lunes, 19 de abril de 2010

Las nueces de A


La recuerdo como una mujer de mediana edad guapetona y simpática, siempre sonriendo. La recuerdo con su uniforme verde y su flequillo, consolando a los que cateaban, a los que lloraban penas de amor o broncas en casa. Recuerdo que nos ofrecía nueces, con el argumento aplastante de que "son muy buenas para estudiar". Recuerdo su complicidad con D, el otro bedel, aquel que nos molaba tanto porque era joven, músico y pasaba de la ropa reglamentaria, ese que aún nos conoce y nos saluda aunque hayan pasado tantos años desde la época del instituto. Recuerdo que el turno de tarde era como una familia. Éramos pocos, oscurecía pronto, daba pereza ir a las últimas clases. Se piraba mucho, se charlaba mucho. Todos nos conocíamos. Recuerdo que jamás percibí a los conserjes de aquel turno (ni a muchos de los profesores) como al enemigo. Eran colegas, no sermoneaban, nos trataban como adultos. Nada se agradece más a esas edades.

La recuerdo a ella, sobre todo, por sus ojos en blanco cuando alguna de las chicas sufría inesperadamente el percance mensual y, tras el botiquín, aparecían aquellas compresas tamaño toalla de ducha contra las que todas clamábamos (ella la primera) asegurando que parecían reliquias de la época de nuestras abuelas. Recuerdo que cualquier cosa era un despiporre con ella. Cualquiera olvida aquel suspenso en gimnasia (la famosa quema de brujas a los que jugábamos a la política estudiantil) con el argumento de que servidora, aunque notable alumna "andaba con malas compañías". Como para olvidarse del verano que el Pater me tuvo corriendo y echando el bofe (ambos dos) para que el ínclito jefecillo de estudios no tuviera la menor opción de joderme. Digno de recuerdo el día de autos, en septiembre, cuando el viejo se presentó en el instituto para asistir al examen y el ínclito no tuvo narices para sugerirle que se fuera, por lo que decidió enviarla a ella. Asistan al diálogo:

A: (risitas ahogadas) Verá, señor... es que ha dicho el jefe de estudios que tiene usted que abandonar el recinto.
Pater: Señora, si no es meterla a usted en un lío, le importaría transmitirle al gilipollas ese un mensaje?
A: (más risitas) Uy, lío ninguno. Usted dirá.
Pater: (sentencia lapidaria)

Expectación entre el alumnado presente (incluida servidora) mientras contemplamos la escena en lontananza. El jefecillo carraspea, incómodo por la demora. A se aproxima a nosotros aguantando la risa como puede.
A: Luis, que dice ese señor que si quiere usted que se vaya ya puede ir llamando a la Guardia Civil.
Recuerdo la rechifla general, el careto indignado (y granate) del ínclito que, tras un seco "gracias" nos puso a galopar a golpe de silbato y con muy malas pulgas. Recuerdo, sobre todo, el guiño de A, y la de veces que tras aquel episodio me confesó adorar a mi padre.

El pasado domingo hacíamos el recorrido de vuelta a casa desde el Reino vecino, y yo repetía por enésima vez el ritual de ir cantándome en voz baja los nombres de los pueblos que atravesábamos. Es una manía que conservo desde niña. Recuerdo que me pregunté si el nombre de ese pueblo (justo ese) se debería al paso del tren, más concretamente a las vías. Nunca me lo había preguntado antes. Obviamente no tenía forma de adivinar que, seguramente, en ese mismo momento ya lo habías decidido, y que pocas horas después pondrías punto y final de manera tan terrible y calculada. Y cómo lo siento, A. No tenía idea de en qué había parado tu vida, ni de si eras feliz o desgraciada. Hay personas que nos dejan huella y a las que siempre recordamos con cariño, aunque jamás volvamos a saber de ellas. Su imagen permanece intacta en nuestra mente, sin que pasen los años. Rara vez nos hacemos preguntas. Tú seguías en alguna parte de mi archivo más querido, con tu uniforme, tu flequillo y tu eterna sonrisa. No sé qué te pasó y seguramente no lo sabré nunca. Lo que sé es que siento que te hayas ido y el modo que elegiste. Lo que sé es que para mí siempre serás la bedel del turno de tarde. La que nos llamaba "cari" y nos daba nueces.

10 comentarios:

Kaken dijo...

Sí que es una luna triste.
Te envío un abrazo fuerte, de esos que te hacen saber que se te entiende y acompaña.
Cuídate, pren.

Lal dijo...

Seguro que a A le hubiese encantado saber que se la recordaba así, como la recuerdas tú.
Un abrazo, Len.

