
Como el huesito del Trasto se suelda satisfactoriamente, volvimos al gimnasio. Allí descubrimos que tienen en plantilla a uno de mis incontables primos (qué les pasa a mis relativos? Ya tengo dos viviendo de esto de machacarse el body! Qué gente más sana, por favor!). Y ayer, también de sorpresa, nos topamos con su padre, es decir, mi tío Mivi (el culpable directo de mi vocación). Allí estaba, cultivando el físico por prescripción "hijicutiva", decidido no ya a quemar grasas (que nunca tuvo) sino a desviar neuronas. Lo explico ya mismo. Y es que hoy no os voy a hablar del tío Mivi como tal (eso merece entrada aparte y en mejor momento) sino del momento actual del tío Mivi.
Sí diré, a modo de croquis, que hablamos de un señor hiperactivo, sano, entusiasta, incansable (agotador para el resto de los mortales), con una intuición providencial a la hora de hacer lo que mejor sabe: educar chavales. Su físico ya impone. Ojos brillantes tras las gafas de miope, cuerpo fibroso, una calva reluciente desde que tengo memoria, unas greñas de estopa de media cabeza hacia abajo, barbas indomables y voz atronadora de bucanero. Un cruce entre payaso y pirata, digamos. Inconfundible. Una persona capaz de convertir mi Primera Comunión (la hice, sí, para disgusto de mi Pater) en una batalla campal con resultado de: parientes duchados en sidra, niños rebozados en verdín, tía menor con puñados de hierba metidos hasta en el sujetador, gafas rotas, viaje interestelar en segadora abandonada y camisa nueva arrancada a lo Hulk Hogan. Hay vídeo que lo demuestra. ESO es mi tío Mivi. Un tarado mental al que adoro.
Dicho esto, paso a relatar lo que me encontré ayer. Me encontré (y casi me caigo redonda del susto, aunque a disimular no me gana nadie) con un señor que había envejecido veinte años de repente, los ojos hundidos, la barba cuajada de canas, la espalda encorvada y las manos temblequeantes. Un señor que se tiró dos meses encerrado en casa sin querer hablar con nadie hasta que su hijo le sacó a patadas y le obligó a ir, al menos, al gimnasio a pasar el rato. Un señor que está de baja psicológica y al que no le permiten ni acercarse a su centro de trabajo, que es toda su vida. O lo era. Un señor que, como además de tío es colega, me contó lo siguiente:
Un buen día uno de los chavales anuncia que no le da la real gana de levantarse, reafirmando su postura con toda una retahíla de simpáticos adjetivos (hijoputa, cabrón, cerdo asqueroso, etc). A que os suena? (Sí, era marroquí). Como en el centro de Mivi no se andan con las mismas bobochorroces que en el mío, él y un segurata agarraron el colchón de la criatura (tras los tres avisos de rigor) y lo lanzaron por los aires con el chaval encima. Digamos que el muchacho no le vio la gracia al asunto y se lanzó a por Mivi, siendo interceptado oportunamente por el segurata. Ante la actitud violenta del joven, se procedió a su inmovilización y posterior traslado a camarillas, o sea, a una celda de aislamiento. Durante siete horas (siete) hasta el sereno pudo escuchar con claridad meridiana los gritos, insultos y amenazas del adorable mozalbete que, no sabemos si harto o afónico, optó por darse de cabezazos contra las paredes para conseguir una excursión al hospital (donde se certificó que con muchas ganas tampoco se había dao, pero bueno).
En el turno siguiente, dado que el chico se aburría tela, la emprendió a golpes con una educadora, embarazada por más datos. A camarillas otra vez. Cuando mi tío volvió seguían los aullidos de rigor. Tres días pasaron y el angelito mantenía su idea fija, cosa que hizo saber (otra vez) a Mivi en cuanto lo vio aparecer. La frase fue contundente: "si te atreves a entrar, te mato, hijoputa. Tú llevas aquí 37 años, pero no vas a estar ni un día más". Inciso explicativo: para cuando se llegó a tal punto insisto en que se llevaban tres días de insultos y amenazas (os puedo asegurar que hasta que no se vive algo así nadie llega a imaginar lo que es eso y en qué estado te pone) y, además, los educadores (Mivi incluido) habían recibido ya la noticia de que su compañera agredida había perdido al niño que esperaba. Así que llegó el click. Y el clik es algo que todo educador rechaza, condena, critica, que todo manual prohibe taxativamente, que cualquier persona en sus cabales jamás se permitiría, pero que a veces llega. Incluso cuando no ha aparecido en 37 años. Llegó el click, decíamos, se cruzaron los cables y en esta ocasión el segurata tuvo que agarrar a Mivi y llevárselo de allí mientras le repetía: "colega, déjalo, por Dios, que te buscas la ruina".
Ya no es sólo lo desolador que resulta ver a un ser querido (que además es el espejo en el que te miras profesionalmente) devastado y hecho trizas. No es sólo la rabia y la impotencia de que le hayan quebrado tras toda una vida lidiándolo todo con una sonrisa. Es tener que oír a esa persona asegurar: "hubiese ido pa la cárcel tranquilo, pero te juro que a ese pedazo de cabrón lo devuelvo a su tierra en una caja". Eso, amigos míos, es lo peor de todo. Lo que más jode. Ver una vocación sincera pisoteada. Comprobar, una vez más, que esto se nos ha ido de las manos por completo, y que personas que se dedican de corazón a ayudar a otras (y sí, asumiendo una enorme cantidad de mierda que va con el cargo) están abandonadas a su suerte por la gentuza de los despachos que diserta, sienta cátedra y se cuelga medallas al mérito cuando en su perra vida han estado (ni las putas ganas) a menos de un metro de un yonki con el mono, un enfermo mental en plena crisis, un violador en potencia o, sencillamente, un hijo de perra con impunidad. Que alguien venga ahora a decirme que los pañuelos en la cabeza son un problema.
Ojalá que esto no pueda contigo, Mivi. No lo mereces. Y un abrazo desde aquí a la compañera, que, desde luego, tampoco merecía el precio que ha pagado.