sábado, 9 de junio de 2007

Cuando fui Cenicienta.


Lo fui, desde luego. Fui Cenicienta muchos años, hasta que unos ojos me convirtieron en otra cosa. Fui la niña rara del colegio, la que leía en los recreos, la que no gritaba cuando venían chicos a buscarnos a la salida. Los chicos no tenían nada de raro. Al contrario, resultaban mucho más interesantes que las chicas. Sus juegos, sus charlas, sus aventuras, su lealtad... siempre me gustó eso de ellos. De hecho, descubrí muy tarde la belleza de la amistad entre mujeres.

Pero te estaba contando, querida Momo, que era Cenicienta, y que tenía un sinfin de hermanastras malas. Hermanastras que chillaban y se ponían en ridículo al paso de cualquier surferito con melena (colegio de monjas y a pie de playa, una combinación terrible) pero que nunca disfrutaron del placer de conocerles. Nunca tuvieron la suerte de ser amiga de Diego, de Miguel, de Matías, incluso de Keko. Una chica debía gritar cuando ellos pasaban. No podía acercarse a hablar con ellos. Mucho menos subirse a sus motos mugrientas. Hacer eso era ser una buscona. Perseguirles por la calle dando alaridos, no. Nunca lo entendí.


Todas querían a Miguel porque era el gemelo bueno. Matías era el malo. Adivinas a quién quería yo? Miguel era dulce, simpático, buen estudiante. Matías era huraño, esquivo, fumaba y ni se acercaba al instituto. A Matías le pegaban en casa porque no era como Miguel. Yo decidí que sería educadora a los diez años. La culpa la tuvo mi tío Javier y el verano que pasé de acampada con los chicos del reformatorio que él dirigía. Matías fue mi primer experimento. No fue mi primer amor, pero sí fue mi primer canallita. No iba a ser el último.


Yo tenía trece años y él quince. Una tarde le vi al salir del colegio. Las niñas chillaban porque pensaban que era Miguel. Me rompían los tímpanos (a día de hoy sigue siendo el sonido que más me saca de quicio: los chillidos de las adolescentes) Les grité que se callaran, que era Matías. No me contestaron nada bonito, pero él se echó a reír. Fuimos a sentarnos a la playa. Creo que fue la primera vez que oí a alguien contarme su vida. No era idílica y eso me dejó asombrada. Era tan tonta, supongo, que pensaba que debía serlo. La mía no lo era, pero a esa edad imagino que pensamos que todos los demás, cualquiera, es más feliz. Matías me sacó de mi ingenuidad. Vino muchas veces a buscarme al colegio. Y me las arreglé para verle casi a diario aquel verano. Paseábamos en su moto, aunque sería más exacto decir que fingíamos huír en ella. Él ya pensaba en escapar de su vida por entonces. Pero no era tan huraño. Sonreía mucho, aunque con bastante cinismo. Era un niño. Me enseñó los moratones. Sólo lloró una vez, a esa edad les da mucha vergüenza. A cualquier edad, me temo.


Fue un buen verano. La moto, los futbolines, las primeras caladas a sus cigarros, las charlas en la playa. No sabíamos nada. Me habría encantado saber lo que sé ahora. Le habría sido más útil. Pero entonces no habríamos sido nosotros. Yo estaba enamorada de otro chico. Desde hacía un año. Siempre he sido precoz en esto de las maripositas. Pero el otro chico vivía lejos. Entonces no había móviles, ni internet. A mi príncipe sólo le veía 12 días al año. Pero esa es otra historia. El caso es que Matías estaba cerca. Pero iba a dejar de estarlo. Cuando terminase el verano, se lo llevarían a un internado. Que era como decir que se lo llevaban al fin del mundo y con una perpetua sobre los hombros. A los trece años todo es trágico. Todo es para siempre. No fue el primer beso, pero fue la primera tarde de besos. Era la última para nosotros, había que aprovecharla. No le vi nunca más.


Imagino que ya no vive aquí, porque nos habríamos tropezado alguna vez. Me alegro de que, al menos, no estuviera cuando murió Keko. Eran muy amigos. No tengo ni idea de qué habrá sido de él. Era un buen chico que fingía ser malo. Puede haber terminado muy bien, o muy mal. Espero que haya sido lo primero. El caso es que el Príncipe no estaba, así que Cenicienta se enamoró un ratito del cazador. Sólo un ratito. A todas las chicas les gustaba Leonardo Dicaprio. A mí no, pero siempre fui rarita. Tenemos 29 años (ya son 29, querida Momo, parece increíble!) y cuando recordamos las películas de aquel tiempo, mis amigas se ríen. "Cómo podía gustarnos?? Era como una niña!!!" Es cierto. No me gusta cómo es ahora. No me gustaba entonces cómo era. Me gusta ahora cómo era antes. Cómo era en las primeras películas, con su carita angelical de adolescente. No porque me atraiga, era demasiado soso, demasiado bello, muy poco masculino. Un niño. Me gusta cómo era porque se parecía a Matías. Sólo por eso. Porque me recuerda a un niño al que quise. Y que era más guapo que él. Y que su encantador hermano gemelo.

3 comentarios:

Lal dijo...

Uff, como me has dejado el cuerpo con esta historia....Son de las que, a pesar de todo, te hacen sonreir.

Cristina dijo...

Una historia triste, pero a la vez muy bonita. Ojalá algún día os volvais a encontrar.

Lenka dijo...

Ayer me acordaba de él y hoy, haciendo zapping, veo que está Titanic en la tele. El cosmos y sus bromas!!

Gracias, chicas. No sé si volveré a verle, pero me gustaría. Aunque seguro que es más bonito así.