Lenka dijo...

Y es que estoy segura de que somos un montón los que la recordamos con muchísimo cariño. Era una tía encantadora, siempre riendo. De esas personas que jamás creerías que al final deciden terminar con su vida. Qué le pasaría, qué vuelco le daría la vida o en qué estado mental y anímico llegó a estar para optar por algo así??? Es algo que no me explicaré nunca. Intento entender, intento no juzgar e intento mentalizarme de que ciertas elecciones son de uno mismo y punto. Pero no, al mismo tiempo no soy a ello. Es que es algo que NO quiero considerar como opción. No querría. Obviamente no soy nadie para decir esto, pero de verdad que me cuesta un triunfo no decirlo. Creo que me empeño en creer que para vivir siempre nos sobran los motivos. Y, qué cosas, al mismo tiempo estoy a favor de la eutanasia, por ejemplo. Y del libre albedrío de cada cual hasta las últimas consecuencias. Pero me molesta mi propia incoherencia. No, matarse nunca, nunca es opción. Aunque claro que lo es. No debiera serlo, quizá. Qué sé yo. Ojalá no lo fuera!

Sra de Zafón dijo...

Pues eso...a saber como llegó a ese momento tan espantoso en el que uno decide que es mejor desaparecer que soportar el dolor de seguir vivo. La putada es que parece ser que ese momento es posible...
Estoy segura de que, como tú dices, muchas personas la recordarán con cariño.

Un beso, Lenka

Lenka dijo...

Ese momento es tristemente posible, sí. Qué pena que a muchas personas les falte ese puntito de "un poco más. Aguanta un poco más". Tendríamos que tenerlo de serie, verdad?

Sra de Zafón dijo...

Cuando uno tiene una enfermedad que le impide VIVIR como él considera necesario (me da igual que sea terminal que no) y decide irse de este mundo, debería tener toda la ayuda médica y judicial para no hacerlo solo y sufrir lo menos posible. Pero nos vendría muy bien tener de serie ese mecanismo que tú dices, Lenka, e incluso una alarma que se encendiese a nuestro paso cuando creemos que ya no podemos más, y ya por pedir, una pantallita que nos muestre que un poco más allá lo mismo encontramos de nuevo las ganas de no morir, ( aunque lo ideal sería encontrar las de vivir)
Aunque a veces creo que ni con eso sería suficiente.
Conozco a una viuda que se quitó la vida después de cinco años de haberse muerto su único hijo. Se puso ese plazo para soportar el dolor y, como no pudo con él, la encontraron en su piso dos días después de haberse cortado las venas en la bañera. Dejó una nota que decía que lo hacía así porque en el parto había perdido tanta sangre que había estado a punto de morir, y recordaba aquello como un estado muy dulce. También decía que lo hacía en la bañera para no manchar nada y daba instrucciones de donde estaban sus cosas y a quien se las dejaba. Tenía amigas, vecinas y su casa siempre estaba llena de niños, pero...

El dolor a veces es insoportable, es verdad, pero yo creo que habría que concederle siempre un plazo y ese mecanismo de serie nos vendría muy bien.

Besos

Sí es lo que parece dijo...

Es bonito recordar a alguien como tu lo has hecho. Seguro le habría encantado.

No sé cómo de mal puede sentirse una persona para tomar tal decisión. Debe ser horrible tener la sensación de que ya no queda nada por lo que luchar, nada a lo que aferrarse, ni siquiera a la propia vida. Pienso que yo buscaría mil motivos, mil razones por estúpidas que fueran para seguir aquí, pero las personas somos muy diferentes las unas a las otras, algunas tienen más resistencia al dolor, otras son optimistas por naturaleza les suceda lo que les suceda. No se, yo viví de cerca el suicidio del mejor amigo de una compañera de trabajo, muy joven y paradojicamente muy cansado de vivir, incomprensible para mí, pero a saber cuánto dolor había soportado ya ese chico, y cuanto mas no estaba dispuesto a soportar. Yo le hubiese dado mil argumentos para no hacerlo, siempre hay algo por lo que vivir, aunque sea por ver un nuevo amanecer, pero él me habría dado otros mil para hacerlo

Saludos

Lenka dijo...

Es un tema que me desmonta. Quizá porque no termino de encajar cómo es que hay gente con vidas durísimas que son capaces de sacarle partido a todo y cómo hay otras que a la primera decepción se rinden. Me alucina, en serio.

