domingo, 10 de junio de 2007

La edad de la inocencia

Existen diversas vías por las que perder la inocencia. Una de ellas es cuando descubres que tus padres son personas. Porque, de niño, no lo sabes. De niño crees que tus padres son un ente. No existían antes de ti, nunca fueron niños, ni adolescentes, no lloraron, ni sufrieron, no hicieron payasadas, no tuvieron sueños, ni planes, ni decepciones. Ni siquiera tuvieron padres o hermanos. Tú tienes abuelos y tíos, que es muy distinto. Tus padres están en el mundo porque estás tú. Así de sencillo. Y, por supuesto, no son una pareja. Son tus padres. Un solo ser que vive y respira con el único propósito de cuidarte, de darte lo que necesitas. De niños, todos somos vampiros.
A cierta edad descubres lo mucho que te equivocabas. Empiezas a hacer otro tipo de preguntas. Por qué te casaste con papá? Cuántos años tenías cuando le conociste? Qué decían los abuelos? Te dejaban salir hasta tarde? Qué hacías de joven? (Qué hacías con tu vida cuando yo no existía?) Dicutías con papá como yo discuto con mi novio? Hay muchas preguntas que no se hacen. Quizá por ese pudor que suele existir entre padres e hijos. Yo soy de las afortunadas. Mi madre venció ciertos pudores cuando me hice adulta. Mi padre jamás los tuvo. Aún así, hay parcelas en las que no te metes, porque de pronto te abruma la certeza de que existen esas parcelas. Tus padres son una pareja. Se conocieron, se enamoraron, se desearon. Tus padres son amantes. Discuten, sienten celos, frustraciones, tejieron su gran historia antes de que tú existieras si quiera. Mintieron a sus propios padres, se pelearon con ellos, sintieron la impotencia de no comprenderles y no ser comprendidos, lucharon por tener su lugar en el mundo, su independencia, por cumplir lo que soñaban. Quizá fueron infieles, o detestaron su trabajo, o sintieron odio por alguien, envidiaron a alguien, quizá descubrieron que se habían equivocado, que no era aquello lo que querían ser. Vivieron, en una palabra.
Los míos se divorciaron cuando yo tenía nueve años y os aseguro que fue un pasmo descubrir todo eso. Eran una pareja. No tenían que seguir juntos sólo porque yo existía. Y, por supuesto, no era culpa mía. Ellos se separaban como pareja, no como padres. Ellos luchaban de nuevo por vivir sus vidas de la mejor manera posible. Siguieron cometiendo errores, obviamente. Todo aquel que diga que "los hijos deben quedar al margen de esto" no se imaginan de qué manera mienten. Nunca nos quedamos al margen. Ni siquiera cuando ellos lo procuran con la mejor intención y el mayor empeño. Unas veces les sale mejor que otras. Unas veces es civilizado, otras es la guerra. Las trincheras. El primer dolor violento de la vida de un niño. Y entonces les detestas por lo que te han hecho. Han sido injustos contigo. Te han hecho sufrir, y eso no lo perdonas. Luego creces y observas. Descubres que son el día y la noche. Que duraron juntos demasiado, teniendo en cuenta sus diferencias. Que no se hacían felices. Que son tan imperfectos como tú (sí, descubres que tú también estás lleno de terribles defectos, así que ya no te atreves a juzgarlo todo con esa simpleza egoísta de los niños) Y entonces hablas con ellos, les enseñas todas tus heridas, y les dices que lo entiendes. Y que les perdonas. Siempre te queda dentro un poco de rencor. Eran adultos, debieron hacerlo mejor, debieron protegerme de esto. Y una vocecita te recuerda: "tú eres adulta ahora. Lo habrías hecho mejor?".
Quieres creer que lo harás mejor que ellos. No sabes si lo conseguirás. Tal vez lo consigas sólo porque tuviste la ocasión de padecer sus fallos. Lecciones de vida. Según se mire, es otra cosa que agradecerles. Asumes qué clase de personas son tus padres. Les aceptas. Y les perdonas. Has conseguido entenderles y ellos a ti. El rencor es un lastre. Querer es mucho más fácil que odiar, e infinitamente más sano. Les perdonas también por cierto egoísmo, por mantener la cordura. No te apetece odiarlos. Para qué? De qué sirve tanto dolor? Creces, asumes y sigues adelante. Y prefieres disfrutar de ellos, reír con ellos. Y seguir (es inevitable) en las trincheras. Mides muy bien el amor que les das. Tienes que hacerlo, porque un juez dictaminó que tienes la custodia compartida de tus padres. Así que es tu obligación cuidarlos a ambos, llamarlos a ambos, ser muy diplomática cuando le hablas a uno del otro. A quién quieres más, hija, a papá o a mamá? Ser padre es para siempre. Ser hijo también. Es una tarea que no acaba nunca. Pero se lleva bien. Cuando te libras del lastre, se lleva bien.
Claro, hay casos extremos. He visto muchas veces una película yankee (nunca recuerdo el título) en el que una gran familia pasa por naufragios y alegrías. Situaciones dramáticas y cómicas. Siempre recuerdo cuando el novio simplón de la hija adolescente mira a su suegra y le dice: "Te obligan a tener licencia para tener perro, para tener un arma, incluso para pescar. Pero dejan que cualquier hijo de puta sea tu padre". A veces no hay forma humana de arreglarlo, de librarse del lastre. Entonces, creo, lo mejor es, como siempre, asumir. Estos son los padres que tengo. Bien. Son así. Lo sé, lo acepto y sigo con mi vida. Nos cuentan que el amor de los padres es incondicional, pero muchas veces es una mentira absoluta. Algunos padres te repudian porque no vives como ellos esperan. Porque no duermes con quien ellos consideran que debes dormir. Porque no respetan la profesión que has elegido. El amor de algunos padres es ruin y tiene demasiadas condiciones. Algunos padres no quieren a sus hijos por encima de todo. Son egoístas. Que no nos vendan la idea del amor universal e invencible de los padres hacia sus hijos. Porque, al contrario de lo que se dice, suele ser al revés. Creo que, la mayoría de las veces, son los hijos los que saben amar sin condiciones, los que no pierden jamás la capacidad de perdonar. Es algo que descubres cuando un niño infeliz te dice: "es un cabrón, pero es mi padre".
Adelante. Esto pasará. Ya sabes dónde estoy y que te quiero.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿como eres capaz de resumir mis sentimientos con tanta perfeccion con tan solo cinco minutos de charla?has tecleado justo lo que pienso y siento. muchas gracias por todo lo que me apoyas y lo que me sientes. nunca le estare lo suficientemente agradecido al capi por haberme dejado conocerte, ni a ti por haberme abierto tu puerta desde tan temprana andadura.un beso.

