter a niños, Bebe, a críos inocentes... cómo coño se te ocurre, tarada?? Por encendida que estés con tus hermanos, tía, cómo cojones se te ocurre amenazar a sus hijos y a sus nietos mientras te arrogas el papel de santa incomprendida, de pura de corazón y de fiel heredera del ejemplo de tu padre?? Si Obo hubiera sido testigo de algo así, se le habría partido el alma. Él, que durante toda su vida se esforzó en aceptar a todo el mundo, con sus defectos, sus manías, sus contradicciones, sus miedos, sus íntimas perfidias... Él, que no sólo consiguió aceptar a todos, sino que llegó incluso a amarlos. A todos. Por el mero hecho de ser personas. Él, incapaz de guardar rencor, de un mal pensamiento. Recuerdas cuando aquel vecino, de esos de toda la vida, se fue quedando senil y le dio por insultar al Viejo? Cada vez que se cruzaban en la escalera, tu padre le saludaba amablemente. El otro le espetaba alguna grosería y Obo le sonreía y seguía su camino. La abuela se enfadaba. Ella siempre ha sido más visceral. Intuía mala idea en el vecino borde. El Jero, no. No, él nunca. El Jero, simplemente, pensaba que algo debía pasarle a aquel pobre hombre. Algo que no podía controlar y que, por tanto, no se le debía tener en cuenta. Así era mi abuelo, Bebe, así era tu padre. No te atrevas a autoproclamarte la más digna de sus hijas, la única que sigue sus pasos, mientras hablas de prender fuego a viviendas con gente dentro, de rebanar pescuezos y de meter a pequeños tesoros en cajas de pino. No te atrevas, loca, energúmena, bocazas. Arregla de una maldita vez tu caótica existencia, coge el timón, practica con esa autosuficiencia que siempre has cacareado, tú, tan buena, tan libre, tan independiente, tú, 50 años y en casa de tus padres, tú, tan honesta e intachable mientras te levantas de puntillas en plena madrugada para coger dinero del monedero de tu madre octogenaria, tú, tan por encima de tantos y de tanto, siempre ocupada en enmierdar. Vive. Y déjanos vivir.
 
No es porque seas lesbiana, Bebe. Empiezo a creer que nos resbala a todos menos a ti. Deja de una maldita vez de enarbolar esa bandera, de esconderte tras ella. Es porque eres una enferma mental, yonki, manipuladora, encantadora de serpientes y malvada. Eres tóxica, tía. Para ti misma y para los demás. Sal al mundo, aprende a caminar sola, pon los pies en el suelo, autofinánciate y elige el camino que más te guste. Nadie te lo impide, salvo tú misma. Deja de culparnos a todos de tus problemas. Encuentra un rumbo que no nos salpique y síguelo. Arranca la puta malvarrosa.  

sábado, 1 de septiembre de 2012

Y entonces, me cabreo




 Me cabreo porque, de repente, me he dado cuenta de que ella ya no es exactamente ella. O, al menos, no es todo lo ella que fue. Y es triste, joder. Digo más, es una auténtica tragedia. Quizá parezca que exagero, pero creedme que no es así. Ella era la más divertida, la más locuaz, la más chispeante, la más lista, la más dulce, la más encantadora, la más positiva de todas. Algo así como una amalgama de trasgu, bruja buena, xana y fuego fatuo. Era, sencillamente, una criatura luminosa y feliz que contagiaba su buen humor a todo cristo. Inasequible al desaliento. Una sonrisa con piernas. La única capaz de convertir un domingo de mierda atendiendo a cinco mil personas en un horno de uralita convertido en chiringo playero en una experiencia descojonante. Sólo ella.
 
Y ahora la miro en silencio y se me lleva Dios y los demonios. Porque la veo pálida, cansada, con los ojos apagados, harta, aburrida, doblada a ratos por la preocupación, angustiada por asuntos mezquinos (el trabajo, el dinero, siempre la misma cantinela de porquería), hasta el moño de dolores y padecimiento. Se esfuerza, claro. Eso es lo terrible. Que la veo tratando de esforzarse en cosas que antes le salían solas. Como la risa. Como salir al mundo canturreando. Como charlar con amigos sosteniendo un café blancuzco y medio frío de los suyos. Si la necesitas, acude, por supuesto. En eso no ha cambiado, ni cambiará nunca. Cierto que, al menos, del sufrimiento ha sacado en claro alguna lección valiosa, como aprender a ponerse en primer lugar, administrar sus fuerzas y su entrega o (incluso!!!!) decir que no alguna vez. Pocas veces.
 
