lunes, 4 de agosto de 2008

Escote y prejuicio


Quién no tiene ningún prejuicio? Que levante la oreja. Todos los tenemos. Uno de esos psicólogos que dan charlas en los colegios (todavía hacen eso?) nos explicó una vez que todo el mundo tenía prejuicios. A mí, inocente criatura, me preocupó enormemente, y me hizo sentir culpable. Afortunadamente, el simpático señor (que años más tarde fue profesor mío en la universidad) nos aclaró a renglón seguido que el prejuicio era normal. Que el cerebro registraba información, correcta o errónea y se basaba en ella para dilemas futuros. Ejemplo sencillo para niñas de EGB: si un perro te muerde, es fácil que a partir de ese momento desconfíes de los perros. A pesar de que, seguramente, la mayoría de ellos no muerden.

Llegaba yo la otra noche a Vetusta, dispuesta a afrontar una jornada más de curro. La estación de autobuses estaba hasta la bandera de gente. Lo de siempre. Los de Vetusta pasan el día en Gigia, los de Gigia en Vetusta. El caso es llevar la contraria. Entre el gentío no pude dejar de distinguir a un par de tías de lo más llamativo. Especialmente una de ellas. Cuarentona, sudamericana, mulata y llena curvas como carretera Astur. Tenía un culazo de esos modelo plaza toros, enfundado en unos pantalones piratas ceñidos hasta lo imposible y, seguramente, dos tallas por debajo de las medidas reales de la muchacha. Aprovecho para introducir una cuestión: el empeño de algunas mujeres por embutirse en ropa raquítica... a qué obedece?? Qué finalidad tiene?? Dejando a un lado la innegable incomodidad que sin duda supone... es que estas señoritas no advierten que semejantes apreturas no hacen sino sacar las mollas, incluso las inexistentes, por encima o por debajo de los bordes de la ropa?? Se trata de un empeño vanidoso por asegurar que usan la 38 en lugar de la 40, la 40 en lugar de la 42??

En fin, sigo con la historieta. Si os parece que los pantalones de la dama eran de traca (y creedme que lo eran) no os podéis imaginar el resto del atuendo. Consistía la cosa en un top blanco, de esos minimalistas, que mi hermano definiría como un kleenex. La prenda dejaba toda la panza al aire y lucía un escote de esos de caerse dentro (con la nariz tapada y las aletas). El escote, además, servía de escaparate a unas, con perdón, pedazo de tetas des-co-mu-na-les. De esas de las que se puede afirmar "son suyas" por el pastizal que le habrán costado a la ínclita. Redondas, neumáticas y con la piel tan estirada que casi te dan ganas de apartarte por si alguna revienta. Otra duda existencial: cuando una posee una espetera de tal calibre, sea natural u ortopédica, no le basta con tenerla?? Quiero decir que unas glándulas mamarias de la 100, o la 120 se ven. Vaya que si se ven. Incluso en chandal. No pasan desapercibidas, no. No digo yo que haya que esconderlas, no, para nada. Ya que están... Pero es necesario exhibirlas de tal manera?? Claro, me diréis, por qué no? Y yo pienso lo mismo. Me queda, no obstante, la duda de si una se compra esos atributos para sí misma o para los demás. Quizá entendáis mis cuitas al conocer el final de la peripecia...

He mencionado ya los dos kilos de maquillaje, los tacones de aguja y los hilillos del tanga literalmente asfixiados entre las carnosas caderas de la divina?? Lástima que no estaba allí el anteriormente mencionado Godzilla. Se le habría acercado sigilosamente para espetarle un "ELEGANTE!!!" que la hubiera dejado o bien encantada consigo misma o bien con la mosca tras la oreja, por si el comentario iba con segundas. Y sí, iría. Pero me desvío otra vez. La cuestión es que la susodicha entraba en la estación taconeando furiosamente, con remango caribeño y un cabreo de dos pares de... melones. Iba soltando una retahíla de insultos a cual más expresivo. La amiga asentía vigorosamente, compartiendo la indignación de nuestra protagonista. Todavía las tenía yo a dos kilómetros y ya podía escuchar claramente la salmodia: "asqueroso, puerco, viejo verde..." Ya me deleitaba yo imaginando la escena, pero no fue necesario. Me la contaron ellas mismas, reviviéndola a voz en grito.

