viernes, 25 de enero de 2008

Haciendo los deberes


Es como la vuelta al cole. Todo el mundo me pone tareas. El Porteño se ha empeñado en que vea la vida desde el optimismo y la buena onda (y, como esa está siendo mi lucha particular desde hace meses, he aceptado ser su Padawan) y el Emperador sigue ejerciendo de Pepito Grillo (todo un lujo) encontrando siempre la pregunta precisa, esa que debo responderme a mí, y no a él.

Y las hago, hago las tareas como la niña obediente que soy. Es otra forma de continuar mi autopsia. Ahora estoy descubriendo cuánto se puede querer a una persona que ha salido de tu vida, una persona por la que, en principio, lo lógico sería sentir resentimiento, decepción y rabia. Lo cierto es que siempre me negué. Desde el principio estuve empeñada en seguir sintiendo cosas buenas, en perder únicamente eso que no puede ser mientras conservo el resto. Porque, aunque humanos y completamente comprensibles, los sentimientos negativos pesan, te anclan, son un lastre. Así que cada maldita vez que, por higiene mental, he pensado (o he dicho bien alto) "qué pedazo de cabrón eres", siempre ha sido con una sonrisa. Incluso cuando había lágrimas sabía bien que no era cierto. No deja de ser un mantra. Y de los necesarios. Un simple contrahechizo, pero nada más.

También debo descubrir de dónde viene ese pánico a pedir. Haciendo memoria recordé un montón de escenas de mi infancia, generalmente con mi padre, pegada al escaparate de alguna librería, embobada mirando los cuentos. Y diciendo cosas como "ese de ahí es muy bonito". Mi viejo, encantado con mi fascinación por los libros (herencia directa suya), siempre decía lo mismo: "lo quieres?" Y yo siempre actuaba de la misma manera. Me encogía de hombros y repetía: "es muy bonito". Y de nuevo: "quieres que te lo compre?" Y el ratoncito en sus trece: "es bonito". Y así hasta el infinito. Mi padre se debatía entre morirse de risa y tirarse de los pelos. Insistía: "quieres que te lo compre o no?" Y yo, erre que erre: "es muy bonito, pero a lo mejor es muy caro". Y él: "el dinero no es cosa de los niños, es cosa de los mayores. Y ya sabes que pa tí navego yo" (otra de las frases inmortales del pater). Normalmente, paralela a esta escena, discurría otra cuyo protagonista (el pequeño Godzilla) brincaba como un poseso al grito de: "papi, cómprame un coche, cómprame un dinosaurio, quiero ese muñeco, cómprame cromos, quiero palomitas, cómprame el camión de bomberos..." Casi nunca le compraban nada, porque lo pedía todo, sin medida, sin control. Siempre fue un antojadizo y el viejo se enfermaba. La otra, la tonta, yo, seguía mirando aquel cuento, encogiéndose de hombros y repitiendo "es bonito".

Al final solían comprarme el cuento. Pero de cada cien veces que veía uno que me gustaba, noventa ni lo mencionaba. Las otras diez no resistía la tentación, pero jamás lo pedía. Nunca claramente. Daba rodeos, incluso cuando me hacían una simple pregunta directa. Mi padre llegó a decir cosas como: "si me dices que sí, te lo compro". Y ni por esas. Incluso, alguna vez, llegó a plantarse. "Se ve que no lo quieres, así que nos vamos". Y nos íbamos, y yo no decía nada. Al día siguiente, el pater se ablandaba y aparecía con el cuento.

Por qué ese empeño en no pedir? Quizá porque veía la actitud de mi hermano y cómo molestaba a mi padre? Me pasé yo al otro extremo? De todos modos solía conseguir lo que quería, pero siempre por el camino más largo, por el más retorcido. Fue esa la lección que aprendí? Godzilla pedía sin disimulos y raramente lograba su objetivo. Pedir poco y disimuladamente era más seguro. Sí, esa puede ser la razón. Pero, de todas formas, yo era la mayor. Y ya quería cuentos cuando mi hermano ni siquiera hablaba. Por qué no los pedía, como suelen hacer los niños?

Juguemos al psicoanalista. Mi padre no estaba cuando yo nací. Estaba en Sudáfrica, con el motor del barco hecho pedazos, liado con una reparación que duró más de lo previsto. Cuando al fin me vio, yo tenía tres meses (otro día os contaré la encerrona que le liaron en el aeropuerto). Me escribió la primera carta (que aún conservo) cuando yo tenía 19 días. Crecí con un padre ausente, un padre epistolar, un padre de telegramas, al que le mandaba dibujos, cintas grabadas en las que balbuceaba historietas y canciones aprendidas en la guardería, a quien, más tarde, escribí mis primeras letras. Un padre de llamadas por satélite (muy breves, porque eran carísimas), de fotos en lugares lejanos, un padre de maletas a cuestas al que sólo veía cuatro meses al año. Un padre que era extremadamente generoso, pero que jamás traía regalos en aquellas maletas, porque había visto demasiadas veces cómo los hijos de otros marinos (los niños, esas bestias de pura maldad y egoísmo a las que sólo el incomprendido Herodes supo calar en su justa medida, dice él siempre medio en broma medio en serio) esperaban el regreso del cabeza de familia única y exclusivamente por los juguetes que traía de Estados Unidos, de Japón, de las tierras vikingas. Niños que apenas miraban dos veces a aquellos padres casi desconocidos y, tras un beso desganado, se avalanzaban sobre el equipaje. "No quiero monstruos así en mi casa", decía, "quiero que mis hijos se alegren de verme a mí". Y lo consiguió, desde luego.

