viernes, 3 de octubre de 2008

Olvidando el Otoño


Mira que normalmente lo espero como agua de mayo. Siempre ha sido mi estación favorita, pero esta vez, se me escapó. Me parece un descuido imperdonable, pero no he podido evitarlo. Él entraba de puntillas mientras yo dormía mi resaca francesa, mientras me enteraba del fin de mi trabajo (la huída de uno de mis Búhos), mientras trataba con todas mis fuerzas de no dejarme llevar por el desánimo y la decepción, mientras reordenaba mi vida, mis cosas, el interior de las maletas, mientras calculaba cuánto llevaría la mudanza (es curioso que una vida pueda calcularse en cajas), mientras me sentía invadida por la incertidumbre de andar de nuevo sin soldada y la ilusión de un nuevo comienzo (contigo), mientras los dragones del pasado empezaban a echar fuego por las narices, llenándome La Torre de humos (pero ay, querida, no hay mal que por bien no venga: la misma ventana que se me quedó abierta y permitió al Búho ingrato escapar, es la que ha ventilado esa humareda tuya, la que ha dejado colarse la ráfaga de viento que te arrancó la máscara. Ironías de la vida). Total, que con tanto ajetreo, se me olvidó el Otoño.

Llegó despacio a mi tierra, discreto, sin grandes aspavientos. Apenas lo notamos. Fue justo ayer, tan tarde, cuando al fin caí en la cuenta de que estaba aquí. Llovía en Vetusta y, otra vez, llegué empapada al curro, a ese curro del que ya queda tan poco. Tampoco. Pasé una noche fría, tiritando en mi cama, sonriente por el cariño de los niños buenos (a los que deseo lo mejor) y, a estas alturas, indiferente por las cafradas de los niños malos (a los que les deseo todo lo bueno que sean capaces de ganarse, y creo que con eso es maldición suficiente). Y tocó no pegar ojo, y madrugar, y armarse de valor para entrar en esa cocina post-ramadánica, que es la viva estampa de la desidia, la porquería, la mugre, el asco y la repulsión. Y había tal cantidad de grasa en aquel horno infecto, que el pan se quemaba sin remedio, y otra vez humos negros, y una peste insufrible. Está claro que hay cosas que no echaré de menos.

Pero de vuelta a casa, mi amor, el cielo estaba tan loco y tan lleno de Otoño, y llovía tanto a un lado del valle y tanto lucía el sol al otro lado, que, por primera vez, pude ver un verdadero arcoiris. Uno de verdad, indescriptible. Porque, hasta ahora, todo arcoiris era, en realidad, una pálida y disfusa cascada de colores apagados. Apenas un poco de rojo, un poco de amarillo y de verde. Pero esta mañana, era soberbio. Porque estaba entero, entero sí, un arco por fin, un arco completo que justificara su nombre. Y los colores no eran reflejos brumosos, no, nada que ver. Eran tan intensos, tan palpables que parecía que alguien los hubiera pintado a brocha. Podían distinguirse todos, a la perfección, ordenados en franjas. Del rojo al violeta, todos ellos. Como en las canciones infantiles. Es la primera vez en mi vida que veo el color violeta en el cielo.

La escena era de película, casi hasta ñoña. Parecía que el arcoiris iba persiguiendo al autobus. Y, de repente, se quedó a mi izquierda, hermoso, completo, como el dibujo de un niño. Y al final de los colorines... estaba Aceralia. Una fábrica horrenda y sucia, sí, pero la tuya. Y, además, estabas allí dentro en ese momento. Y todo era tan cursi y tan divino, que me tuve que reír. Llegué a casa y vi que te habías dejado encendida la lamparita de nuestro cuarto. Esa de las lunas y las estrellas. No sé si fue a sabiendas o un simple despiste. Lo que sé es que tenía todo el cielo desparramado por la habitación. Me encanta el Otoño.

9 comentarios:

Sra de Zafón dijo...

Yo no creo que haya ilusión más grande en este mundo que estar enamorado y que aún encima lo estén de ti. Y eso que he estado muchos años muy ilusionada sin estar enamorada.

Yo también tengo una lámpara con estrellas, bueno tengo dos, una con agujeritos en la porcelana, y otra que las proyecta.
No hay nada en este mundo que me haga sentir más feliz que verlas dibujadas sobre nuestras pieles cada noche. Es como un rito, o un conjuro atrapador de felicidad que no quiero dejar escapar,como darle un tronco a la lumbre cada noche. Y es que poder descansar pegada a la persona que amas es el verdadero paraíso. Sobre todo si conseguirlo te ha resultado difícil.
Ayer, cuando fui a recoger a mi chico a la salida del curro, el mar estaba del color de sus ojos: azul grisáceo. Desde que lo amo el mar y mi corazón son de ese color.
El amor es así y los arcoiris señalan siempre el camino que te lleva al otro por más cursi que parezca.
Me da que este otoño será especialmente hermoso…

Un beso

Rogorn dijo...

Joé. Hasta pa ponerse cursi vale la colega, jeje.

Ina dijo...

Ni caso al Hereje. Estar enamorada es lo que tiene, que hasta las canciones de la radio tienen sentido. :P

¿No os habéis fijado que todo el mundo (pero todo el mundo) sonríe al ver el arco iris? A mi también me encanta el otoño ¡A disfrutarlo!

Ado dijo...

Tampoco ha sido tan cursi,leches. A disfrutar del Otoño.

Albe dijo...

Cursi???
Lo justo.
Un beso!

Lal dijo...

Me ha encantado!
Quien no se pone un poco tonto un día otoñal de arcoiris? si le añadimos la lámpara se hace absolutamente inevitable.
Justamente hoy iba pensando al volver del trabajo que, por fin, sentía que era otoño.
Bienvenido sea.

Lenka dijo...

Muchísimas gracias a todos, no pensé que una tontería semejante daría para tanto ;-)

Pero no le peguéis al Hereje, caramba, que viniendo de él, eso que ha dicho es un pedazo de halago

;-)

Rogorn dijo...

Lenka es sabia. Lenka mentiende.

Y pa que conste, ella había dicho:

"Y todo era tan cursi y tan divino, que me tuve que reír"

:P

Lenka dijo...

Es que ya sabes que pa una marimachorra como yo, to lo que pase de una letra de Fito o el color negro, es una ñoñería mortal de necesidad.

;-)

Y conste que sigo opinando así, puñetas, pero es que a veces me dan unos arranques tontunos que no me reconozco!! Pero... resistiré!!!!