lunes, 16 de julio de 2007

Un corazón dulce

Leah dio el último sorbo a su té aguado y, ciñéndose el chal, se puso en pie. Le habría encantado quedarse horas y horas contemplando el fuego, pero sabía que no era posible. Colette, la oronda cocinera, resoplaba y farfullaba para sí, dando golpes y desportillando las ollas ennegrecidas. Estaba furiosa, como de costumbre.
El estómago de Leah se retorcía de hambre, a pesar de que el olor del guiso no resultaba nada apetitoso. Sopa insípida, tocino rancio, una patata asada y pan negro. Siempre lo mismo, una y otra vez, noche tras noche.
- ¡Despierta, niña! – bramó la cocinera -. Se hace tarde.
La joven respiró hondo y levantó la enorme olla humeante.
- ¿Dónde demonios está Reine? – exclamó Colette echando en falta a su otra ayudante.
- No lo sé... – mintió Leah.
Lo sabía de sobra. La fogosa Reine estaba, a buen seguro, retozando con cualquiera de los muchachos en algún rincón del caserón. De nuevo se las había arreglado para desaparecer justo a la hora de la cena, dejándole todo el trabajo. Más tarde, regresaría despeinada y radiante, con los ojos encendidos y agotada, y, con la más absoluta desvergüenza, la abrazaría por la cintura, le susurraría un “lo siento, bonita, no lo haré más” y se pondría a fregar las ollas canturreando. Y aquella noche, cuando ambas compartieran el camastro desvencijado de su habitación helada, Reine insistiría en contarle todo tipo de porquerías con su lenguaje procaz y descarado. Y ella, pobre e inocente, terminaría riéndose por lo bajo, incapaz de enfadarse con su insolente amiga.
Los pasillos estaban oscuros y fríos como una cueva. Fuera, el viento aullaba y la lluvia de noviembre azotaba los cristales. Por todas partes se escuchaban los lamentos de los internos, golpes, risotadas, gemidos y sollozos. Las astilladas escudillas, con sus cucharones de madera, esperaban ya ante cada puerta. Las fue llenado una a una, a lo largo de aquel interminable via crucis. Cada vez que servía una ración, golpeaba suavemente la puerta con los nudillos. Y entonces, un ventanuco se abría casi a ras de suelo y una mano ansiosa aparecía para recoger el alimento. Conocía bien todas las manos. Las había famélicas, como la de la mujer que se creía un pájaro; o rechonchas y deformadas, como la del hombre que babeaba. Las había llenas de cicatrices, como la de la joven que deseaba morir; quemadas, como la del anciano que se creía inmortal; o mutiladas, como la del gigantón siniestro que había matado a todos aquellos niños. Manos dementes de personas dementes.
El manicomio era su único hogar, desde el día de su nacimiento. Su madre había servido en él terminado sus días, enferma y consumida, cuando su única hija apenas tenía doce años. El Doctor, demasiado piadoso como para desentenderse de la niña, no había sido capaz de cerrarle sus puertas. Los locos no la asustaban. Algunos de ellos eran peligrosos, por lo que pasaban atados la mayor parte del tiempo. Otras veces se les azotaba, o se les privaba de comida. Todos recibían corrientes, a todos se les sumergía en agua helada. El Doctor aseguraba que sólo así estaban tranquilos. Leah sentía lástima por todos ellos, pero jamás habría osado cuestionar los métodos de un hombre tan sabio y al que tanto debía.
Sólo uno de aquellos personajes la atemorizaba. Era un hombre joven, alto, fuerte, de pelo rubio oscuro y ojos color turquesa, los ojos más bellos que ella había visto jamás. El chico se llamaba Jean, y jamás gritaba ni se comportaba mal. Era tranquilo, educado, en apariencia inofensivo. Sin embargo, había matado al menos a veinte adolescentes, torturándolas implacablemente, con una frialdad inhumana. El Doctor le describía como un tipo sádico, metódico e incapaz de sentir compasión. Cada vez que Leah se acercaba a su celda, sentía un vacío aterrador en el estómago. Jean no esperaba la cena con ansiedad, arrodillado ante la puerta. Permanecía siempre de pie, contra la pared, mirándola con sus ojos turquesa y una sonrisa que la hacía temblar. Ella intentaba desesperadamente fijar la vista en el suelo, pero aquella mirada azul la hechizaba, y siempre, siempre, terminaba buscándola entre los barrotes del pequeño tragaluz. En aquella ocasión ocurrió exactamente así. Pero Jean no le dio las buenas noches, como solía. En lugar de eso, le habló suavemente, con su voz acariciadora.
