lunes, 25 de febrero de 2008

El genio de Ángel

Ángel era otro de mis tíos abuelos, otro de los hermanos de Mila. Otro de los "Corujedo", uno más del clan de Logrezana, de Carreño. Heredó la casa familiar y vivió allí toda su vida, con su mujer, Tona, con su hermano tullido, Rafa, con sus tres hijos varones, altos como castillos y guapos, como todos los hombres de mi familia. Ángel era el más bruto de todos, al menos de los que yo conocí (no quiero pensar cómo sería el "Hostio"). Y, seguramente, el más noble. Fue el que cuidó de la madre anciana y el que se quedó con el hermano sin piernas, cuidándole toda la vida, compartiendo con él su techo, sus penas, sus alegrías y a los suyos. Fue el que echó a patadas a Julio, el pequeño, cuando éste amenazó de muerte a Rafa por recibir más herencia, el que juró que no le perdonaría ni aunque fuera de rodillas a su entierro.

Era muy alto y muy guapo. No tanto como Rafa, que tenía aires de Paul Newman con bigotes de Dalí, pero mucho más interesante y montaraz. Un gigante curtido, un gato moreno de ojos verdes. Como todos los de su casta comía como un animal y bebía como un cosaco. Y trabajaba como un perro, descargando sacos de carbón en el musel y, para postre, en el campo. Se levantaba a las cinco, faenaba toda la mañana con un cuenco de leche y pan duro en el estómago, y luego, a las once, se metía entre pecho y espalda un segundo desayuno a base de huevos, patatas fritas y tocino. Le recuerdo ya setentón, flaco como siempre, pero con el vientre inflado por su enfermedad, royendo pan de hogaza con las encías. Una bestia hermosa y noble.

Se casó con Tona, que apenas mide metro y medio. Una vikinga rubia y pequeña que le adoró toda la vida, que fue capaz de amar al hombre más bruto del mundo. Un tipo que, cuando volvía del tajo, entraba sudoroso en la cocina, apestando a estiércol, dando golpes en la puerta con aquellas manazas de oso y chillando: "Cagüen mi manto... voy despellejabos a tos. Empezando por ti, Roxa". Claro. Nos iba a despellejar a todos, empezando por su mujer. Ella se reía y se ponía colorada. Porque aquella animalada, en el lenguaje de mi tío abuelo, era una terneza. Tuvieron tres hijos. Yo estuve enamorada del pequeño, que me saca algo así como 15 años. Es guapísimo, más que su padre. Tona siempre sintió predilección por el mediano, a saber por qué. El único que sacó sus ojos de avellana, porque los otros dos los tienen verdes, como Ángel. Tal es la pasión de la Roxa por el mediano, que repite constantemente: "los otros tienen los ojos guapos, muyer, así, clarinos como el padre. Pero ye que los d´esti... son tan nobles!" Y los otros dos hijos, a coro, se cachondean: "Sí, madre, muy nobles. Y de un azul que no se conoz". Y tanto que no se conoce. Como que son castaños.

Tres varones, a los que su padre crió, imagino, con mano más que dura, con amor incondicional y con su simpleza primitiva de hombre sin letras, pero a los tres les inculcó el respeto a los demás, el sentido del deber y del trabajo honrado, la pasión por la familia, el sentido del humor y de la justicia. Los tres le salieron tan bien como esperaba. Los miraba con orgullo, satisfecho de que fueran mejores que él. Nunca he conocido a tres hombres que, educados por un padre tan bruto, le recuerden con más cariño. Por eso sé que era noble a pesar de todo.

Siempre tuvo predilección por Rafa, su hermano del alma, y por Mila, mi abuela, su muñeca. Cuando mi abuelo Víctor empezó a cortejarla, Ángel y Rafa (éste último aún conservaba sus piernas) les hacían de escopeta siguiéndoles a todas partes, cuatro pasos por detrás. Imagino los sudores de mi abuelo, tan menudo, notando en la nuca el aliento de aquellas dos torres de campanario. En realidad, no valía la pena el esfuerzo. Víctor, el seminarista, el beato, respetaba a mi abuela como si fuera una Santa. Jamás habría osado comprometer su honradez ni con un casto beso en la mano. Todo un caballero, un bachiller, un señor que hablaba latín y griego. El mejor partido de Logrezana. La bondad en persona. Intachable. Sesenta años juntos, once hijos y la misma mirada de enamorado. Recuerdo a mi abuelo, llevándose las manos a la cabeza ante las blasfemias de Ángel. Jamás he vuelto a oír barbaridades como las de Ángel. Os aseguro que mencionaba la ropa interior de la Virgen y los zapatos de comunión del Niño Jesús. Para quedarse con la boca abierta.

