miércoles, 17 de diciembre de 2008

Martín y Martina

Martín es delgado como un junco, bello (por más que nos suene extraño este adjetivo aplicado a un hombre) y tiene, posiblemente, los ojos azules más vertiginosos del mundo. Martín es, además, porteño, actor, estilista, diseñador, sastre, artesano, transformista y filósofo. Y, estoy segura, montones de cosas más que desconozco todavía. Es una mente inquieta y curiosa, ávida de conocimiento, hipersensible a la realidad que le rodea, un alma en búsqueda constante de sí mismo y de la verdad, un incansable fraguador de por qués, un funambulista defendiendo su equilibrio y mostrando a los demás que es posible caminar sobre el alambre de la vida. Y, lo que es más difícil, ni siquiera sabe si hay red. Pero está dispuesto a creer que sí, porque tiene que haberla. Y si confías en que la hay, la habrá. Porque no puedes pasarte la vida teniendo miedo a caer, a lo que te espera en el abismo. No puedes quedarte quieto, suspendido sobre el vacío.
Martín no sabe (aunque quizá lo sospeche) que fue uno de los artífices de mi mutación. Fueron muchos, desde luego, y a todos les debo mi gratitud. La palabra "crisis" significa "oportunidad" (o eso creo haber leído en alguna parte) y siempre me ha sugerido la siguiente ecuación: terremoto, caos, introspección, análisis, cambio, evolución, aprendizaje, avance. Mirando atrás compruebo con asombro que entré en crisis a los nueve años, y sólo me ha llevado veintiuno salir de ella. "Sólo". Por supuesto me refiero a salir de ella por completo. Muchas fases fueron quedando atrás, las fui tachando del cuaderno (modo "asesina de Kill Bill") mientras me encaminaba a una meta de la que ni yo misma era consciente. Hace ya unos meses que tengo la sensación de haber llegado, de haber terminado con ese cuaderno. Habrá otros, obviamente. Muchos otros, que a saber dónde me llevarán. Ya lo iré descubriendo.
El caso es que Martín llegó con gran parte de mi camino andado, y justo cuando estaba a punto de tirar la toalla. Y se trajo consigo una receta asombrosa contra el cinismo, el pesimismo, el derrotismo, el victimismo y todos esos -ismos que me acompañaban en el viaje, como una carga. La receta era tan simple que una listilla como yo no podía evitar levantar la ceja y menear la cabeza. Tonterías. Chorradas. Esto no funcionará, porque la vida es fea e injusta, y punto. Afortunadamente (para mí) toda una legión de buenas personas se habían ido encargando de hacerme dudar. Cariñosamente les bauticé como "los Coelhistas". Eran mis amigos sabios. Y eran sabios (y yo no lo era) porque habían encontrado la luz, la alegría, las fuerzas. Y eso, lógicamente, les hacía mucho más listos que yo. De qué me servía leer tanto, saber cosas, retener datos, ser una buena oyente y una magnífica resolvedora de problemas si no era capaz de aplicarme el cuento a mí misma?
Había abrazado la oscuridad por varios motivos. Al principio, por falta de herramientas, por bloqueo. Más tarde, por resignación. Detestaba mi propio carácter negativo y pesimista pero me sentía atrapada en él. Es más, lo consideraba un "todo". Era melancólica, y cínica, y lúcida, y pesimista. Y pensaba que aquello conformaba una masa indisoluble, el motor de mi carácter, de mi existencia. Sólo podía ser así porque me faltaba una luz, la luz de ellos. Pensaba que debía ser forzosamente innata, y yo no la tenía. Por eso ningún mantra funcionaba conmigo. Con ellos sí, había que admitirlo. Pero es que eran distintos.
Qué aprendí? Que siempre tendría tendencia a la melancolía, al cinismo, al pesimismo, y que la lucidez (si la adquieres) es difícil de obviar. Pero todo eso se puede separar con bisturí y combinar con otras cosas. Se puede ser cínico sin ser amargo. Se puede tender al pesimismo sin perder la ilusión o las ganas de luchar. Se puede ser melancólico sin dejar de disfrutar. Se puede ser lúcido sin ser derrotista. Y, sobre todo, se puede dominar todo eso en lugar de permitir que te domine. No sé si la luz es innata o aprendida. En algunas personas parece casi una marca de nacimiento. Ahora sé que se puede aprender también. Mis coelhistas me enseñaron un modo de vida más brillante, más sereno, más feliz. Martín trajo la lección final y me convenció de que yo podía ser así también, podía funcionar conmigo. Pero sólo si perdía el miedo a caminar sobre el alambre. Sólo si admitía la posibilidad de la red. Sólo si dejaba de repetirme: "conmigo no sirve, porque yo no soy como ellos, aunque me gustaría". Lo probé. Funcionó.
Siento que no he perdido mi esencia, ni muchas de las malas costumbres que forman parte de mi carácter. Pero sí las he suavizado, sí las he mezclado con otras más luminosas y sí he conseguido agarrar las riendas. No está mal.
Ahora, hablemos de Martina. Martina es una loca absoluta, explosiva, pícara, coqueta, una showgirl. Es una representación perfecta de la fiesta, la despreocupación, lo superficial, lo bello, lo divertido. A lo mejor es lo opuesto a Martín. O quizá tiene una parte de él. O él de ella. El caso es que son la misma persona, pero nunca he conseguido verlo de ese modo. Para mí son dos. Tal vez sea porque la conocí a ella primero y no me resigno a "matarla". Ella tiene su propia identidad y sólo es Martín cuando se baja de los tacones. Si salimos en Carnaval, es Martina la que viene con nosotros, no es Martín disfrazado de Martina disfrazada de Cleopatra. Me salto un paso. Es Martina disfrazada de la Reina del Nilo. No sé cómo lo entienden los demás, temo que mi versión es un tanto esquizoide. Seguramente el propio porteño me llamaría tarada si lo supiera. Quizá él lo viva con toda naturalidad. Quizá para él, el creador, todo sea tan sencillo como el actor y su personaje. Y yo, siempre tan dual, puedo entenderlo a la perfección. Pero sin embargo, una parte de mí se resiste a encajarlo. No sé explicarlo mejor. Son Martín y Martina. De los dos aprendí mucho.

