
En este país somos muy dados al jolgorio, la fiesta ruidosa, el estruendo, el desmadre. Tenemos fama de vocingleros y nos encanta que se nos oiga de lejos. Cuanto mayor el escándalo, mayor la diversión. De eso saben mucho en Valencia. Nadie les puede discutir que saben cómo liarla por todo lo alto. Lamentablemente siempre tiene que pasar alguna desgracia que empañe la celebración. Este año ha sido un grupito de niños el que ha protagonizado la tragedia. Asistían a un espectáculo pirotécnico y, una vez termidado este, encontraron en el suelo un tesoro: un petardo de enormes dimensiones. Obviamente no tardaron ni medio minuto en encenderlo. El triste resultado no se hizo esperar: un chiquillo ha perdido un ojo y de entre los demás hay varios que han sufrido mutilaciones en las manos.
Naturalmente las familias están deshechas. Hablamos de críos de doce o trece años que, por una travesura, arrastrarán secuelas de por vida. Y estos, al menos, lo pueden contar. No hemos tardado en oír la frase que corresponde en estos casos: "los responsables tienen que pagar". La pregunta del millón es quiénes son los responsables de que unos chavales hagan el indio y terminen heridos. Los padres afirman que la culpa es del Ayuntamiento, que debiera contar con estas cosas y poner a disposición del ciudadano efectivos que se encarguen de comprobar si queda algún elemento peligroso abandonado por ahí durante una fiesta como la que nos ocupa. La empresa pirotécnica se apresura a declarar que el petardo de la tragedia no les pertenece, que seguramente lo adquirió un particular descuidado. El Consistorio, de momento, no se pronuncia. Quién tiene la culpa? Últimamente da la sensación de que los accidentes no existen. Forzosamente alguien debe tener la culpa de todo cuanto pasa. Y pagar, claro. Hay que pagar. Siempre se debe pagar, y casi siempre con dinero. Parece que ya no asumimos (nadie) que algunas cosas suceden por una desgraciada suma de acontecimientos, por puro azar. No, se trata impepinablemente del error de alguien (de otro), nunca nuestro.
A los niños les fascinan los petardos (acaso no fascinan a los adultos? No son parte de nuestro folclore popular?). Dónde estaban los padres de estos críos? Nadie les explicó lo tremendamente peligrosas que son ciertas cosas? Por qué niños de doce años tenían mecheros encima? No nos parecería desproporcionado castigar a esos progenitores por su descuido? Los niños juegan con fuego y a veces se queman. En mi infancia los columpios eran armas mortales, afiladas y casi siempre oxidadas. Los parques no estaban acolchados como ahora. El menor despiste y un niño salía volando de un tobogán, se despellejaba las rodillas, se abrían la cabeza, atravesaban el cristal de una puerta con las manos jugando a pillar o se rompía un brazo haciendo el bestia en un recreo. Y no pasaba nada. Eran accidentes. Me temo que hoy no los asumimos. Siempre buscamos culpables, a ser posible culpables oficiales. Siempre sentimos que se han vulnerado nuestros derechos y que alguien debe pagar por ello. Los padres de estos pequeños se muestran indignados por lo ocurrido, y se excusan diciendo que no se puede tener atado a un chaval de doce años. Me consta que no. Pero quizá entonces habrá que asumir (de nuevo) que a veces se caen. O eso, o tal vez debamos permitir que sean los Ayuntamientos los que nos los aten.