
Hay ciertas etiquetas y roles contra los que se puede luchar. Pero hay que querer. Hay que tener claro que vas a oír hasta aburrirte lo rara que eres, lo pasota, lo chula, lo marimacho incluso. Que eres menos mujer que otras. Vas a cabrear a no pocos tíos (los hay que se indignan cuando una tía piensa, no te digo nada cuando se niega a hacerles de madre/enfermera/secretaria y los saca de una coz de ese egocentrismo infantil tipo "soy el rey del universo porque me lo dijo mi mamá") y seguramente a más tías. Te van a soltar muchas veces esos impagables clásicos tipo: "cuando seas madre ya me lo dirás, lo que pasa es que tú has tenido suerte con tu novio, eso es muy fácil decirlo pero a la hora de la verdad". Es curioso, porque dichos mantras los repiten las que más dicen sufrir. A lo mejor es que necesitan convencerse de que vale la pena. A lo mejor necesitan creerlo, o les hace falta una excusa para no perder los papeles (femeninos) y mandarlo todo al cuerno. No lo sé.
El caso es que pasamos el fin de semana entre parejas de moteros, y yo sabía muy bien cómo iban a discurrir las cosas. Pase que no contaba con el berrinche de un cuarentón al comprobar que una de las invitadas no quería acostarse con él (lo admito, no fui capaz de imaginar algo tan surrelista), pero todo lo demás lo tenía claro. Los tíos se dedicarían a ver la tele, hacer el burro y beber, mientras las tías ponían y quitaban la mesa, cocinaban, fregaban platos, limpiaban, hacían camas y demás lúdicas actividades. Y qué haces? Te apoltronas con ellos y dejas todo el curro a las otras? Montas un cristo? Tragas? Al fin y al cabo, no estás en tu casa. Y, dentro de lo malo, es un alivio descubrir que tu pareja no se cavernicoliza al contacto con ciertos especímenes. Siempre es el único que hace algo. Cortar leña, encender la chimenea y la cocina de carbón, pelar patatas, hinchar colchonetas, lo que toque. Y, por supuesto, escanciar sidra para el sufrido y atareado bello sexo. Por lo visto, para el resto del mundo las cosas cambian poco.
Tras un par de horas en la cocina, una de las chicas pronuncia las palabras mágicas: "a comer!!" y un rebaño de cernícalos baja en tropel las escaleras (menos el Trasto, que estaba terminando de colocar fuentes y bandejas). Ya me calienta el rebuzno de uno de los machos: "joder, toda la mañana cocinando y sólo hacéis una tortilla??" Tiro de mi mejor sonrisa para espetarle (con cariño y respeto): "Si quieres más tortillas la cosa es fácil. Levanta esos huevazos de la silla y haz las que te dé la gana". Risitas, cachondeo, sonrojos y el impepinable "mujer, cómo te pones, era broma". Nos esperaron para empezar a comer? No. Para qué? Por qué? Hago notar el (feo) detalle a mis compañeras y una de ellas suspira: "bueno, pobres..." Y ahí exploto. "Pero me cago en mi vida! Pobres qué? Que se han tirao tol día arando, o qué coño pasa???" No puedo con esto, simplemente.
La suspirosa en cuestión (que ha estado 24 horas en tensión constante, preguntando a cada tío qué quiere o qué necesita, ahuecando cojines, sirviendo cacharros, corriendo de un lado a otro para satisfacer cada antojito y faltándole sólo amamantarles y limpiarles el culo) se me queda ojiplática perdida. "Jolines! Tú eres de las tremendas!", me dice la criatura. Atención: de las tremendas. Luego se me arrima en plan confidencial y suelta muy bajito, para que nadie la oiga: "si es que tienes razón". Acto seguido, sale disparada al comedor y pregunta a los muchachos: "entonces queréis que haga otra tortilla o no hace falta?" Y yo me rindo.