
Mucha gente dice que fue a los 30. Siempre hay algún Peter Pan que necesita más tiempo, o que incluso jamás llega a percibirlo. Naturalmente también están los precoces, los que lo asumen mucho antes. Pensaba que había sido de esas. Quizá porque me sentí niña muy poco tiempo. Ahora me pregunto si aquello era real o sólo lo imaginaba. Al fin y al cabo hablamos de sentimientos, y sabemos que son... eso, sentimientos. No certezas, ni exactitudes. A los 15 no soportas la menor insinuación sobre lo joven que eres. No, te consideras adulto. Es gracioso, porque, sin darte cuenta, marcas unos límites bastante demenciales. Tu hermano de 12 es un bebé, pero también te espantan los "ancianos" de 25. Si hay algo relativo es el tiempo. Siempre nos empeñamos en manejarlo a conveniencia, como si eso fuera posible.
El caso es que hace ya siglos me convencí (con enorme e ingenua satisfacción) de ser mayor. Mayor en plan guay, por supuesto. No en plan carcamal, como aquellos vejestorios que iban a la universidad y que hacían cosas tan ridículas. Hace unos meses salí con amigos y terminamos tomando unas copas. Y de repente me fijé en las pintas que hacíamos, vestidos con vaqueros, camisas y jerseys en medio de un marasmo de jovencitos maqueados, maquillajes explosivos, escotazos, músculos marcados, poses, tacones infinitos, bailes estudiadamente insinuantes, morritos, estrategias para impresionar al contrario, marcajes, maniobras envolventes, miradas escrutadoras y, todo ello, enmascarado tras caras de profundo hastío existencial. O sea. Yo es que soy así. Me sale solo. No te vayas a creer que. Aquí, pasando el rato. Para nada estoy mirando a la rubia aquella, vamos. Para nada estoy yo meneando cadera a ver si se me acerca el delgadito. Y nosotros allí, evitados por la multitud (que nos dejaba hueco como a los apestados), muertos de risa, charlando y bailando chunda chunda a ritmo de pasodoble. Haciendo el tonto, sí, igual que los de 18. Con la diferencia (oh, gratísima sorpresa) de que ya nos la sopla qué digan, qué piensen o si hacemos el ridículo.
Fue una noche de esas de revelación. Me vi convertida en mi madre treintañera cuando brincaba con sus amigos y me llamaba "rancia" y "sosa" mientras yo deseaba que me tragara la tierra. Listo, ya soy jurásica. Por lo menos para una buena parte de la población. Ya sólo los abuelos del parque me llaman "mocina", "neña" y "chavala". Los niños ya me dicen "señora". Los adolescentes ya me tratan de usted. Hace siglos vivía convencida de ser mayor, ahora tengo la certeza. Pero es que, además, lo encuentro lógico, normal, nada traumático ni preocupante. Simplemente es así, ha llegado. Y seguirá llegando, si hay suerte. Resulta curioso que la sensación, una vez transformada en convencimiento, asuste menos que la mera sospecha de antes. Ya está, aquí estamos. Felices 32.