Líbreme dios de ponerme a pesar y medir el dolor, pero... en fin. Si una cosa me ha ido quedando clara con el tiempo es que se suicida más gente de chalet que de vivienda social. Por qué? No me refiero a este caso concreto, pero creedme que lo tengo comprobado. Hay una especie de incoherencia tremenda en esto del suicidio. Parece que seamos más proclives a él cuanto más tenemos, cuantas más comodidades nos rodean. Tampoco me refiero, por supuesto, a la madre que entierra a su único hijo. Pero pasa, pasa mucho.

Creo que hay gente que no sabe enfrentar el dolor. Se ahogan en él. Les faltan herramientas que yo considero indispensables. Como eso que hemos hablado tanto de consentir a los críos, cuando decimos que es la mejor manera para convertirles en frustrados totales. Creo que hay mucha gente que no está preparada para la Gran Putada Cósmica (ya lo comentaba en la entrada esa de lo que creemos merecer de la vida) y se creen que la vida siempre es bella y fácil. Y no, coño. La vida puede ser cabrona hasta el extremo, y encima no distingue.

En cambio hay gente que cuenta con el dolor, que lo asume como una realidad inevitable y sabe encajarlo, aprender de él y avanzar. Creo que es una suerte enorme. O no, tal vez no venga de serie y se aprenda. Sí, yo creo que se aprende a gestionar el dolor. Sólo que unos aprenden muchísimo y otros menos.

Qué sé yo. Hay gente que lo pierde todo y vive en la calle. Y vive. Hay gente que se quita la vida por un desengaño amoroso. Casos extremos. Enfermos terminales que se beben hasta el último segundo que les queda y adolescentes que se abren las venas por un suspenso o un desplante de un colega. Gente que puede con todo, gente que no puede con nada. Gente que pelea con uñas y dientes y gente que se queda como enclustrada en la pena, gente incluso que se niega a salir.

En fin, hablo por hablar. Lo dicho, este tema me desmonta.

Kaken dijo...

No creo que hables por hablar.
Tanto tú como los demás comentaristas sembráis de pistas las situaciones en las que se produce la deserción de la propia vida.
Desilusión.
Cuando alguien no es capaz de crearse nuevos objetivos, metas, ilusiones, se hunde.
Y da igual lo que tenga en bienes materiales.
Para ser feliz hay que diversificar las cosas que nos hacen sentir bien, no podemos centrarnos en algo único, que es seguramente lo que hacen los suicidas: un único interés que, si falla, se le lleva por delante.

Es muy penoso que seres queridos se vayan así, dejan una carga extra de culpa en quienes le quisieron y dudan de si estuvieron suficientemente alerta, la típica evitación a toro pasado.
Y no, el que se va ha elegido, es duro pero es así.

Lenka dijo...

Lo elige, sí, pero se elige cuando la mente no funciona? Hasta qué punto puede decidir alguien con una enfermedad mental, o con un estado anímico que le distorsiona la realidad? Porque sí, cuando te deja tu pareja es terrible, y te sientes una porquería, y sufres. Es humano. Pero es cierto que "no valgo para nada, nunca nadie me querrá, soy una basura, nadie me quiere, la vida no tiene sentido"? No, no es verdad, o así lo veo yo. Tu pena te hace distorsionar y ver sólo lo negativo. Ahí es donde nos haría falta tener de serie el botoncito del "no, no, alto, las estoy pasando moradas, pero es temporal. Y sí, valgo, y saldré de esta, y la vida merecerá la pena de nuevo. Y hasta puede que un día esto me parezca una chorrada y que logre aprender cosas". Ojalá lo tuviéramos!!!

Das en el clavo, Kaken. Qué terrible para los que se quedan, qué dolor, qué culpa!! Quizá por eso no puedo evitar ver cierto egoísmo en el suicidio. Que sí, te aseguro que trato de comprender, pero esa parte tan terrible, el dejar eso tras de mí... Mira, pa qué mentir, yo también pensé en la muerte en cierto momento de mi vida (quién no? Supongo que nos asombraría saber cuántos) pero si algo me hizo descartarlo fue pensar: "pero por dios, cómo voy a hacerle esto a mi madre, mi padre, mi hermano, mis abuelos, a mi prima, que me adora, a mis amigos, a mi tía R, a la vecina con quien intercambio libros?????" Sólo de pensar en el dolor que podía provocar para librarme del mío... qué va, imposible. Me parecía una atrocidad. Por mi madre, sobre todo. Fíjate, es que me pareció que no tenía ningún derecho a hacerle eso. Y ya ves, se trataba de mi propia vida!! Pero tuve esa sensación, y doy gracias por haberla tenido. Y ojalá la tuviera todo el mundo de serie, repito. Ojalá!!!