Lenka dijo...

Que me emocionas, estúpido!!!!

;-)

Cómo soy capaz??? No lo sé. A lo mejor porque he pasado por situaciones parecidas, o porque elegí una profesión en la que ves tantas cosas que te curas de espanto. O porque tengo la manía de analizarlo todo y hacerme preguntas constantemente. Vamos, que es porque estoy muy ociosa, cariño, no tiene mérito.
Muchas gracias a ti por la cantidad de veces que me escuchas, esto sólo es devolverte lo que me das. Ánimo y arriba. Besos.

El patio de mi casa dijo...

¡Hola!
Llego desde el blog de Juan. A mí también me has emocionado...
"Ser padre es para siempre. Ser hijo también. Es una tarea que no acaba nunca. " Exactamente, es una tarea que comenzamos juntos, y en la que ninguna de las dos partes somos expertos, todo lo contrario, seguimos siendo aprendices toda la vida...
Y efectivamente, el amor de los hijos por sus padres, al menos durante la infancia, es incondicional. Los niños, esos jueces implacables con absolutamente todas las situaciones, no conocen la condena, y se dan por entero, siempre...
Un saludo.

Juan dijo...

Maravilloso Lenka. Los padres aman hasta el infinito y mucho más, te lo aseguro, pero algunos no saben amar bien. Como dices, por una parte aman y por otra condicionan, no el amor, eso nunca, sino las perspectivas que han depositado en tí.

Llevo tiempo diciéndote que nos parecemos mucho más de lo que crees.

Un abrazo. Me ha encantado.