lunes, 10 de mayo de 2010

Charlotte y el papel amarillo


Charlotte Perkins Gilman nació en Connecticut en 1860. Cuando era niña, su padre abandonó a la familia, dejándoles en una situación bastante complicada. Dado que la madre no podía mantener sola a sus hijos, Charlotte pasó parte de su infancia con algunas de sus tías paternas de muy distintas opiniones sobre "la cuestión femenina", como Isabella Beecher Hooker, conocida sufragista, Harriet Beecher Stowe, (autora de La cabaña del tío Tom) o Catharine Beecher, mucho más conservadora y convencida de que el lugar de una mujer era su hogar.

Charlotte estudió diseño y se ganó su independencia trabajando como artista de postales comerciales. Se casó y tuvo a su única hija, Katherine. Tras el nacimiento de la pequeña, Charlotte se vio sumida en una tremenda depresión cuyos motivos nadie podía comprender. Consultó al doctor Mitchell, uno de los especialistas más afamados de Estados Unidos, y llegó a confesarle que se encontraba mucho mejor cuando estaba de viaje, lejos de su marido, su hija y sus obligaciones domésticas. Mitchell no tomó en cuenta las palabras de su paciente y le aconsejó del modo que sigue: "Lleve una vida lo más hogareña posible. Tenga a su hija con usted todo el tiempo. Échese durante una hora después de cada comida. No tenga más que dos horas de vida intelectual al día. Y no vuelva a tocar una pluma, un pincel ni un lápiz en lo que le quede de vida".

Charlotte hizo todo lo posible por seguir las intrucciones de su médico, llevando a rajatabla aquella "cura de descanso" en la que era pionero. El tratamiento estuvo a punto de acabar con ella. "Estuve peligrosamente cerca de perder la razón. La agonía mental se hizo tan insoportable que me sentaba con la mirada vacía, moviendo mi cabeza de un lado a otro". Tiempo después, Charlotte entendió lo que le ocurría. Quería ser escritora y no podía resistir su destino de esposa dócil. Se separó de su marido (cosa insólita en aquellos tiempos) y se fue con su hija al otro extremo del país. Obtuvo el divorcio años más tarde.

Se convirtió en abanderada del activismo feminista, escribió (ensayos, poemas, cuentos, una novela, periódicos, revistas), trabajó dando conferencias, crió a su hija y no sufrió más crisis nerviosas. Su ex marido volvió a casarse con una de las mejores amigas de Charlotte, y ella se alegró sinceramente. Katherine pasó largas temporadas en casa de su padre y su madrastra, de la que Charlotte llegó a decir en sus memorias: "la segunda madre de Katherine era tan buena como la primera, y quizás mejor en más de un sentido". En 1900 contrajo matrimonio con su primo, Houghton Gilman, abogado, al que no veía desde hacía quince años. En 1932, se le diagnosticó un cáncer de mama incurable. Charlotte era una gran defensora de la eutanasia, y decidió suicidarse con cloroformo en 1935. Dejó escrito en su autobiografía y en su nota de suicidio que "elegía el cloroformo al cáncer" y que su muerte sería rápida y tranquila.

Antes de eso, en 1892, Charlotte escribió el que se convertiría en el más conocido de sus relatos: "El papel de pared amarillo" (o "El empapelado amarillo"), en el que narra en primera persona su experiencia con la terapia de inactividad total recomendada por el Doctor Mitchell. El cuento no tiene desperdicio. Asistimos a la peripecia de una mujer atendida por un esposo paternalista (médico en la fábula), encerrada en un dormitorio cuyas paredes la asfixian por completo hasta enloquecerla. Resulta una historia inquietante, pero con ciertos tintes cómicos. A día de hoy, provoca una enorme desazón, perplejidad ante aquella realidad tan surrealista y una más que lógica comprensión por las mujeres de una sociedad en la que el sexo femenino era, además de débil, histérico, incapaz, imperfecto, poco menos que una malformación, una anormalidad turbadora y enojosa para los hombres. Una época en la que cualquier intento por salirse de los corsés se consideraba una excentricidad intolerable o, directamente, una demencia peligrosa que se debía atajar cuanto antes. Una época en la que no se concebía la depresión post-parto, ni ninguna otra insatisfacción provocada por las obligaciones femeninas, ya que, eso se creía, más que obligaciones eran devociones, la esencia y alma de la hembra, su destino, su naturaleza, su razón de ser. Cualquier actividad intelectual alejaba a las mujeres del camino marcado, provocándoles (era cosa bien sabida) aquellas crisis nerviosas tan molestas. Y de nada servía que algunas osadas, como Charlotte, declararan abiertamente que era precisamente la forzosa devoción al hogar la raíz de su angustia, mientras que la creatividad y la actividad (física y mental, tan aparentemente contrarias al plácido espíritu femenino) constituían su tabla de salvación y la cura contra sus males.