La cuestión es que el primer hombre de mi vida fue Ulises, y yo le esperaba durante meses. Y le esperaba a él. Y tal vez fue eso lo que aprendí. Que aquel hombre, el primero al que quise, venía de vez en cuando, y se iba de nuevo. Y ni siquiera podía pedirle lo que más deseaba, que se quedara a mi lado, porque era imposible para él. Así que supongo que nunca pedí nada. Sólo que volviera y que me quisiera esos cuatro meses (justo cuatro, qué irónico). Porque los otros ocho, no estaba. Y seguramente, para una niña pequeña, cuando papá no está, papá no existe. Desaparece. Con la misma simpleza que cuando te tapas la cara y mamá dice: "dónde está la nena? Uy, la nena se fue!" Mi viejo, que no soporta a los críos, que nunca quiso tenerlos, cruzó los dedos para tener hijas. Nunca quiso varones porque temía que fueran como él, temía que se le parecieran demasiado, que fueran igual de complicados y tercos, no lograr entenderles, ser un nefasto ejemplo. Quería niñas. Porque, según él, las niñas (aunque seductoras por naturaleza, más sibilinas, más inteligentes) queremos más y mejor, incondicionalmente. Porque siempre adoramos a nuestro padre, aunque sea un desastre. En sus cartas, en cada llamada, me repetía lo mismo con insistencia maniática: "recuerda que te quiero". Nunca fui capaz de responderle, y esa es otra de las taras que me queda de la infancia. Siempre me pareció una frase enorme, como una responsabilidad. Si pronunciaba aquella frase, el amor y la necesidad de él se harían reales. Y él estaba lejos. Y todo dolería más.

Mi primer hombre fue Ulises, y crecí esperándole, sin pedirle nada, sin atreverme a decirle que le quería. Que le quiero. Y supongo que eso fue lo que aprendí y que eso es lo que hago con todos mis hombres.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Que bonito Len.... Me has emocionao.

Un besito

Marechek

Anónimo dijo...

Definitivamente me he hecho adicta a tu blog.

Es precioso esto que acabas de contar (deja un regusto un poco triste, pero me ha encantado).

No dejes de escribir nunca!!

Quercus.

Wendy Pan dijo...

JOer, yo soy asquerosamente igual: antes muerta que "pedir algo"..., qué horror!
En un país en que prima "el que no llora no mama", y si no sabes? y si eres fisiológicamente incapaz de pedir-llorar? qué haces? te mueres del asco??

Bueno, en realidad te escribo después de mi pequeña odisea ulisística:
la segunda kedada blasfema en Madrid (te hechamos de menos, tú, Oom y Laura fuisteis tres ausencias monsturosamente grandes). La Señora Mayor adorable como siempre, a pesar de esa locura agotadora. Siempre pendiente, siempre queriendonos, siempre.
Te noto triste otra vez, pasaté por el blog, foro, los blogs de los chicos y ríete de nosotros viendo las fotos.

Besototes de los más gordos de tu princesa mapache ;)

Anónimo dijo...

Este blog engancha! Como dice Quercus, no dejes de escribir nunca. Otra que tampoco pide, y así le va (Carlota).

Lal dijo...

Pues yo creo que los que no pedimos somos los que más recibimos. No en cantidad, pero sí en calidad. Recibimos lo que los demás, la vida, el cosmos, lo que sea, quieren darnos. Y eso es lo único real.
Acaso no es mejor un "no" sincero que un falso "si"?

Anónimo dijo...

Ojalá tengas razón Lal, algunas lo damos todo y no recibimos, ni en cantidad ni de calidad. Será rácano el cosmos! Carlota.

Cecilia dijo...

Buenas, dónde se apunta una al club de las que no saben pedir??

Te entiendo muy bien, Len.

Besos

Nebroa dijo...

Hola Lenka...
Jugaste al psicoanálisis sola? Y llegaste a todo eso? ... Es impresionante dónde se gestan nuestas actitudes y cualidades posteriores. Te escuché cuando me dijiste que en definitiva daba igual de dónde viniera el abismo, dónde nació, que lo importante era saber qué quería hacer a partir del momento presente. Pero yo, yo siempre me he preguntado de dónde surgió esta manera de depender...
Nada, que te leo, que aquí estoy :)