No es justo. No es justo que se le venga todo encima de golpe. No es justo ser tan joven y tan buena gente y tener que soportar una salud tan pésima como la suya, un achaque tras otro y la misma explicación de siempre: "no hay solución". No hay derecho a que, como ella misma dice, puedan ponerte el corazón de un cerdo pero no puedan ponerte una espalda nueva. Sé lo que se siente conviviendo permanentemente con el dolor físico y el cansancio. Sé hasta qué punto te va minando, agriando, exasperando y hundiendo anímicamente. Teniendo en cuenta que mis males son un chiste al lado de los suyos, no es de extrañar que mi venerado fuego fatuo pierda el brillo por momentos.
 
Me aterra, me cabrea y me entristece. Ella (también otras, pero ella sobre todo) fue mi inspiración cuando me decidí a cambiar. Cuando me hastié de escuchar mis propios lamentos de ninfa lánguida desterrada y concluí que se puede ser feliz si a uno le da la gana, que lo de encajar la vida con una carcajada o sonándose la nariz es, al final, decisión de cada cual. Una decisión en la que, si es realmente firme, no puede interferir Dios, el cosmos, el karma, el destino ni el sursum corda. Nadie. Nunca. Me cabrea no poder ayudarla, no saber, no ser capaz de devolverle un mínimo de esa inspiración que ella me dio sin saberlo. La miro a veces y se me parte el alma, porque me costó un triunfo parecerme una pizca a cómo era ella y ahora descubro horrorizada que ella se está empezando a parecer a cómo era yo. Y yo era hosca, dura, amarga, cínica. Era gris, llena de taras y de miedos, suspicaz, insegura, siempre lista para sacar las uñas, solitaria, triste, negativa y apática. Era, sencillamente, lo más opuesto que se puede ser a un fuego fatuo.
 
La miro y veo cómo amenazan con envolverla las mismas sombras que me envolvían a mí. Conozco bien a esas sombras. Son unas malas putas pegajosas que se resisten a abandonarte. Cuando te has dejado enredar por ellas es difícil arrancártelas. Te siguen muy de cerca, esperando un momento de debilidad o mal humor para enroscarse por tus piernas y hacerte tropezar. Son como telas de araña cubiertas de polvo. Y ella no las conocía, y no quiero que las conozca jamás. No quiero ni que la toquen. Pero la chispa de sus ojos verdes pelea y sobrevive. Y yo me desespero, intentando averiguar cómo atizar esa llama. Qué hago, amiga mía? Qué puedo hacer? Cómo consigo ayudarte para que no te consumas de nostalgia???

miércoles, 22 de agosto de 2012

El viajante l´achicoria

 Una de tus pasiones, además de aquello del sacerdocio y las misiones, fueron los trenes. Te encantaba viajar en ellos, contemplando el paisaje a través de las ventanillas, el traqueteo sobre los raíles, el subir y bajar de gente, las paradas en infinidad de pueblos y ciudades de este país nuestro. Habrías sido feliz siendo maquinista, o revisor.

Algunos fines de semana (con permiso de la parienta) metías una muda, una camisa, tus trastos de afeitar (qué maniático fuiste siempre con eso! Cualquiera osaba esconderte tu cuenco para la espuma!) y el cepillo de dientes, sacabas un billete de ida y vuelta a cualquier parte y desaparecías un par de días sin otro objetivo que ver pasar campos, árboles, montañas, aldeas y estaciones. El destino era lo de menos. Lo que te entusiasmaba era el viaje. Lo mismo podría decirse de toda tu existencia.

Tu primera nuera (La Mamma), te regaló hace vaya usted a saber cuantísimos años (quizá más de los que yo tengo) un sencillo maletín negro para que guardaras tus "enseres de viaje" más cómodamente. Se lo agradeciste, como lo agradecías todo. A partir de ese día ya nunca viajabas sin tu maletín. La propia Mamma, viéndote posar contento y orgulloso con tu nueva adquisición, soltó una carcajada y añadió un mote más a tu célebre y larga lista.
- Vítor... parece usted "el viajante l´achicoria".
El título cayó en gracia y lo aceptaste con tu humor habitual, como aceptaste años después aquel que te otorgó la mujer de tu vida, el de "Campeón Mundial de la Inutilidad Absoluta".

Ella, la mujer de tu vida, te echa de menos. Todos te echamos de menos. Sencillamente no podemos creer que la próxima vez que vayamos de visita a ese piso alargado, tan querido y acogedor, tan lleno de recuerdos, tú ya no estarás allí para recibirnos con una sonrisa que casi haga desaparecer tus ojitos brillantes. Ya no estás, Güelito, pero estarás siempre. Te llevamos dentro.

