lunes, 9 de julio de 2007

Nombres malditos


No soy creyente ni supersticiosa. Pero me gustan los ritos. Algunos. Me gustan las velas, jugar a ver el futuro con una baraja o esconderme entre los árboles o frente al mar cuando necesito calma. Me gusta meditar a veces, tumbarme a oscuras y dejar que la música me eleve. A veces pienso en seres queridos que sufren y les imagino dentro de una pirámide de luz. Me gusta creer que con esos trucos infantiles, con esas pequeñas magias, consigo cosas buenas.

Me gusta la noche, la luna, los gatos y los búhos. Siempre he tenido más alma de bruja que de hada. Me gustan mis pequeños talismanes. Creo que nací bajo una estrella dual (capaz de la mayor languidez y de la más extrema energía) y básicamente nostálgica. Mi humor cambia como la marea y casi siempre sin motivo. Creo que soy un alma triste con habituales arranques de entusiasmo. Lo asumo, lo llevo bien.

Pero eso sí, creo en la suerte. Al menos en la de algunas personas. Conozco a personas de esas que siempre encuentran el apartamento más estupendo de pura casualidad, que consiguen el viaje más exótico y barato en el último segundo, que reciben la mejor oferta de empleo dos días antes de que finalice su anterior contrato. Hay personas que nunca tienen que esperar al autobus, porque éste llega siempre en cuanto ellos ponen un pie en la parada. Personas que siempre logran las últimas entradas del espectáculo, que consiguen la devoción de aquellos en los que ni se fijaron, pero que al final resultaron parejas maravillosas. Hay personas con estrella. Yo no soy de esos. Yo soy de las que se quedan a la puerta en casi todo, en el piso con dos terrazas, el trabajo perfecto, el amante ideal. Normalmente la vida me permite ver, acercarme lo suficiente como para desear y luego decide que no es para mí. También eso lo tengo asumido. Y supongo que me está bien empleado por ser tan aficionada a las heroínas trágicas.

No creo en el destino, pero sí en la misión que cada cual tiene. En las lecciones que uno debe aprender en la vida. Y creo que son tan evidentes que sólo alguien muy poco dado a mirar hacia dentro es capaz de ignorarlas. Sé que mis lecciones en esta vida son tres, básicamente. Aprender a dominar la ira es una de ellas. El esfuerzo constante es otra (difícil lección para una veleta casquivana y diletante en todo cuanto se propone). Cultivar la paciencia es la tercera. Se supone que, cuando me enseñan el piso de mi vida y me dicen dos días después que se lo han dado a otro, debo sonreír en lugar de blasfemar, buscar con más ahínco y confiar en que, al final, todo saldrá bien. El resumen de mis tres lecciones podría ser el optimismo. Y cualquiera que me conozca sabe bien lo improbable que es imaginar que yo me vuelva optimista. Por eso agradezco a todos los Coelhistas que voy cruzándome en mi camino los enormes esfuerzos que hacen por soportarme. Y lo mucho que me enseñan.

Eso sí, en medio de mi mundo racional de pesimismo, nostalgia del éter, ira, pereza, impaciencia y pequeñas y aburdas magias, reina la más estúpida de las supersticiones. Los nombres malditos. Hay nombres que me persiguen con insistencia de perdiguero. Nombres que me predisponen ya de entrada contra la persona que los ostenta. Tantas veces he tenido serios problemas con los portadores de dichos nombres (portadoras en este caso) que su sola mención me pone alerta. Medito seriamente y trato de ser racional. Es una superstición absurda, luego, ¿no seré yo, con mis prejuicios, la que se empeña en que las así bautizadas sean mis enemigas? Analizo los hechos con toda la frialdad de que soy capaz. Y, finalmente, el resultado me deja más confusa si cabe. Fui amiga de esos nombres y todo terminó mal. Llegaron de nuevo, repetidos en otras personas, y todo terminó mal. Seguramente es absurdo considerar tal casualidad como un hecho irrefutable, pero, ¿cómo evitarlo? Los nombres vuelven una y otra vez, y las cosas se tuercen. ¿Profecía autocumplida? ¿Sería yo más tolerante con ciertas personas si sus nombres fueran otros?

Respira hondo (soy un junco), renuncia a la ira (soy parte del universo), sonríe (soy feliz), piensa en positivo (la vida es hermosa), esfuérzate (qué chica más adorable) y ten paciencia (al final todo irá bien). Sé optimista. Renuncia a la oscuridad, camina hacia la luz. Puedes hacerlo. ¿Puedes hacerlo? Maldición. El yoga no es lo mío. En mi próxima vida me tocará volver como serpiente. Seguro.

7 comentarios:

Cristina dijo...

Hay que intentar ser optimista, aunque a veces nos cuesta. Pero no por eso eres peor. Tu tienes tus cosas buenas como todo el mundo.
Con respecto a los nombres, quizá sea superstición o quizá no. A lo mejor es que el nombre de esa persona te recuerda las cosas malas de las otras que llevaban ese mismo nombre.
Pero ante todo mi consejo es que seas tu, y que hagas siempre lo que el corazón te diga.
Muchos besos.

Anónimo dijo...

Curioso, hoy me he dado cuenta de que hay una erasmus en mi clase que se llama Lenka.

Cada uno tenemos nuestras propias autosupersticiones, maneras de autosugestionarnos o de protegernos o de hacernos sentir mejor mediante una simple tonteria, un simple acto o unas simples palabras. Pero es eso, un truco del cerebro para hacernos sentir de una determinada forma. Es dificil quitarlos, hay quien les llama "manias", pero cada uno se siente agusto con ellas.

Tambien está la teoria de que el nombre condiciona a las personas, y que todos, si nos llamaramos de otra manera, seriamos distintos.

Mientras seas tu misma.......besotes, Alatesta

Celadus dijo...

Todos tenemos nuestras manías, sería absurdo negarlo. Que forzamos nuestro destino en base a nuestros juicios y valores para mí es un hecho palpable. No se si es lo que te ocurre con esos nombres.
Pero negar la evidencia suele ser un camino poco útil. No se puede ser un junco si uno es una rama de roble, ni la vida es siempre hermosa, ni la ira se marchará por mucho que la niegues. Más bien al contrario, si te enfrentas a tu ira tendrás dos enemigos: el objeto de tu ira y tu propia ira. Pero tu eres una chica lista y creo que eso ya lo sabes. Por eso has tomado el camino más práctico: observarte a tí misma para conocerte a fondo. Observar continuamente y comprender sin juzgar nuestras reacciones, el origen de nuestras emociones, los hábitos adquiridos y un largo etcétera, es el paso imprescindible para centrarnos y poder ver las cosas como realmente son.
Y lo dejo aquí porque me estoy poniendo demasiado coelhista, pero es que me lo has puesto a huevo, gemela ;))

Lenka dijo...

Gracias a los tres!!

Gemelo, no está mal eso de ponerse Coelhista alguna vez.

;-)

Anónimo dijo...

No sabes (o quizá i...) lo bien que te entiendo....

Alberich.

Anónimo dijo...

Casi merece la pena que no tengas más que de sufrir para que escribas así. Bueno, no lo merece, pero si crees en karmas y razones escondidas, tómalo como pago al barquero por tu arte.

Ro

Lenka dijo...

Cuando era muy pequeña oí decir a un escritor que la melancolía le resultaba imprescindible para escribir. Que era escritor porque era nostálgico. Que cuando era feliz, no se le ocurría nada. Si este es el pago, me siento afortunada.

Pero, en cualquier caso, creo que nadie me había dicho nunca nada tan bonito. Gracias, Rogorn.