Cuando su madre, María, ya era una octogenaria, Ángel la azuzaba contra el clan, siempre montando juerga en la cocina. "Madre, cáguese en la puta que los parió a todos". María obedecía, digna y socarrona, con su hilito de voz asmática, y la concurrencia le aplaudía el atrevimiento. Cómo siento no haber conocido a aquella mujer... Recuerdo cuándo Ángel nos contó que la maestra le castigó injustamente y él, un mico de nueve años, le pegó con una vara de avellano. "Posei la pelleya en baxo" (Le dejé la piel en el suelo) Después se escapó de casa porque estaba seguro de que su padre lo mataría. Julián, su padre, le escuchó la versión y le pegó una paliza. Para enseñarle, paradojas de esos tiempos, que la razón no se defiende a golpes, y que jamás se falta al respeto a un adulto, menos a una mujer. Para demostrarle, le dijo, que siempre habría alguien más fuerte que él. Ángel también recordaba a su padre con amor incondicional, seguramente porque también era bueno, sabio, justo, bruto y noble y porque lo mataron cuando él, Maruja, Rafa, el Hostio, el Ruan, Jose, Julio y mi abuela Mila eran sólo unos niños. Recuerdo sus historias sobre peleas con los chavales de otros pueblos, cuando se liaban a navajazos y siempre terminaba alguno en el cementerio, o, con suerte, tuerto de por vida. Lo contaba muerto de risa. "Qué bien lo pasábamos, neña". La historia de la prometida celosa que pidió a su novio que matara a la querida, y cómo ella se salvó de milagro. "Vímosla pasar con un cuchillu claváu n´el llombu, pero morrer nun morrió, la jodía". No murió, no. Ni siquiera con un cuchillo espetado en la espalda. Había unas hermanas solteronas en el pueblo, y Ángel y los otros chavales se las apañaron para ponerle pantalones a un burro y subirlo al hórreo, al grito de: "Pa que durmáis calentines!!" Una vez levantó a una vaca con el hombro porque no se apartó de su camino cuando él limpiaba la cuadra. Tona lo jura por Dios. La levantó del suelo y la estampó contra la pared. Tembló la casa entera. "Cagüendios... cuando yo digo parta, ye parta!!" Pobre vaca. Igual era sorda. A partir de ese momento, se apartaba nada más verlo. Se le colaron dos domingueros en una finca sembrada. Persiguió el coche corriendo, fesoria en ristre y bajándose a todo el santoral. Huyeron despavoridos.

Historias así, miles. Las mantenemos en el recuerdo y nos las contamos una y mil veces. Todos mis amigos las conocen. Todos son fans incondicionales de Ángel, aunque ninguno llegó a conocerle. Yo justifico mi mal genio culpando a los genes de mi tío abuelo. Todo mi clan lleva con orgullo el lema de: "Cuidao con nosotros, que somos de Carreño". Campo y mar, labradores, pescadores, descendientes de vikingos balleneros, la gente más noble y más bestia de la Tierra. Mi sangre. Doy gracias a los dioses por las manías de mi abuelo Víctor, paseándose con su magnetófono (como decía María, su suegra "ya tá el de les gafes co´l caciplu esi"), inmortalizando las voces de todos ellos, de tantas tardes de risas en la cocina de Logrezana, en Carreño. Y doy las gracias por aquel suspenso en Asturiano en la universidad, que recuperé con un trabajo de investigación, grabando con un caciplu parecido a mi tío abuelo Ángel, quince días exactos antes de su muerte. Tuve la suerte de poder despedirme y conseguir otro trofeo para el clan. Mis hijos podrán oírle, a él y a todos los demás. Y miro esa foto, cuando al pobre Julián lo habían fusilado ya, de María con sus ocho hijos, esos críos con hambre y miseria pero, como su madre, posando soberbios y con la frente alta. Mi abuela Mila, morena y guapa, con nueve años, Rafa, como un muñeco sonriente, Maruja, tan seria como fue siempre, y los otros, a los que no conocí, y Ángel, perfectamente reconocible, ceñudo y retador, como un gato de ojos verdes.

2 comentarios:

Salem6669 dijo...

Como siempre, fascinante ;o).

Esperando mas cartas a los búhos.

Besinos, Paz y Amor

Lenka dijo...

Gracias!!
Besos, motero.