
Mañana es el último día del año y no puedo menos que asombrarme de los cambios. Mis últimas campanadas transcurrieron en casa (mi anterior casa, otra de tantas), llorando en brazos del Emperador, tras un revés sentimental que me pareció injusto, terrible, sin sentido. Me hundía pensar en otro fracaso que añadir a la lista, tan larga ya. Pero, por primera vez, me acompañaba la certeza de que aquello pasaría, que algo bueno saldría de aquel dolor. Y, aunque no me consolaba en tal momento, me permitió agarrarme a algo. Porque no era una vana promesa, sino una certeza. Lo malo de tropezar varias veces es que te demuestras a ti mismo que siempre puedes volver a levantarte. Aquella nochevieja miré atrás y me sorprendió verme llorar por desamores nuevos, olvidados ya los anteriores por los que, a su vez, tanto había llorado. Por qué iba a ser diferente entonces? Pasaría, sí, y me parecería lento, eterno. Pero un día, de repente, al volver la vista me fascinaría opinando lo contrario: ya está? Ha sido rapidísimo!
Así que respeté mi luto, mi disgusto y todas las fases posteriores, la depre, la culpa, los por qués, la negación, el cabreo... todas son sanas y necesarias. Me propuse aceptar cada una de ellas con naturalidad, pero sin perder la perspectiva. Vale, estoy enfadada. Vale, te odio. Sé que no es cierto, claro, que no eres mala persona, pero detestarte ahora mismo es sano, porque me da fuerzas. Es positivo. Te odio, eres gilipollas, vete al cuerno, estoy mejor sin ti. Sabía bien que, tras aquel pataleo, llegarían nuevas etapas de admitir que no odiaba, que nadie era gilipollas, pero que sí, estaba mejor sin él. Asumí cada episodio sin estancarme en ellos. Y, entre tanto, analicé.
Ha sido un año de lo más constructivo. Ya sabéis, mis autopsias, mis reflexiones, mis conclusiones. Aprendí muchísimo de mí misma y me siento muy orgullosa de haber sabido aprovechar la ocasión de hacerlo. De otro modo, habría sido simplemente sufrimiento inútil. Y al dolor hay que sacarle siempre partido. Me encontré cosas que no me gustaron nada, y me propuse cambiarlas. Tomé la decisión de ver la vida de otro modo, de no repetir ciertos errores conmigo misma y con los demás. Me empeñé en que sería más feliz, más positiva, porque era la única manera de obrar el milagro, de que todo, realmente, funcionara mejor. Y así fue.
Hoy siento que he cerrado varios capítulos y abierto otros. Me miro al espejo y me gusta más lo que veo. Recorro un camino que percibo como mío, como elegido. Y lo hago en la mejor compañía posible. Ha sido un año de decir adiós a algunas personas, de ver cómo otras (algunas muy queridas) se alejaban en pos de sus propias rutas, de sus propias vidas. Y un año, también, de personas nuevas de las que aprender. Y todo, todo ha sido para bien. Me faltan cosas, claro. Sigo en la lucha (que tantas veces parece imposible) por encontrar un trabajo, una estabilidad económica. Sigo en las trincheras con mis padres. Pero ya no lo veo únicamente como causas pendientes. Lo son, de algún modo, pero también son más oportunidades de crecer, de improvisar vías nuevas, de seguir aprendiendo.
Lo mejor, indiscutiblemente, has sido tú, que te has convertido en la piedra angular de mi vida. Y lo sé bien porque, lejos de que ese lazo me haga sentir débil o dependiente (como me pasaba antes) me ha mostrado una nueva fuerza, una libertad desconocida. Yo creía haber amado mucho (y seguro que lo hice en cada momento como supe) pero nunca había amado así. Y, desde luego, nunca me había sentido amada. No como quería. Ahora hay muchos planes y todos me apetecen. Sigo teniendo miedos y dudas, claro, supongo que siempre se tienen, que, por años que uno viva y lecciones que supere, nunca se aprende todo. Lo que sí sé es encararlos de otra manera, sin permitir que me paralicen. Tampoco pretendo que desaparezcan. Para empezar, sería una utopía. Para seguir, quién desearía una vida tan carente de emoción? Todos necesitamos subirnos de vez en cuando a la montaña rusa, sólo por el placer de comprobar que la resistimos, que el viaje concluirá y que siempre se puede volver a subir. Y a bajar.
El año no termina con lágrimas, como el anterior, sino con un paso más. Desde hoy, tu casa es sólo tuya y, por tu generosidad, es en parte mía también. No puedo sino alegrarme por ti al ver que tú también vas logrando cerrar esas puertas que querías cerradas. Cada vez queda menos. La partida sigue, claro. Pero sólo puedo decir que todo está bien en el mejor de los mundos. Y que otro búho se va acercando a la Torre, la mía, la tuya, la nuestra.