13 comentarios:

Juan dijo...

"Y, sobre todo, se puede dominar todo eso en lugar de permitir que te domine."

"Pero sólo si perdía el miedo a caminar sobre el alambre."

Estas dos frases pueden resumir la filosofía de toda una vida.

Un abrazo

Eli dijo...

Cariño, a eso se le llama crecer; en sabiduría, en experiencia, en seguridad...Y fijo que aún te queda mucho por hacer.
Pero ¡qué cantidad de camino adelantado!

Besos, cielo.
Los que te leemos te queremos como eres.

Sra de Zafón dijo...

¿Ves por qué echaba de menos tus entradas?

El alambre es mi camino desde que Martín me lo enseñó, mi Martín tiene nombre de gaviota: Juan Salvador, me lleva 17 años y lleva siendo mi amigo desde que yo cumplí 13. Él consiguió hacerme disfrutar de la belleza de la incertidumbre, me ayudó a ser consciente de lo efímero, y fue el primer ser en la tierra que me animó a la búsqueda de mi verdad, la mía, lo único que en realidad me permite estar agusto en mi pellejo.
Que conste en acta que no me gusta Cohello :-)

Eres grande y sabia como pocas, Lenka, y escribes de (si te tuviese delante te diría que ¡depuuuutamadre! pero tengo dudas sobre si es correcto en este medio.) perlas :-)

Un beso.

Chusa

Amanda dijo...

Chusa, ¿las 17:03?
Mi reloj marca las 16:32...

Por cierto, ¿eres de verdad la señora de, o es tu amor a las letras de ese hombre lo que te hace adoptar ese apodo, que no lo sería si ese fuera el caso?

Lenka, hoy mismo me preguntaba Juan si tengo un blog.
No me hace falta, con entradas como la tuya, ya se va contando también lo mío...

Un saludo a ambas.

Anónimo dijo...

Lenka, algo le pasa al reloj de tu blog.
Juro que ahora mismo son las 16:35...

Amanda

Lenka dijo...

El reloj de mi blog está de los mismos nervios y nunca he conseguido que marque la hora correcta, Amanda. El tío tiene ideas propias.

Zafo, también tienes un Martín?? Ojo al dato: jamás he leído a Coelho. Les puse ese nombre a algunos de mis amigos porque (siendo unos fans de Paulo y otros no) supongo que la cosa me encajaba con sus formas de ser. Por eso y por un debate con mucha miga entre Revertianos y Coelhistas en el que, siendo Revertiana, hice de abogada del diablo (y la señorita Prym) Juas, chiste fácil ;)

Muchas gracias, Juan y Eli, por entender, como siempre.

Besos a todos.

Sra de Zafón dijo...

Empiezo la tarde con un café con leche que casi se me espanzurra contra la plantalla de mi ordenador gracias a Amanda, jajajajajaja.
¡Ay Amanda que impostora me siento!... Verás: resulta que yo, azarosamente, encontré a Lenka y su torre, y a los poquitos, sin apenas darme cuenta, me apetecía asistir, cada vez más, a todo lo que de ella cuelga tras sus palabras.
Pero además, en algún tema concreto me apeteció decirle que estaba al otro lado leyéndola, y contarle lo que nacía en mí tras sus escritos. El asunto es que mi vida "bloguística" era nula, y cada vez que dejaba un comentario yo aparecía como anónima, así que un buen día, tras una entrada de Lenka sobre Zafón y una sugerencia suya sobre ponerme un mote, o algo con que me identificase, nació la sra de Zafón. Curiosamente, en nuestra cultura, me chirrían mucho las mujeres que se hacen llamar por el apellido de su marido :-)
Luego, para no ocupar tanto su blog, hice uno para colgar mis cosas al que entro de vez en cuando y en el que aún no sé ni poner los enganches esos de un blog a otro que me facilita tanto andar por este barrio. Pero hoy Elvira "flores y palabras" me enseñó a colgar música y voy a empezar a flipar...intentando poner la banda sonora a mis palabras colgadas.

