lunes, 9 de abril de 2012

El primer golpe

Cuando tienes dos bebés a tu cargo casi siempre te faltan manos. Si con uno ya no puedes permitirte ni un segundo de descuido, con dos la cosa se complica. Intentas recordarte que tu primo Chu se cayó desde la mesa de la cocina al suelo una vez porque, con sólo tres meses, ya era capaz de girarse (y, por cierto, de no ser porque repitió la fechoría en la consulta del pediatra y Yaya pudo agarrarlo por los aires quizá aquel doctor que no dejada de repetir "imposible" hubiera metido en serios problemas a la atribulada madre primeriza de 20 años). Te repites que tú misma sobreviviste a una caída escaleras abajo, o que tu Trasto favorito superó una infancia campestre más que accidentada criado con mejor voluntad que maña por una hermana de diez años (aceite hirviendo, estampida de ganado y sí, también un descenso de escaleras en picado). Pero cuando son tus hijos la cosa cambia. Cuando el fallo es tuyo no consigues ser tan indulgente.

Entiendes que los accidentes ocurren, que nadie es perfecto, que es extremadamente difícil supervisar cada movimiento. Pero no te basta. No del todo. Que sean dos no es excusa. Que estuvieras sola, tampoco. No quieres hacer una tragedia de algo que, ojalá, sea motivo de risa dentro de algunos años, una mera batallita más para contarles. Pero tampoco quieres banalizarlo. Ni quieres ni puedes. Te resquema la culpa constantemente y sabes bien que si antes ya tenías pesadillas sobre las mil maneras en que tu negligencia o torpeza podían dañar  a tus hijos, ahora tendrás muchas más. Y con más razón.

Esta mañana mis hijos lloraban a dúo y yo trataba (como docenas de veces he hecho) de acomodarlos en mi regazo para jugar un rato. Piensas que nunca va a pasar, claro. Que no habrá ni tiempo. Pero apenas has dejado a uno sobre el sofá (bien incrunstado junto al respaldo, atrás, lejos del borde) y te has dado la vuelta para recoger al otro del corralito (que está exactamente a un paso de ese sofá) oyes el golpe y, literalmente, te quieres morir. Es culpa tuya, lo has hecho mal, has corrido un riesgo estúpido confiando en el "no tiene por qué pasar". Has sido negligente, necia y una completa gilipollas, por no prever que tampoco tiene por qué NO pasar. Y ahora tienes vocecitas en la cabeza. Una te dice que no es para tanto, que es difícil apañarse con dos a la vez, que estas cosas pasan, que todos los bebés se han esmorrado en algún momento de su vida, que recuerdes esos casos que conoces, que nunca dirías que tu madre, tu tía o tu suegra fueron malas madres, que a partir de ahora extremarás la prudencia, que no te flageles. La otra voz te mortifica, te pregunta cuántos errores te quedarán aún por cometer, te avergüenza, te señala con el dedo, te dice que no hay justificaciones que valgan para no hacer las cosas bien y te pone verde a nombres, cada uno peor que el anterior.

No tiene nada. Apenas lloró unos segundos y al momento estaba haciendo payasadas. La pediatra aseguró que estaba como una rosa, que el primer porrazo siempre es el más aterrador, que no nos preocupáramos, que controláramos una serie de síntomas estos días y nada más. "Recuerda que es preferible tenerlos en el suelo sobre una manta. Así puedes ir a por el otro sin angustia ninguna". Tan fácil, tan obvio, verdad? Y yo preocupada por si los gatos llenaban la manta de pelos. Como si eso fuera peor. Como si no tuviéramos al menos cinco o seis pares y una estupenda lavadora.

Atreyu canta ("A-á, a-á, a-á") y Bastian le escucha embelesado. Enseguida empieza con la cantinela: "Atá, apá, papá, tatá, patata, patatá". Insiste en su palabra favorita, esa que sin duda terminará definiendo a su abuela. Tatá. Copia nuestra entonación y parece que pregunte por ella. Tatá? Tatá, La Mamma, llegará enseguida. Y que los dioses se apiaden de mi cuando vea el chichón de Bastian.

9 comentarios:

B218 dijo...