Charlotte no dudó en enviar al Doctor Mitchell una copia de su curioso relato. El Doctor le respondió tiempo después, asegurándole que aquella lectura le había convencido de la conveniencia de cambiar sus tratamientos. "Si fue así - aseguró Charlotte - quizás mi vida no haya sido en vano". Os aconsejo que leáis el cuento. Merece la pena. Confieso que tenía muy abandonadas a mis Mujeres Malas. Iba siendo hora de arrancarlas del papel de dormitorio.

17 comentarios:

Juan dijo...

Qué fácil es dictaminar como deben ser los demás. Y si no se atienen al concepto de lo que "debe ser", ser tachado de cualquier disparate.

Vive y deja vivir es la frase más respetuosa que conozco.

Lenka dijo...

Pero esa sencilla premisa costó sangre, sudor y lágrimas a las mujeres, Juan, ya sabes. Y lo que nos queda...

Katha dijo...

Un brindis por todas aquellas luchadoras.

Un saludo

PD: Pues, hablando del papel amarillo, fíjate que, desde que dejé de darle al fucsia, estoy más nerviosa, me enfado con más facilidad y, todo sea dicho, soy menos feliz.

Lenka dijo...

Te entiendo perfectamente, Katha. Yo hace siglos que no le doy a la tecla (salvo por el blog), más que nada porque no tengo tiempo con las oposiciones. Y oye, no falla, justo cuando no puedo se me ocurren miles de ideas. Y, por supuesto, cuando estoy ociosa nada, ni una. Qué rabia, qué descordinación!!!!

Aunque reconozco que en mi caso también influye el estado de ánimo. Escribo más (y mejor, creo) cuando no soy feliz. Qué cosas. Me llega a pillar a mí por banda el Doctor Mitchell ese y me corta las dos manos, "por mi bien". Y ya ves, el pobre tampoco acertaría, porque cuando yo estoy hecha polvo no encuentro mejor terapia que escribir historias. Está claro que, sencillamente, es un disparate privar a la gente de lo que le hace feliz o lo que le sana.

Kaken dijo...

Lenka, sólo te diré que pasé, mínimo, mis primeros 21 años de vida en una habitación de papel amarillo...

Buena tu entrada, gracias, un bes.

Corsaria dijo...

Excelente cuento... Gracias, Socia, por presentarme a su autora!!!

Sra de Zafón dijo...

Ya tenía yo ganas de pasarme por aquí con un poco de tiempo.
Me encanta esta sección tuya de mujeres malas.

Esta, en concreto, me hace reflexionar sobre la culpabilidad femenina.
Sobre lo imbricados que siguen placer y culpa en la mujer actual.

¿Cuántas mujeres todavía se sienten culpables por desear no estar siempre con sus hijos?

A mí me parece un ejercicio de generosidad, por parte de las madres, enseñar a sus niños que el amor no tiene nada que ver con la necesidad de estar sola, de escribir, leer, o lo que te salga de las narices.
Disfrutar de uno mismo creo que, como quererse a uno mismo, es la única manera de poder disfrutar de los demás.
Si ofreces dedicación y atención para no sentir culpa, no estás dando amor a los demás, sólo calmando tus ansias.
Muchas mujeres que conozco se sienten malas madres porque nunca llegan a reconocer su necesidad de tener vida al márgen de sus hijos. En vez de eso, sienten que cuando algo les da placer, sin estar ellos, los están desatendiendo, y por tanto son malas madres.

Sí considero que no es adecuado proyectar sobre los hijos que la única función importante en tu vida es ser madre, porque ello encierra un arma de doble filo en donde las culpas, de todo tipo, las acabarán sintiendo los hijos.


Los hijos te cambian la vida, te enamoran, te atrapan, y durante una etapa necesitan casi todo tu tiempo, pero crecer saludablemente es hacerlo sabiendo respetar el tiempo de los demás y aprendiendo a pedir que respetan el tuyo.

