miércoles, 5 de marzo de 2008

Pánico al silencio


Qué bien sienta descansar, no tener prisa, sacarse ciertas cosas de la cabeza. Acostarse tarde, por ejemplo. Aunque eso implique quedarse dormida antes en el sofá y despertarse a las ocho de la mañana con el cuello destrozado. Señores, nos hacemos viejos. Recordáis cuando podíamos pasarnos horas sentados en el suelo con las piernas cruzadas sin saber lo que era un calambre, una punzada o un "crack" en las rodillas? Recordáis cómo nos reíamos de nuestros padres cuando se les dormía un pie o tenían que tomar impulso para levantarse?? Ya está aquí!!! Bueno, tuvo su compensación. Volver a ver a Warrick en camiseta, con guantes de boxeador, arreando puñetazos. Pura pornografía.

Levantarse tarde. Escuchar la radio desde la cama. Desayunar donuts (algo que no comía desde niña, y si conocéis a mi madre sabréis que en toda mi infancia logré devorar dos o tres). Darse un baño de una hora. Esas cosas. Tomé un gigantesco Black Ice con las brujas que me supo a gloria. Y fuimos de trapos, por propia voluntad. Que nadie se asuste, no me he vuelto femenina de repente. La cosa tiene truco. Ya os contaré.

Acompañar a la Guaja a su trabajo y quedarnos allí hasta el cierre, cafeteando. Y filosofando, porque estaba el porteño. Una charla agradable sobre revelaciones, casualidades, autopsias, lecciones, moléculas, puentes de agua, física cuántica y la bendita madre del cordero. Entre unas cosas y otras salió una reflexión que llevo días haciéndome, a ratitos, durante la casi media hora que me lleva ir de Gigia a Vetusta las noches de curro. He recorrido ese pedazo de autopista miles de veces por miles de motivos distintos. La conozco de memoria. Encima, cuando viajas de noche, no hay mucho que ver. Las chimeneas de Blade Runner, la luna, si la hay, los faros de los coches y poco más. Tu reflejo en el cristal. Aún así, miro por la ventanilla cada vez y dejo que la mente vuele donde quiera. Al menos hasta que suena un móvil. Y entonces me cabreo.

La realidad es esta: miro a mi alrededor y descubro que siempre hay alguno que lee. Son los menos, quizá una sola persona en todo el autobús. Suelo envidiarla sanamente porque no puedo hacer lo mismo. Me mareo si lo intento. Luego hay unos cuantos, casi siempre jóvenes, que van con los auriculares puestos. A veces puedes hasta distinguir lo que escuchan, lo que nos da una idea del volumen, teniendo en cuenta que esa carretera es la más ruidosa de España. No me molestan especialmente, pero tampoco puedo imitarles. La música es algo que siento con demasiada intensidad. La que no me gusta, me enferma. La que me gusta (y eso puede ir, según el momento, de Silvio a System pasando por la Callas) me hace flotar, me eriza la piel, me hace bailar, gritar, llorar, reír, cerrar los ojos, cantar, pegar brincos, comportarme como una tarada. La música es como un chute y nunca sabes qué clase de viaje te va a provocar. A mí al menos me pasa eso. Por eso no puedo escucharla en público. Por eso nunca en mi vida he llevado auriculares por la calle. Por eso en los bares intento no escucharla demasiado, o, si la escucho, me esfuerzo por no hacer el ridículo. La música es algo que escucho a solas, cuando nadie me ve.

Y luego están los del jodido teléfono. Los que reciben cuatro llamadas y seis mensajes en media hora (esos al menos son inocentes, quizá es simplemente que la gente no puede vivir sin ellos). Y los contrarios, los que en esa media hora necesitan llamar a la mitad de su agenda, o a uno sólo de sus contactos, pero para charlar durante todo el viaje. A gritos. De nada. Hola. Qué tal? Estoy en el bus. Sí, llegaré en media hora. No, no hay mucho tráfico. Qué haces? Ah. A que no sabes a quien acabo de ver? A Tere. No, no, iba sola. Se cortó el pelo. La encontré bastante bien, sí. Me comentó que no sabía nada de Pili, no es raro? No sé, tía, ya sabes que esa en cuanto se echa novio... Qué me dices? Que lo dejaron? Pero cuándo? No sabía nada!! Que está con otra? Venga ya! Pero tan pronto? Anda, tía, eso es que le ponía los cuernos. Fijo. Vamos, anda, apuesto la cabeza.