Si te sirve de consuelo, yo era uno sólo. Mi madre decidió quedarse en el sofá conmigo porque ponerse a planchar con un crío correteando por ahí podría ser peligroso, y me abrí la cabeza.
Aquí estoy, tan "perfecto" años después, bueno, algún problemilla tengo, pero nada que pueda achacar a esas cosas. La vida se vive dándonos golpes, literal o figuradamente.
Que pase pronto el susto.

Lenka dijo...

Pues sí que te lo agradezco, sí.
Y es cierto, los que vinimos de uno en uno también conseguimos burlar la vigilancia paramaternal y liarla en dos décimas de segundo. Me lo repito todo el rato para no ser demasiado cafre conmigo misma, y me consuela ver a mi enano reírse y hacer payasadas todo el día, demostrando que hace falta más que un coscorrón para quitarle las ganas de murga. Pero creo que, aún así, me va a costar sacarme de la cabeza ese ruido que oí a mi espalda esta mañana. Buf. Anda que no me quedan sustos y pesadillas.

Encantada de leerte por aquí!

Kaken dijo...

Te entiendo perfectamente, Lenka y, supongo, también lo harán los demás.
Seguramente lo que a mí más me cuesta perdonarme es cuando he causado algún daño a alguno de mis hijos.
Mi táctica es considerar que pase el tiempo y amaine y, muy importante, ser consciente de que, como en tu caso, no hay ala más remota intención de lastimar.
En tu caso no hay dolo, Lenka, luego no debería haber culpa.
Un inoportuno chichón no puede borrar horas y meses de dedicación y cariño.
Un besote para los tres .

Juan dijo...

¿Un chichón en la cabeza de un niño?. ¡¡¡Qué cosa más rara¡¡¡.

Lenka, avísame cuando seas perfecta, porque desde ese mismo momento me dejarán de interesar tus entradas.

Como no eres perfecta, a Dios gracias, pues se te tienen que caer de vez en cuando lo críos, que es su deber, ni más ni menos.

Lenka dijo...

Jajaja, gracias a ambos. Si es que tenéis razón, y me consta, pero el berriche que agarras no te lo quita nadie. Mi nano lloró unos segundos, luego se me quedó mirando extrañadísimo, porque la que lloraba era yo!! (Debía estar pensando: jodó, qué mujer más egocéntrica. Me escalabro y llora ella, hay que joerse...)

Supongo que con estas cosas uno es muy poco indulgente consigo mismo. Me cuenta la misma historia cualquiera de mis amigos padres y le quito toda importancia. Pero te pasa a ti y te pones de nombres. No falla.

Kaken dijo...

Fíjate cómo son las cosas....ayer una amiga me contaba que a su hija de dos años le pilló el dedito con una puerta y no se le ocurrió otra cosa que pillárselo ella misma de lo mal que se sentía!!!
Jajajaj, mientras solo llores y no te tires del sofá, vamos bien!

Lenka dijo...

JUAS! Tú dame ideas, Kaken!!!!
Lo de tu amiga puede sonar a chaladura total, pero la verdad es que en ese momento de angustia creo que haríamos cualquier tontería. Supongo que lo que pasa es que nos parecen mucho más débiles de lo que en realidad son (sobre todo cuando hablamos de bebés). Y encima los golpes en la cabeza dan mucho miedo. (El Trasto, por hacerme reír, empezó con la cantinela de: "ya está, el niño sa quedao tonto... sa caído del sofá y sa quedao tonto")

En fin, lo dicho, que el primero es el peor, seguro.

Inés dijo...

Socia, el ruido del primer golpe no te lo olvidas. Pero a no desesperar que se avecinan muchos más... Theo tuvo su primer golpe también haciendo un clavado desde el sofá a los cuatro meses. Yo sigo sin entender cómo demonios hizo para caerse de cabeza cuando yo lo dejé encastrado entre los dos almohadones del respaldo y su largo no daba para caer al suelo. Pero ellos se las ingenian.
Trata de no darle demasiadas vueltas. Es 100% seguro que este no sea el único golpe en esas cabezas... Pensá que en algún momento van a intentar caminar!!!!

Lenka dijo...

Ay, Socia. Si el Trasto, o yo misma, o cualquiera nos hubiéramos quedado tontos a porrazos aún se justificaría mi susto. Pero creo que quedamos más o menos bien, no?? (Más o menos...)

Lo dicho: supongo que el primer golpe es el peor, y que como dices no se te olvida nunca ese ruido.

Besos!!!!