Resulta que estaban las dos damiselas esperando para cruzar la calle cuando un conductor de edad venerable se paró a su vera y les preguntó cuánto cobraban. Prejuicio, claro. Sudamericanas, despampanantes y enseñando cacho a más no poder. Ergo, pilinguis. Al vejete le debieron decir de todo menos guapo. Me lo imagino, rojo hasta las orejas y deshaciéndose en disculpas. Avergonzado por quedar de putero ante damas que no eran del gremio. Me lo imagino rascándose la calva y murmurando: "virgen santa, pero si es que van en pelota picá!! Yo habría jurado que eran mujeres de esas de vida alegre!! Si es que no hay quien las distinga ya!!"

Y no me queda más remedio que admitir que tendría razón el abuelo. Que, a este paso, habrá que ponerles distintivo. Volver a lo del farolillo rojo o la rama en la ventana. Aunque no, que de eso ya tenemos. En forma de neones. Pero a las de la calle, habrá que ponerles un broche, o algo. Que sí, que demos gracias a los dioses que hoy día todo el mundo se puede vestir como le salga del respetable. Hurra y bravo. Lo malo es que se crea confusión, por aquello de los pérfidos pero humanos prejuicios. Y es que, no puede negarse, las hay en la calle Montera y hasta en el Barrio Rojo de Amsterdam que van más discretas. Doy fe. Me viene a la cabeza aquella brasileña flaca y mordaz (su nombre de guerra era Sandra) que conocí colaborando con una asociación que pateaba clubs de alterne para dar charlas a las chicas sobre salud, derechos y demás. Era simpática, vivaz, curiosa y lesbiana, lo cual, como podréis comprender, le hacía un tanto cuesta arriba su oficio (ya os contaré su historia otro día, merece la pena). Sandra llegaba cada noche al club en chandal, pelo recogido y sin maquillar, como una chica cualquiera que va al tajo. Sólo tras los muros del santuario se maqueaba de lumi. Quería ir por la calle pasando desapercibida, sin cantar explicaciones que a nadie importaban. Tenía frases geniales. Una de ellas se refería a las mujeres que gustan de exhibirse en exceso. "Mira a esa. La que es puta como yo, se esconde, y las que no lo son presumen de que podrían serlo. No es gracioso?" Pues lo mismo sí, Sandrita. Qué cosas.

13 comentarios:

Eli dijo...

jeje, Len.
Son el típico ejemplo del "dime de qué presumes y te diré de qué careces".
Buenísima la salida de tu hermano, pa que hubiera estado allí. Aunque a las tipas como esta hace falta mucho para conseguir callarlas, porque con tantos aspavientos por un malentendido...

Por cierto, me ha encantado el título ;)

Lenka dijo...

Jejejeje, gracias, Eli.
Sí, mi hermano tiene esa mala costumbre. Cuando se le funden las córneas con una de esas visiones esperpénticas siempre aprovecha la ocasión para soltarle a la protagonista su grito de guerra. Piropo malintencionado, jejejeje. Lo mismo que hace mi amiga Menchín con los tíos que van de divinos, engominaos, marcando paquete, sacando musculitos y atronando con música horrenda en sus coches tuneados... la frase de la Menchín también tiene su miga: "Ay, me acabo de enamorar!!"

;-)

Rogorn dijo...

¿Y no hay foto de la supradicha, jeje?
No de la dicha supra (aunque igual también), sino de la protagonista del evento.

Lenka dijo...

Créeme, Ro, no era tu tipo. Es más, no era nada guapa. Ni siquiera resultaba sexy. Sólo era ordinaria a más no poder. No tenía ni la edad ni el tipo para ir así vestida. Amos, es que ni una top model quedaría mona con aquellas pintas!!!!!

;-)

Anónimo dijo...