Con que apostaras la lengua, me valdría. Lo sé, ya lo sé, soy intransigente, una borde y una radical. Vaya que si lo sé. Me molesta la gente. Me ofende la gente. A veces tengo la sensación de que son todos iguales. Las mismas charlas estúpidas, las mismas frases, el mismo vacío, la misma nada. Los mismos gestos, idénticas situaciones, la misma historia repetida hasta el infinito. Es de un aburrimiento mortal. Antes, en la maravillosa época premóvil, me encantaba observar a la gente e imaginar sus vidas. Ahora no es posible porque, salvo raras excepciones, ya no hay nada que observar. No hay misterio. Cualquiera puede sentarse a tu lado y escupir su vida entera (o la del vecindario) en apenas 28 kilómetros. Cualquiera puede estropearte la película, joderte la diversión, bajarte de las nubes, fastidiarte el ejercicio de inventiva demostrándote en dos minutos que no tiene el más mínimo interés. En fin, a lo de intransigente, borde y radical añadid arrogante, soberbia, engreída y con aires de superioridad. Seguramente también padezco de todo eso.

Qué me hace pensar que soy mejor que ellos, que mi vida es más fascinante, que mi inteligencia es mucho mayor que la suya? En realidad nada. Probablemente no sea así. Probablemente lo único que me diferencia de esos, es el pudor. Que yo, por pudor, no tendría esa charla, ni ninguna otra, en un autobús lleno de extraños. Que me sentiría incómoda. Que pensaría que estoy molestando a alguien que quiere dormir, leer, mirar el paisaje o pensar. Yo soy de esas personas que dirían: te llamo luego. Y si sólo es pudor, por qué me ofenden tanto, por qué me cabrean y me incomodan así? Por qué tanta intolerancia? Quizá sea porque no soporto la superficialidad y soy una auténtica talibán a la hora de juzgarla. Pero acaso la gente no puede hablar de lo que le dé la gana? Yo no hablo nunca de estupideces? De qué voy? Debería ir la gente en el autobús charlando con su cuñada sobre política exterior? No es humano, y normal, y sano seguramente, el charlar sin más? Probablemente. Lo que me molesta, creo, es que tengo la sensación de que, cada vez que recorro esa autopista, escucho la misma conversación. No importa que el hablante sea un adolescente con gorra de pandillero, una cuarentona con uñas de porcelana, una pija rubia platino meneando la melena, un currele con ojeras, una abuela chillona o un jubileta panzudo. Cambia el tono, los nombres de los protagonistas, pero el resto es siempre igual. Es la superficialidad absoluta y eterna. Estoy en el autobús. Llegó en media hora. No hay mucho tráfico. Cotilleo insulso. Y nueve de cada diez veces, y esto es lo que más me enferma, se despiden con un "venga, te veo en un rato". O sea, que encima os vais a ver en cuanto llegues? Y no puedes esperar treinta jodidos minutos para parlotear?

No puedo menos que pensar que hablamos por hablar. Que, en realidad, no tenemos absolutamente nada que decir. Que ni siquiera escuchamos al otro. Que nos importa muy poco lo que pasa, lo que pasa de verdad. Sólo nos interesa la superficie, lo banal, la estupidez, el marujeo, escuchar el sonido de nuestra propia voz. Ni siquiera nos importa qué coño le pasó a Pili con su novio. Lo que queremos es enterarnos de la parte morbosa y fea del asunto. La conclusión que saco, en definitiva, es que la gente de hoy en día le tiene pánico al silencio. La gente ni quiere ni sabe estar callada, pensar, cerrar los ojos media hora de todo un día, relajarse un poco, desconectar, mirarse hacia dentro, oírse hacia dentro, dejar sencillamente la mente en blanco o mirar las nubes por la ventanilla y salir volando. La gente odia estar consigo misma. Por eso llenan el silencio de músicas atronadoras y charlas insustanciales. Cualquier cosa con tal de no quedarse a solas. Por qué ese terror? Qué es lo que temen? No gustarse? Y por qué? Quizá porque saben que no tienen nada que decirse, ninguna pregunta que hacerse, ninguna respuesta que buscar? Quizá porque son muy conscientes de su absoluta falta de imaginación, de que su cerebro está atrofiado por falta de uso, de que tienen la profundidad de un bolsillo? No hay nada dentro y por eso sólo miran y oyen hacia fuera?