Así que si nosotras mismas nos enredamos en nuestras culpa, cómo no caer en las redes que nos tejen los demás: maridos,madres, suegras, médicos, maestros, o quien tenga ganas de tejer y de paso jodernos todo lo que puedan, siempre por nuestro bien, por supuesto :)

La lucidez y valentía de esta pedazo tía, además de su manera de escribir, me fascinan.

Buenas e imsomnes noches (dejé pasar el sueño...)

Juan dijo...

Que gran verdad Chusa. A veces nosotros mismos nos colocamos una etiqueta que nos priva de libertad. Ser madre o padre es una especialmente peligrosa. Parece que ser un buen padre consiste en atender siempre a tus hijos, a disfrutar sólo con su compañía, a no tener tiempo para pintar, escribir o irte en bicicleta cuando te apetece. Ser padre de esta forma te puede anular como ser humano y, de paso, anularte como buen padre.

La relación entre padres e hijos es muy especial, hermosa y maravillosa, pero sólo es una parte de tu vida. Anular otras facetas para alimentar esa paternidad termina haciendo fracasar incluso aquello por lo que has renunciado a todo.

Lenka dijo...

Me apena oírlo, Kaken. Pero me alegra que lo digas en pasado. 21 años son muchos (demasiados!) para estar atrapada en un cuarto de papel amarillo. Bravo por escaparte y nunca más te dejes aprisionar!!!

Socia, hace años que había leído sobre esta mujer en un libro (sobre mujeres) de Rosa Montero (ahí empezó mi afición por las Mujeres Malas), pero no fue hasta ahora que dí casualmente con el cuento en la biblioteca del barrio (chica, qué descubrimiento, tienen cosas de lo más raras de encontrar!) y por fin lo pude leer. Celebro que te haya gustado!

Zafo, qué trampa terrible la de los hijos! Puede que nos hayamos liberado poco de poco de muchas otras cosas (con mayor o menor éxito) pero lo de los hijos... creo que es el sumun de las culpas femeninas. No me cabe duda de que cada vez más es un tema de dos (como debió ser siempre) y no se puede negar que los padres (varones) de hoy se implican más (y quiero creer que para muchos no es obligación, sino devoción). Qué decir de esos abuelos que jamás en la vida cuidaron a sus propios hijos (como mucho les daban un coscorrón distraído al volver del curro) y que ahora se desviven por los nietos! Una estampa que me alucina y me encanta ver. Pero queda, queda mucho aún.

Siguen mirándote como a un bicho raro si osas decir que no deseas hijos (eso te convierte ipso facto en inmadura, egoísta, fría o en menos mujer) y conservamos esa pregunta odiosa de "cómo hacen las mujeres para conciliar vida laboral y familiar?", cosa que me repatea el hígado, porque no se les pregunta a ellos jamás.

"Si ofreces dedicación y atención para no sentir culpa, no estás dando amor a los demás, sólo calmando tus ansias". Me quedo con esta frase, me parece brillante. Es una pena que muchas personas (mujeres, generalmente) no se hayan dado cuenta de eso, ni tengan la menor idea acerca de dónde salen esas ansias suyas, esa necesidad. Porque sin identificar la raíz es imposible luchar contra las cosas.

Lenka dijo...

Como decís tú y Juan, creo que parte de educar sanamente a un hijo es enseñarle a respetar el tiempo privado de los demás. Y así aprenderá a disfrutar de su propio tiempo. Hay niños que, desde bien canijos, parecen saber eso de algún modo, y les gusta pasar ratos jugando a solas, en su mundo. Y hasta les molesta que les invadan el espacio. Otros demandan atención constante y creo que es un error no ponerle remedio. Porque, como hemos dicho mil veces, casi todo lo aprendido en la infancia (bien o mal aprendido) se arrastra después.

Otro día intentaré sacar el tema de las relaciones adultas. No sólo las de pareja, no, me refiero a todas: las de amistad, las familiares, las vecinales, las del curro, así en general. No tenéis la sensación de que hay muchísimas maneras insanas de relacionarse?? O me lo parece sólo a mí?? No pretendo ir con el manual en la mano, ni con la Verdad Absoluta, pero realmente pienso que (aunque siempre puede haber matices) hay muchísimas personas que tienen unas ideas acerca de las relaciones con los demás tremendamente patológicas. La forma de entender la pareja, la amistad, los códigos familiares... y casi siempre basan todo eso en "lo que debe ser", o en niveles de exigencia que consideran inamovibles. No hay el menor ápice de empatía con el otro, todo es "yo", lo que quiero yo, lo que merezco yo, lo que necesito yo, lo que tú no me das a mí. Y eso engendra mucha frustración, claro, porque el nivel de perfección que se exige a los demás es inalcanzable!