Consuela pensar en lo grande que fuiste, en el amor que derrochaste por doquier y que caló a tanta gente. Consuela pensar cuántos fueron a despedirte: el clan, los amigos, los vecinos, los chicos de la Fundación (muchos ya no tan chicos), los compañeros de la parroquia, los jesuitas que casi te consideraban uno más entre ellos, la troupe al completo de tus pinitos benéfico-teatrales, los mendigos y los yonquis del barrio (si los hubieras visto, Viejo, abrazándose a nosotros, llorando a lágrima viva, jurando que fuiste un padre, un abuelo para ellos, siempre amable y dispuesto a escucharles), las cajeras del súper, desoladas por haber perdido a su más entrañable y querido "corredor de bolsa"... estaban todos allí. Hubo risas, himnos cristiano-rojeras de esos que te gustaban (tú, el más abierto de los conservadores), lágrimas, discursos, cartas de amor y aplausos. Te despedimos sin flores, como tú querías, y con una cerrada ovación que seguramente jamás osaste imaginar.

Me siento ridícula al lamentarme, consciente de lo afortunada que he sido despidiendo a mi primer abuelo cumplidos los 34. Pero es que, sin más, no puedo entender del todo que te hayas ido, tú, que debiste ser eterno, que tanta falta hacías aún aquí abajo. Debo aceptarlo, claro. Necesitabas irte ya, estabas demasiado cansado. Y El Jefe, naturalmente, reclamaba a su mejor discípulo. Me gusta imaginarte allá arriba, ejerciendo de flamante Conserje (no dudo que habrán jubilado a San Pedro para darte a ti las llaves) y llevándole a Dios las cuentas con tu eficiencia y honestidad intachables. Te imagino haciendo diabluras (habrá gatos en esa otra vida para que puedas verles correr y brincar??) y contándoles a los santos (siempre tan aburridos y mustios) tus chistes más verdes e irreverentes. Te imagino con el gorro ruso de la hoz y el martillo, las manos cruzadas sobre la tripa, esa sonrisisa beatífica tuya y afirmando aquello de: "los troskistas también son hijos del Señor". Si hay Cielo (y tiene que haberlo, aunque sólo sea porque tú te lo mereces), aquello debe ser una juerga desde que llegaste.

El pasado domingo, día 19 de Agosto, puntual, a las ocho de la mañana, emprendiste tu último viaje, rodeado de los tuyos, amado, sereno y en paz. Esta vez no te hizo falta el maletín negro. Como sabes, lo tengo yo. La tía Memé me lo dejó "en herencia" hace algunos meses. Lo conservaré siempre (junto con tus archifamosos papelotes), la imagen de la paloma blanca que colgaste en el cielo para mí (fuiste tú, no me cabe la menor duda, yo misma te pedí que te despidieras) y el inmenso amor que me dejaste, que nos dejas a todos. Gracias, gracias por haber sido tan grande, tan especial. Por enseñarme tanto. Por ser un ejemplo en la vida y en la muerte. Y también (no se me olvida) por darme fuerzas para leer mi carta en tu funeral, como tú querías. Lo hicimos bien, verdad, Obo? Lo hicimos muy bien.

Feliz viaje. Feliz vida.
Tu Alegre Estrella de los Mares.

lunes, 6 de agosto de 2012

Gracias


A la Vida, a la Parca, al Jefe, al Destino, la Suerte, el Cosmos, los Dioses o quien sea que haya obrado El Prodigio.
Lin llegó con su Pequeño Rey. Mi abuelo ha tenido su despedida, sus abrazos, sus bendiciones. Ha cumplido su último deseo.
Ahora sé que, cuando llegue el momento, se irá en Paz.
Gracias.  

miércoles, 1 de agosto de 2012

Celebrando la Vida

 Imagino que, para la mayoría de la gente, el modo en el que mi Clan despide a los suyos resulta verdaderamente siniestro. Pero lo cierto es que nosotros no sabemos (ni queremos) hacerlo de otro modo. Desde hace varias semanas estamos velando a mi abuelo, que se apaga lentamente con su entereza y su buen humor de siempre, empeñado en morir en casa rodeado de los suyos. Cuando los médicos intentaron convencerle para que aceptara ser ingresado en el hospital, les explicó con mucha calma que no era necesario, que él sabía y entendía perfectamente que se estaba muriendo, cosa que, a sus 92 años largos, era cualquier cosa menos inesperada. No quería hospitales, ni fármacos, ni que intentaran prolongarle la vida de ninguna manera. Su vida había sido plena, estaba feliz, no tenía miedo, estaba cansado y quería irse. Cuando tocara.

