Desde luego tengo que reconocer que te has portado, como siempre hacías. Supiste perfectamente que era la hora y así lo declaraste, quedándote tranquilamente tumbado y despidiéndote de La Mamma con unos cuantos mordisquitos en las manos. Diste tu último paseo en coche mirando por la ventanilla y nos dijiste adiós sin una queja, tan sereno como siempre (gracias, María, porque lograste que este momento resultara apacible. Nos hiciste sentir como en casa, y eso no tiene precio).
Cuando llegaste a nosotros yo era una colegiala flaca y desgreñada de 13 años, Godzilla apenas tenía 10 (usabas una zapatilla suya como cuna!) y La Mamma era una flamante cuarentona. Nos has dado veinte añazos de mimos, juegos, trastadas y volteretas. Te cargaste la figura del marinero y la niña (aunque milagrosamente logramos reponerla) y toda la colección de porcelana de Limoges. Siempre fuiste un sibarita eligiendo qué clase de adornos estampar contra el suelo. Supongo que el cristal barato no suena igual al hacerse añicos.
Te bautizamos con el aristocrático nombre de Zar, pero te negaste tozudamente a aceptar dicho título. Tenías un precioso manto de pelo color chocolate, una curiosa ausencia total de rabo y los ojos más azules que yo haya visto nunca. Eras cariñoso como un perro, te gustaba estar en brazos como a un bebé, acampabas cada invierno junto a la estufa, dormías en nuestras camas, adoptaste con resignación a aquel loco pelirrojo llamado Lenny que te perseguía por el pasillo, te pirriabas por las sardinas fritas y las clases de lucha libre con Godzi, nos asustaste mil veces saltando en la oscuridad para apresarnos las manos en cuanto las acercábamos a las llaves de la luz y fuiste un cuidador devoto haciéndonos compañía cuando estábamos enfermos o tristes. Eras un encanto, siempre lo fuiste.
Envejeciste de repente, tras años y años pasmando a los de las batas verdes. Aquel pelazo como visón se volvió áspero y se cubrió de canas. El asma te volvió dormilón y perezoso, lejanas ya las correrías de juventud. Los preciosos ojos se te fueron empañando de niebla. Y, sin embargo, ahí seguías, fortachón y cariñoso como siempre. Fuiste tan discreto que ni siquiera buscaste el final trágico. Recorriste todo el camino y, sin aspavientos, decidiste que ya estaba bien.
Así que gracias por estas dos décadas de lealtad y grandes momentos. Gracias, sobre todo, por ser el fiel escudero de La Mamma cuando el nido quedó vacío. Y gracias por tu generosidad, por empeñarte en vivir precisamente hasta estar seguro de que habría dos enanos de camino para llenar ese hueco que dejas. La Mamma (tuya y mía) llora hoy tu marcha, pero pronto tendrá a los nuevos cachorritos para jugar. Sé que muchos nos tomarán por locos, pero la verdad es que no importa. Peor para quien no lo entienda. Eras el hermano pequeño, el rey absoluto de todos los gatos que en el clan han sido. Eras de la familia. Ahora descansas, muy cerquita de Lenny, junto a las raíces de un manzano joven y fuerte, con tu rinconcito adornado de rocas y flores. No necesito que tenga la menor lógica, me consta que debe haber un buen lugar para todos los bichos que nos han dado tanto. Y tú ya estás allí.
Adiós, Michi. Buen viaje. No te olvidamos.