- ¿Dónde está la preciosa Reine?
Se estremeció de pies a cabeza.
- No lo sé.
- Es una jovencita muy díscola y despreocupada, ¿verdad? Ah, la pobrecita Leah... siempre te toca a ti hacer el trabajo sucio.
El cucharón le temblaba en las manos, y gran parte de su contenido se derramó por el suelo.
- Esa lasciva muchacha debería tener un escarmiento – dijo Jean. La idea pareció divertirle -. Oh, sí, ya lo creo. Alguien debería darle una buena lección...
Leah dejó la escudilla ante la puerta y salió corriendo. No podía entender la razón, pero la calma de aquel joven le hacía sentir un pavor más hondo que los alaridos de cualquier otro interno.
Reine no hizo acto de presencia a la hora de fregar las ollas. Colette bufó como una gata furiosa. Las campanas del monasterio cercano sonaron nueve veces, pero Reine aún no se había dignado aparecer. Agotada, Leah se desvistió, se puso su viejo camisón y se dejó caer en la cama. Su pequeño fuego no tardó en apagarse, pero la joven no tenía fuerzas para levantarse del lecho y avivarlo. Cayó en un profundo sueño.
De repente, algo la despertó. De alguna manera supo que era demasiado temprano, mucho antes de las cuatro y media, la hora a la que debía levantarse. La cama estaba fría. Reine no había dormido junto a ella. Era la primera vez que algo así sucedía, y Leah se sintió inquieta. Se levantó y se cubrió con el chal. Todo el caserón era presa de una agitación insólita. Los internos chillaban, lloraban, aullaban, daban golpes. Consternada, vio pasar a varios de los muchachos, que maldecían en voz baja. Distinguió a Colette, pálida como una sábana, sentada en un rincón. El Doctor daba órdenes al fondo de un corredor.
- ¡Sacadlo de ahí! ¡Llevadlo al sótano! ¡Será castigado por su atrocidad! ¡Azotadlo hasta que no pueda tenerse en pie! Te aseguro, maldito hijo de Satanás, que vas a suplicar que te matemos.
La risa de Jean resonó burlona en sus oídos.
- ¿Vamos a jugar, doctorcillo? Juguemos... sabe que me encanta el dolor. ¡Incluso puede que me ahorquen! Aunque... quizá no, ¿quién sabe?
Philippe, aquel barbudo enorme, el ayudante del Doctor, arrastró al joven por el pasillo, sujetándole las manos a la espalda. Leah se apretó contra la pared, aterrada, cuando ambos pasaron junto a ella. Jean la miró, con una expresión tan siniestra que, por un momento, se quedó sin aliento. Quiso apartar la vista, pero no pudo. Se quedó atrapada por aquel azul hermoso y desquiciado.
- ¿Has pasado frío esta noche, sola en tu cama, Leah? – le susurró suavemente -. La preciosa Reine también tenía frío. La calenté entre mis brazos y devoré su corazón. Me pregunto si el tuyo será tan dulce...

9 comentarios:

Cristina dijo...

Me encanta Len. ¿Te has propuesto alguna vez escribir un libro?
Besos.

Lenka dijo...

Todos los días desde hace unos veinte años, Cris!! ;-)

Tengo historias para aburrir. Montones. Ni sé cuántas. Otra cosa es que pierda el "miedo escénico" y me atreva a hacer algo con ellas. Pero lo intento, lo intento.

Anónimo dijo...

Genial!!!!!

Alb.

Lal dijo...

Por los dioses! has de perder ese miedo escénico SHA!
Increible Len, gracias por compartirlo.

Cristina dijo...

Pues como dice lal, debes perder ese miedo escénico, y hacer algo com ellas. Porque merecen la pena.

Eli dijo...

Recuerdo este cuento, Len.
Gracias por compartirlo entonces y ahora.

Celadus dijo...

Realmente fantástico, Len. Me ha dejado un cierto repelús en el cuerpo, no lo voy a negar. Enhorabuena.

Anónimo dijo...

A ver si se te quita del todo el miedo Le, que nos estamos enganchando a tus historias.

Guaja

Lenka dijo...

Gracias a todos!!