
Desde luego ha sido un día movido. Teníamos ecografía por la mañana y, tras una hora de espera (y el convencimiento absoluto de que todos los ginecólogos se habían ido a tomar el café a la vez), nos confirmaron que esperamos a dos xaninos. Bien.
Apenas terminamos de comer cuando recibimos la noticia de que el padre del Trasto ha tenido un percance con el coche. Esta vez toca el otro hospital (al menos cambiamos de paisaje). No hay nada que lamentar y mi suegro se vuelve a casa luciendo collarín para proteger sus cervicales.
Salíamos de esta nueva aventura médica y suena mi móvil. La esposisecretaria de mi ginecólogo privado me comunica que hay un problema con la cita de mañana, y pregunta si sería mucha molestia ir hoy. Allá vamos.
El tipo (un hombre estupendo, divertido, cariñoso y afable) se muere de risa por nuestros supuestos problemas de fertilidad, me examina al detalle, se pasma con mi peso (tú mucho engañes, niñina!), me riñe para que coma pescado, advierte que tengo visibles problemas de circulación que, obviamente, se acentuarán a lo largo de la preñez, y, en general, me asegura que estoy estupenda. Inmediatamente, procede a conocer a mis bichos. Y, como nos pasa siempre, uno se enseña con aires exhibicionistas, mientras que el otro se empecina en darnos la espalda. "Pero bueno, guaje, no me seas tercu. Pónteme bien porque vamos llevanos mal tú y yo".
Se ve que las cosas pasan por algo. El peque insistía en mostrarnos la espalda y ahora sabemos por qué. Con mucha calma y sinceridad, el médico nos informa de una posibilidad que aún no puede confirmar, pero que conviene tener en cuenta. Al parecer, una de las vértebras del canijo no está completamente formada. Es algo no demasiado infrecuente, en realidad. No vale la pena preocuparse, porque es aún demasiado pronto. Quizá el mes que viene ese minúsculo huesito se vea perfectamente entero. O, quizá no. Si se empeña en quedarse a medias, podría ser necesario operar al monstruito en algún momento de su tierna infancia para corregir la anomalía. O, sencillamente, habría que disciplinarse, hacer con él ciertos ejercicios y llevarle a nadar para que su columna crezca fuerte y bien derecha. Depende. Se irá viendo.
La Mamma (os había comentado que hoy resbaló en el trabajo y tiene las posaderas hechas fosfatina? Insisto: el día ha sido movidito) estaba presente para saludar a sus nietos, y, aunque ha aguantado estoicamente, sé que está afectada por el asunto. Sonrío con ganas y le aseguro que todo marchará estupendamente. Porque, vamos a ver... cuántos niños habrán nacido en el mundo con pequeños defectos en su esqueleto, defectos que no se veían, que no se detectaron y que, seguramente, nunca supusieron un verdadero problema en sus vidas? Obviamente una quisiera poder evitarles la más mínima molestia, pero no creo que esta sea razón para preocuparse demasiado. Qué le voy a hacer. No soy de las que se preocupan.
Tengo delante la imagen de mis dos trasgus (ahora sí, por fin) y lo único que se me ocurre es que son perfectos.