No pensaba volver a llevar a mis hijos a casa de los bisabuelos, consciente de que unos críos de un año ni se comportan ni entienden cuándo deben estar formalitos y en silencio. Quería ahorrarle a mi abuelo cualquier molestia, pero respondió muy resuelto que los niños no son jamás una molestia, sino una bendición y una alegría. Y él, de niños, sabe un poco. Así que incluí a los enanos en la despedida. Esa casa, como siempre, pero ahora más aún, es un constante sonar de teléfono y de timbre, un inacabable ir y venir por el pasillo, un barullo continuo de risas y tintineo de tazas en la cocina y de charlas en el salón. Allí nos reunimos hoy (y mañana serán otros) cuatro generaciones del Clan, para acompañar al Patriarca en sus últimos días.

No se le cierra la puerta a nadie. Vecinos del barrio, de toda la vida, amigos, conocidos, hijos de colegas del antiguo Banco Gijón, curas de mil parroquias que le traen al Viejo conversaciones sobre El Jefe, recuerdos y hasta algún que otro Sacramento. Nosotros reímos y hacemos bromas macabras, y las visitas se sorprenden de nuestro ánimo, de la insólita entereza de este hombre que se muere como vivió, con la sonrisa en los labios y los ojos iluminados. Aguanta, Güelito. Sólo cinco días y llegará Lin con su Pequeño Gran Rey, para que puedas conocerle y abrazarle. Para que le des tu bendición, como nos la has dado a todos.

A solas con él, sentada en su cama (de la que ya no tiene fuerzas casi nunca para levantarse) le enseño el álbum de fotos de mis críos, con el que pretendo consolar un poco a Güelita, la mujer de su vida, su compañera durante sesenta años, esa a la que nos ha hecho jurar a todos que cuidaremos y protegeremos como merece. Mira las fotos y sonríe, dedicando a sus bisnietos deseos de felicidad. Hablamos un rato, él y yo, cogidos de la mano. Le beso con toda mi alma y me río con él, desechando sentimentalismos ni palabras de adiós. Con su picardía de siempre, me pide que abra el cajón de su mesilla y me entrega, pese a mis protestas, su última propina de abuelo. Le llevo a los niños, que ríen ante sus muecas, quizá sorprendidos de este señor arrugado que se empeña en estar tumbado. "No se levanta, el Bisa", les explico mientras me escuchan muy atentos, como si entendieran, "porque está un poco cansado ya de jugar". Bastian acaba de aprender a gatear sobre su alfombra. Nos hacemos fotos sentados sobre la cama en la que dentro de unos pocos días ya no despertará, en la que emprenderá el que espero sea un viaje dulce y sin sobresaltos.

Yo no creo en su Jefe (ojalá!) pero le pido que le reciba como merece. No me cabe duda de que, si hay Dios y Justicia Divina, al Viejo le pondrán alfombra roja y habrá querubines tocando el arpa cuando llegue. Le pido a su padre que venga a recogerle. Le explico, aunque seguro que lo sabe bien, cuánto le costó a mi abuelo comprender el modo en que se fue, cuánto le costó perdonarle. Le cuento también que finalmente lo consiguió, porque él mismo se vio sumido en la melancolía más aterradora hace muchos años, y llegó a plantearse terminar. A mi abuelo le salvó su fe. Mi bisabuelo no la tenía. El día que el Viejo se vio asomado a la ventana y pensando seriamente en saltar, entendió, asumió, perdonó. Se reconcilió con su padre y colocó por fin su retrato en el mueble del salón. Es momento de que se encuentren y se den ese abrazo largo que llevan, seguro, esperando tanto tiempo.

Nos despedimos entre risas, como un día cualquiera. El Viejo nos saluda desde su cama, agitando los brazos, sonriendo, lanzando besos a mis hijos. No dejo que el llanto aflore hasta que estoy en la calle, escondida tras gafas oscuras. Incluso a nosotros nos cuesta un poco Celebrar la Vida. Hay vidas tan hermosas, tan honestas, tan sabias y auténticas que se hace duro despedirlas. Una vez en el coche hago muecas para entretener a mis hijos. En casa nos espera La Mamma y le cuento cómo nos ha ido. Le comento que tendré que ir a comprar ropa decente para el funeral. Charlamos, reímos, preparamos biberones, acostamos a los niños, que se duermen al momento. Me quedo sola unos minutos y tecleo, como hago siempre que necesito sacarlo todo. El padre de mis hijos prepara la cena y decidimos qué película veremos esta noche. Seguimos Celebrando la Vida. Porque él, mi abuelo, el Viejo, no se merece menos.