Quién sería? Pero sobre todo, por qué? Cuál sería el motivo? Recuerdo una entrada en la que hablaba del amor, de cómo lo que entendemos por amor ha ido cambiando a lo largo de la historia, a través del tiempo, adaptándose a las necesidades, los usos, las costumbres de cada momento, de cada cultura. Desde la mera supervivencia y procreación en las cavernas hasta la corte de Leonor de Aquitania (que, como digo yo siempre, fue la que le dio glamour a la cosa, la visionaria que se atrevió a ponerle reglas y promocionarlo) y de ahí a nuestros días, añadiendo cada vez más elementos: obligaciones, contratos, moral, reglas, roles... Y mucho después, gracias a (o por culpa de) la literatura y el cine, nuevas necesidades. Encontar a la media naranja, llenar vacíos, maripositas, regalos en San Valentín, tiempo para nosotros, tenemos que hablar, esto no es lo que yo esperaba, me falta algo... Cada vez más opciones, cada vez más complicación. En fin, no quiero liarme. Os remito a la entrada en cuestión, que anda por ahí a saber con qué fecha.
El caso es que yo pretendía hablar del suicidio. Porque todo, como el amor, ha cambiado con los tiempos. La muerte tampoco es la misma. No morimos igual. Mantenemos algunos rituales desde hace siglos, el miedo atávico a la muerte es algo que probablemente ni la ciencia más avanzada (incluso si termina por darnos LA RESPUESTA) podrá vencer. Algunas cosas nunca cambian. Pero el envoltorio, como en el amor, repito, es otro. Vivimos más. Y mejor, en teoría. Y nos morimos y nos matamos de otras cosas. Y, aunque lo lloramos como sin duda lo lloraban, tampoco eso es exactamente lo mismo. Hoy todo va deprisa, todo es aséptico y frío. Tiene sus ventajas, naturalmente, y habrá quienes lo encuentren preferible. La gran mayoría, supongo. Pero yo, la verdad, lo encuentro desconcertante, extraño, mecánico. Menos humano. Llamadme morbosa si queréis, pero echo de menos las muertes de mi infancia. En casa, con tu gente. Cuando no era un tabú, cuando los niños no éramos tan delicados y propensos al trauma. Cuando podías y debías verlo. Cuando te dejaban besar a tus muertos. Lo mismo es una animalada, qué sé yo. Sólo sé que lo viví y que quizá por eso la muerte no me desola, los muertos no me asustan. Y menos cuando son los míos.
Pero vuelvo a perder el hilo. Intento hablar del suicidio. Cuándo y por qué se quitó la vida el primer hombre? Si pensamos con lógica, el suicidio debería ser un "invento" de los nuevos tiempos. De la deshumanización, la prisa, la soledad, las necesidades satisfechas y la aparición inmediata de otras nuevas, primero frívolas y después consideradas vitales para el equilibrio emocional. Ya sabéis, cosas como el ocio, que hace dos generaciones no existía y ahora, si te falta, puede provocarte una depresión nerviosa. Claro, ahora habría que decidir en qué momento los tiempos se volvieron terribles. No ahora, desde luego. Mucho antes. En la Revolución Industrial? Barrios marginales, seres humanos hacinados, Oliver Twist, miseria... qué va, antes de eso. Hasta dónde podríamos retroceder? La tuberculosis del romanticismo, que se empeñaba en arrebatarte a tu amada a los 19 años? La oscura Edad Media, con su penalidad, su terror, sus dogmas, su enfermedad, sus guerras... (cómo una época tan repulsiva puede resultarme tan fascinante? Misterio) Y atrás, y mucho más atrás? Todos conocemos a Sócrates, verdad?
Quién fue el primero? Cuándo? Por qué lo haría? Por miedo, por desamor, por aburrimiento? De niña me fascinaba la idea de la muerte. Supongo que no os asustáis, ya sabéis lo rarita que he sido siempre. Eso sí, la idea me fascinaba porque tenía el cerebro derretido con tanto libro y tanta película. Cuando empecé a considerarlo realmente, cuando la vida se puso muy gris, entendí que no tenía nada de bonito. Nada. Y, por si me quedaba alguna duda, la gente empezó a morir. La gente de verdad, con nombre y apellidos. Gente de mi vida. Por enfermedad, por vejez, por accidente. Y entonces pensé que no era una opción. No cuando tantos otros (todos, en realidad) morían sin poder elegirlo. Y por eso, sólo por eso, por mi empeño exagerado en las cosas de la justicia, no ha vuelto a ser una opción. No para mí. Ya no por el karma, ni por la culpa que me provoca pensar en el dolor de los que se quedan. Ni si quiera por algo tan noble como eso. Simplemente porque ÉL no pudo elegir. Y se perdió muchas cosas. Muchos besos, muchas estrellas, muchas horas, y canciones, miradas, libros, lágrimas, lugares, sabores, películas, secretos... Se perdió a Malaussène, y a Alatriste, y cumplir los 24, y las últimas (demasiadas) de U2, y tener hijos, y a veces no puedo creerlo. Así que tengo que elegir por él y si algún día soy tan estúpida como para no encontrar otra razón, me quedará esa.
La nostalgia, la oscuridad y la muerte son hermosas para la gente como yo. Pero en los libros, en las películas. Y, de todas formas, no habría oscuridad sin luz. Siempre nos sobran los motivos.