Lo tremendo de todo esto es que tengo la sensación de que por patológico que me parezca a mí, es lo que se considera "normal" por la mayoría. Y eso me alucina. Una de dos, o soy realmente rara, o se me escapa algo. Pero bueno, esto ya es otro tema y dará para muchas entradas más, seguro!

Davidin dijo...

Un saludín

Lenka dijo...

Pues sí que se me explaya usté, demonios!!! Pero gracias por el saludín y unos besines.

Sra de Zafón dijo...

Evidentemente que eres rara, por eso te leo y me comunico contigo :-), pero ser raro, extraordinario y/o ver las cosas desde fuera de la manada creo que simplemente es lucidez pura y dura.

Relaciones patológicas,qué interesante tema :-)Te espero...

Casi todas las relaciones de las personas que me rodean son patólogicas. Casi todas están llenas de obligaciones exigidas por mitos y tabues que les hacen relacionarse a traves de un lenguaje que dicen no querer hablar, pero que siguen a pies juntillas.

"Tengo que" porque él/ella es tal e hizo tal.
"Tengo que" porque es mi marido, mi madre, mi hijo, mi primo o mi vecino...

Tengo que... porque si no va a pensar tal y cual, etc.

Odio los juegos de ajedrez fuera del tablero. Sólo si son jugando y los jugadores saben que lo están haciendo.

Tengo que... seguir currando, jajajajajaa

Sra de Zafón dijo...

Felicidades por ese curro!!! acabo de enterarme ...

Lenka dijo...

Gracias mil, Chusa.

Pues mira, es un consuelo saber que, aun siendo rara, no soy la única! XD

Exacto, relaciones patológicas por todas partes, basadas en ideas preconcebidas (que sólo por serlo ya resultan bastante insanas, creo). Contra eso siempre me estoy peleando, aun a costa de seguir oyendo que soy rara. Seré rara, o una sabihonda (como apuntan muchos) o será que me encanta llevar la contraria (como apuntan otros), pero coñe... si algo te parece absurdo y ves que, encima, incluso a muchos de los que lo defienden les crea toneladas de frustración, angustia, follones e infelicidad... quién es el raro aquí????

Hablaremos de esto largo y tendido, seguro!!

Juan dijo...

RAE
Raro: Extraordinario, poco común o frecuente. Escaso en su clase o especie. Insigne, sobresaliente o excelente en su línea.

La rara eres tú Lenka. Lo dice el diccionario.

Relaciones patológicas. Ummmm, tengo ganas de leerlo. Pero las relaciones no son las insanas sino las emociones mal encauzadas de las personas son las patológicas. Detrás de una relación mala suele existir un problema personal. De hecho, esa persona va a tender a tener todas sus relaciones viciadas.

Lenka dijo...

Jajaja, gracias Juan. Qué bonito lo que me has dicho (aunque sea todo culpa de la RAE!)

Pues fíjate, yo también opinaba como tú, pero tras ver la ingente cantidad de casos empiezo a pensar que personas muy normales, inteligentes y sanas pueden mantener relaciones de lo más patológicas. No sólo de pareja, eh? De amistad, con la familia, en el curro, con los vecinos... y creo que la razón es la cantidad de cosas que damos por sentado sobre qué es el amor, qué es la amistad, que esto tiene que ser así, que aquello debe ser asá, que si se espera de mí tal o cual, que mi obligación como padre/madre/pareja es esta o la otra, que como eres mi marido tienes que darme esto, que como soy tu hermano tengo derecho a, y como somos amigas no puedes decirme esto ni hacerme aquello...

Igual es más acertado o más "exacto" decir que no, que en efecto no son insanas las relaciones, sino las ideas o los sentimientos que nos mueven a vivirlas de ese modo. Pero bueno, digamos que "relaciones patológicas", sin pretender ni por asomo ser un diagnóstico, está bien pa entender de qué hablamos. Creo! No?? Lo dicho, ya le daré a la tecla, ya!!!