Tú lo dices :prejuícios. Yo también flipo con las carnes rebosando por las esquinas de la ropa y los labios fosforito chillando contra las miradas. También veo ordinariez en flacas de barrio tipo Belén Esteban, o en las niñas pijas que apoyan su autoestima en modelitos de gimnasio.
Vulgaridad, mediocridad y ordinariez no casan nunca con la elegancia, por mucha familia guay que hayas tenido o mucha ropa que te compres. Y he de reconer que el pijismo y la ordinariez me rechinan prejuiciosamente...
Pero en cuanto conozco a esas mujeres latinoamericanas, o valleacanas, o de Santa Bárbara, da igual, gordas a reventar o flacas hasta, y por, la naúsea, que dejan la piel limpiando los culos de nuestros niños y nuestros viejos, o que a las que se les escapan los días sudando en trabajos a los que nosotras ni nos acercamos... se me borran los prejuícios estéticos y prefiero ver en ellas la necesidad que todos tenemos de ser amados. Por que la mayoría de las que yo conozco en cuanto dejan el uniforme se "arreglan" para sus hombres, sus amores, sus chicos y yo lo único que puede sentir es ternura y respeto.
Me rechina mucho más el look de Ana Rosa y su maneras supuestamente elegantes,que a mi me resultan tremendamente ordinarias por ejemplo, mucho más el look rebosante de mi vecina mexicana y cuarentona, con 1.60 de "altura" y sus 80 kilos escapando por el pantalón pirata. A ella la veo bailar algunas noches de verano, en la cocina de su casa, bajo el ventilador, agarradita a su Paco. Las barrigas de los dos les obligan a contorsionarse para rozarse las caras... ay, pero que bonito! y qué guapos son!

Te recomeindo que veas una peli, con un título que no le hace ninguna justicia: "Las mujeres de verdad tienen curvas" que cuenta la historia de una chiquilla que quiere seguir estudiando y tiene que ir a trabajar al taller de costura de su hermana, y que describe, entre otras cosas, lo mal que nos tratamos las mujeres unas otras.

Es muy facil ver la elefancia en vez de la elegancia pero...tú lo dices son prejuícios.

Un panfleto de las Sra de Zafón :-)

Lenka dijo...

Jejeje, no hace falta que me vendas nada sobre los kilos. He pesado 50, 90, 82 y 60, según las distintas épocas de mi vida y los caprichos de mi ovario rebelde. Siempre he defendido la hermosura de cada ser humano, todos somos gloriosamente distintos y absolutamente hermosos. La fealdad la encuentro en otras partes, generalmente muy alejadas de los michelines o las arrugas. La fealdad suele residir en la estupidez, la frivolidad, la superficialidad, la envidia...

Tampoco necesito descubrir la dignidad de esas sudamericanas que llegan a nuestra tierra a hacer lo que a nosotros nos da grima: cambiar pañales a nuestros viejos, fregarnos el suelo o plancharnos las camisas. No lo necesito porque mi madre, que es de aquí de toda la vida, es fregona. De las pocas oriundas que quedan. Conozco a muchas de esas colombianas, ecuatorianas y brasileñas que son canguros, chachas, cocineras y putas. He trabajado mucho con ellas y por sus derechos. Y sí, son maravillosas, y currantas, y se vuelcan en los suyos. Son luchadoras, sabias, honestas y valientes. Muchas arrastran una elegancia y un saber estar que ya quisieran muchas señoras de. Y otras son liantas, perversas, mentirosas, codiciosas y vagas. Y algunas son horteras a morir. Y otras no. Como cualquiera. Como una de Burgos u otra de Ankara. Porque son personas, y presuponer que son buenas y estupendas sólo porque son extranjeras es también un prejuicio. Uno de esos paternalista y condescendiente en los que tanto solemos caer los mal llamados "del primer mundo". Hasta el punto de que vemos a una y podemos pensar que es una pobrecita desvalida digna de elogio y defensa. A lo mejor es multimillonaria. Igual es ingeniero naval, o tiene una cadena de restaurantes. Y nosotros mirándola con penita, eh?? Por sudamericana. Por dar por sentado que es fregona, o cuida viejos y tiene un Paco con el que bailar agarrao. Por considerar que, como es una pobre sudamericana, no podemos decir que es hortera si nos lo parece. Pues sí, podemos. Para mí es un signo de igualdad y respeto. La considero igual de hortera que a muchas españolas que veo a diario. Igualita.

La protagonista de esta pequeña anécdota era, por pura casualidad, sudamericana. Podría haber sido una niña pija de Vetusta, que las hay a montones y bien ordinarias. Pero era sudamericana, lo cual es un puro y mero detalle sin la menor importancia para mí. Era morena, tirando a feúcha, con muchas curvas y tremendamente ordinaria. Lo que no quita para que, probablemente, sea una persona maravillosa. Pero en treinta segundos, lo siento, no me dio tiempo a descubrir tanto. Sólo la fachada, lo que ella mostraba libremente, lo que, al parecer, le gusta que se vea en una primera impresión. Y, normalmente, de esas primeras impresiones, sesgadas, incompletas y posiblemente erróneas, sale la inmensa mayoría de las anécdotas. Que por algo son sólo eso.