En cualquier caso, qué fue primero? Uno es superficial y se queda vacío, y por eso luego evita echarse una ojeada? O nunca sintió esa necesidad y por eso se quedó tan vacío y superficial? Es la pescadilla que se muerde la cola? Hay gente que no entiende el concepto "pensar". Pensar en qué? Pensar por qué? Pero te pasa algo? Por qué tienes que pensar? En qué tienes que pensar? No "tengo que", ni "me pasa nada". Pienso. Pienso porque estoy viva y desde que tengo conciencia de mí misma me recuerdo pensando. En cosas de lo más sesudas y en cosas de lo más idiotas. Pero pensando todo el rato. A lo mejor es por eso que valoro el tiempo que paso conmigo, y me encanta el silencio, y me revienta que me lo rompas con tus parrafadas estúpidas. A lo mejor es por eso que soy tan sobrada y me creo mejor que tú. Porque no temo al silencio, ni al vacío, ni a bucearme, ni siquiera a dejar la mente en "pause" durante un rato. No necesito llenar mi vida de ruido constantemente, ni invadir con mis estruendos a los demás. No soy de esa gente que no sabe estar sola ni callada. Y sí, creo que eso hace que yo, y muchos como yo, seamos mejores que otros.

Un beso enorme para Lala, que ha tenido que despedirse de uno de sus bichitos, esos seres increíbles que siempre saben callarse, pensar y soñar con nosotros.

7 comentarios:

Lal dijo...

A veces no hay nada más bonito que el silencio, es una pena que haya quién no sepa verlo. Creo que por eso somos, no sé si mejores o peores, pero sí privilegiados.

Gracias por ese beso, Len, llega cuando más se necesita.

Kaken dijo...

Me ha parecido un juicio brutal.
Hace años hubiera firmado con sangre lo que has escrito, pero hoy, desde mi silencio particular...no.
Eso sí, compartimos comportamiento musical ;-)
Un bes

Eli dijo...

Yo, que soy demasiado celosa de mis cosas y tengo un extraño pudor a compartirlas descaradamente, entiendo a lo que te refieres, Len.
No me gusta el teléfono (bueno, si, sólo para tontear con la cantidas de chuminadas nuevas que traen ahora) ni soporto llevarme minutos enganchada a una conversación intrascendental.
Y para las importantes, si no puedes escoger el sitio, al menos escoge el tono y el volumen de voz, hombrepordiooossssss...
No te digo nada de lo que se llega a escuchar en los pasillos del hospital. ¿Es que la gente no se da cuenta que justo al lado de donde berrea hay personas enfermas?
No sé si lo que hemos perdido de vista es la solidaridad, la capacidad de comunicación cara a cara, o ambas.
Que dios nos coja confesaos.

Lenka dijo...

Todos los besos que quieras, Lal. Y sí, muy buen apunte. Mejores no, tal vez privilegiados. Esta borde sobrada que soy, toma nota del matiz ;-)

Juicios brutales por cabreos brutales, Kaken. Ya me conoces, soy delicada como el alambre de espinos!!! De verdad que tengo la sensación de subirme al autobús cada noche de curro y que alguien le da al "play" obligándome a oír la miiiiisma conversación una y otra vez. Qué agobiazo, pofavó!!!

Eli, hemos perdido la capacidad de comunicarnos, de estar a solas, de pensar, la solidaridad, la educación, el pudor... hemos perdido taaaaaanto... y la paciencia!!!! ;-)

Besos, chicas!!!

Anónimo dijo...

El tren me llevaba de Vigo a Coruña tres veces por semana. No existían los móviles, ni los mp3, ni los mp4 y muy raras veces subían chavales con magnetofones (palabra del jurásico). Las rías por las que transcurre ese viaje son muy hermosas. Amanecía cuando me iba y anochecía a la vuelta. Siempre las mismas horas, casi siempre la misma gente.Un invierno duro: tren, hospital tren. Una primavera de luto y muchas lágrimas.
Todavía conservo algunos de aquellos amigos de viaje.
El día que murió mi padre los pasajeros habituales me abrazaron según fueron entrando, cada uno en su peaje. Ese día Ismael, el dentista argentino , había conseguido sus papeles, y todos lo felicitaban; Rocío, la estudiante de filología había conseguido trabajo de camarera en Santiago y ya no tendría que ir y volver a casa cada día, ya podría dormir con Manuel, su enamorado. Juan, "el revisor" se sentó a mi lado y además de decirme que lo sentía mucho, no hizo el agujerito en el bono mensual durante ese viaje.
En el tren la gente se miraba a los ojos, se hablaba, se contaba...
Me da pena montarme ahora, con tanto aparato la gente no se relaciona nada con el que tiene al lado.
Me hago viejo y cada vez añoro más.

Musgo

Lenka dijo...

Gracias por tu historia, Musgo. Es realmente emocionante. Un beso.

Salem6669 dijo...

Como siempre un analisis perfecto que refleja la sociedad en la que nos estamos convirtiendo.

Pd.- Yo en el metro lo que hago es ir escuchando música sólo con un auricular puesto, así no me centro tanto en las canciones, aunque alguna que otra vez veo que mi reflejo ta comenzando a danzar y/o cantar ;oP

Besinos

Esperando más cartas a los búhos