Lenka lo de mis Martines da para unas cuantas entradas. En realidad tengo tres, dos hombres y una mujer: Manuela Lama que fue capaz de dejar todo por amor a los 99 años...voy a escribir un poco.
:-)

Un beso

Alberich dijo...

Entiendo hasta el último segundo de esos 21 años, Len.
No sabes cómo lo entiendo (en realidad sí q me entiendes jejeje)

Kaken dijo...

Me he quedado de estatua, jeje, no sé que tiene mi subconsciente para identificarnos a Juan y mí en tus Martines...quizás la pura gana de ayudar, los tacones..o la necesidad (presuntuosa) de saber que hemos sido útiles.

Yo tengo la suerte de contar con varios Martines y Martinas, el primero de todos, obviamente, Juan.
Pero soy consciente de todas y cada una de las personas de las que he aprendido, no retenerlas en mi memoria me parecería una huída de la felicidad y un desmerecimiento impropio de lo mucho que me han dado, incluso sin saberlo.

Me ha gustado tu entrada y lo que transmite en cuanto a tu bienestar.

Un bes, Lenka, y otro para los comentaristas.

Lenka dijo...

No te quepa duda que recuerdo a cada persona que ha sido capaz de entenderme y de marcarme, Kaken. Tengo un montón de Martines y Martinas. Pero mi Martín, y mi Martina, los de la entrada (el/la de la entrada, porque son la misma persona) lo son con nombre propio y por derecho.

Zafo, de impostora nada. Pero fíjate que a mí tampoco me encajas mucho como "Señora de". Supongo que por eso algunos te hemos rebautizado ;)

Doc, sé que me entiendes y sabes que te entiendo (y viceversa!!!) Creo que hemos estado recorriendo caminos parecidos y, lo mejor de todo, nos están llevando a un buen destino.

Besos a todos!

Sra de Zafón dijo...

Es verdad, Lenka aún enmorándome hasta la médula y amando como una loca no me siento señora de nadie, supongo que porque no me siento de nadie, como a nadie siento mío.

Siguiendo con tu Martín, me quedé con las ganas de decirte que muchos Martines pasan por la vida sin encontrar Lenkas, con esto quiero decir que sólo crece el que está dispuesto a hacerlo, como tú, Lenka.

Un abrazo enorme, como tú.

Rogorn dijo...

Hmm, interesante.

Espero que la ayuda de Martín no haya consistido en hacerte creer que por ahí fuera hay cosas que deciden el destino de uno caprichosamente. Porque lo importante está dentro de uno, y eso ha sido lo que has sacado.

Lenka dijo...

No, no, nada que ver. Digamos que ha sido una cosa más equilibrada. No siempre puede uno atormentarse con las culpas de lo que pasa, ni cargar esas culpas en otros, sencillamente porque nadie puede controlar todas las variables. Hay cosas que, simplemente, pasan. Por azar, si quieres, llámalo equis. Accidentes, en el amplio sentido de la palabra (negativo y positivo). Así que no vale lamentarse eternamente y bloquearse con el "y si yo hubiera hecho..." o el "y si en lugar de..." o el "por qué a mí".

Pero muchas, muchísimas veces, las riendas las llevamos nosotros, decidimos nosotros, acertada o equivocadamente. Hay incluso quien presenta una tendencia a elegir casi destructivamente, aunque se niegue a admitirlo. Yo era de esas. Ya no se trataba del típico caso de: "joer, tol mundo me dice que me la voy a dar, yo no lo veo así, pero igual es mucha casualidad que lo vean todos menos yo". No, era peor. Porque, al menos, en esa opción tienes la "justificación" (no es esa la palabra que quiero) de que realmente creías hacer lo correcto.

No, yo era de las de: "me dicen que voy mal y sé que voy mal, pero allá voy". Kamikaze total, oiga. Supongo que era por el pesimismo aquel de: "total, haga lo que haga saldrá mal, si voy por el otro lado me la pegaré también". Y no! Accidentes aparte, hay decisiones más sensatas que otras, más positivas. Que luego pueden salir mal? Vale, pero al menos lo has intentado a conciencia.

Se trata de eso, de no quedarse estancado en los por qués. Ya sea algo accidental, provocado, inevitable, un error tremebundo, lo que sea. Se para uno, analiza y tira palante. Ni todo es culpa del sino, ni todo es culpa de uno, ni todo es culpa del de enfrente. Lo que se puede cambiar, se cambia, lo que no, se asume. Y se sigue caminando.

Esa viene siendo la lección, no sé si acertada o equivocada, pero de momento me funciona bien.