Saludos!!!

Anónimo dijo...

Jajaja, qué temperamenteo Lenka, yo no intentaba venderte nada siemplemente te contaba mis propios prejuícios.
Mi trabajo consiste en tratar con este tipo de mujeres: (Exageradas, ordinarias, horteras) de las que un poco menos de la mitad son nacionales, y el resto extranjeras.
Lo único que quise mostrarte son mis propios prejuícios, precisamente por mi trato con ellas. Yo cuando las veo así de "arregladitas", aunque sean unas ordinarias y unas horteras, siempre veo en ellas a personas que quieren gustar... y acaban por enternecerme, aunque piense que tienen el gusto en el culo,lo mismo que lo pienso de las pijas. Y por ello jamás se me ocurría hacer o decirles nada que las ofenda. Del tipo "que elegante vas" o lo que sea. A mi no, a mi eso me parece tan ordinario como desacertado.

Y lo de la peli lo mencioné porque la mayoría de las veces las que peor tratamos a las mujeres en asuntos de intenciones y de estética somos las propias mujeres Y en esa peli lo cuentan bien.
Lo de venderte algo sobre kilos, Lenka, no era mi itención, pero de ellos hablas tú en tu entrada, de ellos y de la ordinariez de esos kilos embutidos, que en el caso de mi vecina Mexicana a mí me resultan hermosos, a pesar de todo lo hortera que es.

Besos de la Sra de Zafón.

Lenka dijo...

Tan ordinarios me parecen los kilos embutidos (no los kilos bien llevados) como los huesos exhibidos. Cuestión de gustos. Y nooo, qué va, de temperamento nada. Pregunta por ahí, hoy he estado la mar de fina y moderada. Puedo hacerlo mucho mejor.

;-)

Por supuesto nadie dice que plantarse delante de una hortera y llamarla ELEGANTE sea de buen gusto. Es algo que hace mi hermano y me limité a contarlo, sin juzgar si era correcto. Si vieras a mi hermano seguro que pensarías que no es el más indicado para ir cachondeándose del aspecto de la gente.

Eli dijo...

Yo no creo que la elegancia esté en lo que lleves puesto, sino en el alarde que hagas de ello. Y obviamente una tipa vocinglera con tantos aspavientos no da la talla en la escala del savoir faire. Independientemente de los kilos que ciña un atuendo diseñado, ni más ni menos, que para hacerse notar.

Lenka dijo...

A eso iba. Pero es que, además, la cuestión es que la anécdota ni siquiera se basa en un prejuicio mío, sino en el de un señor por completo ajeno a mí y hacia una mujer igual de ajena. Probablemente su prejuicio se basó en la ropa de la señora, en su exhuberancia descocada y sí, tal vez en el hecho de que era sudamericana. Craso error, desde luego. Pero bueno, una que se ha pateado docenas de puticlubs con una asociación os puede asegurar que las que allí trabajan son sudamericanas y de Europa del este. Es una mera realidad observable, sin juicio de valor alguno.

A lo que voy es que la anécdota habla de prejuicios, sí, del error de un vejete que dio muchas cosas por sentado al primer vistazo. Yo no emití un prejuicio, sino una opinión personal: la tipa me pareció una ordinaria. Sudamericana, madrileña o de Vietnam. Hortera a más no poder. El resto fue mera descripción. Mera realidad, lo que vi.

Naturalmente, de haber un prejuicio por mi parte, que lo hay sin duda, es el de que a esa señora en concreto le encanta que la miren. Es evidente, de lo contrario iría vestida de otro modo. Que le encante que la miren, ojo, tampoco es malo ni bueno. Es su elección.

Estamos de acuerdo, Eli.
Besos!!

Bowman dijo...

Vamos, q en la estación de autobuses sólo faltaba el sr Duque de Corso para haber sacado patente memorable.

Lenka dijo...

El Sr Duque habría sido más viperino que yo... seguro!!!

Besos, Maese Bowman.

Ina dijo...

Pues a mi el comentario de tu hermano me hace mucha gracia.

No soy tampoco la más indicada para cachondearme del aspecto de la gente, pero la máscara con la que salimos a la calle dice mucho de nosotros mismos. Es, como bien dice Lenka, la forma en que nos presentamos a los demás. Es pues, lícito, sacar alguna conclusión de esa tarjeta de visita. Pienso.

Y además, ¡qué coño! también hay que saber reirse de uno mismo.

Ina