miércoles, 16 de diciembre de 2009

Mundo insólito

Si alguien más estaba hasta las orejas de encontrarse en los informativos noticias de calado mundial tipo "la pasarela Cibeles" o "los nuevos tatuajes de Guti", que se agarre al asiento. Que vienen curvas. Ayer mismo me quedé patidifusa cuando el señor Pedro Piqueras anunció que nos iban a mostrar lo que ya era toda una tradición por estas fechas. Adivinad. Alumbrado navideño? Mercadillos de figuritas para el Belén? Santa Clauses tocando la campana delante de los centros comerciales al grito de "ho, ho, ho"? Padres catálogo en mano recorriendo jugueterías? Nacimientos Vivientes en las plazas de los pueblos? Peña esquiando? Tortazos en la pescadería para llevarse el último kilo de angulas? Colas en las administraciones de lotería? Error!! No dais una, queridos. Parecéis tontos. No, el susodicho periodista se refería a esa otra tradición de estas fechas. Sí, hombre. La otra. Esa otra. Tan conocida ella y tan tradición. Nadie cae? Pues no lo entiendo, con lo famosa que es. Me refiero, naturalmente, a la elección del culo del año. Atontaos.

No, no es coña. Lo juro. Tras semejante anuncio, la caja tonta nos enchufa el documento. Veo a un grupo de bellas y bellos bailando alegremente en una sala. Primeros planos a las curvas en cuestión. Boxer ajustadito para ellos, culotte medio nalguero para ellas. Me pregunto si en el pasmo del rigor informativo van a arrimar los micros ahí mismo, para que escuchemos las declaraciones de las posaderas en cuestión, verdaderas protagonistas de la noticia. Pero no. Los reporteros sitúan sus alcachofas más arriba, para que nos deleitemos con las palabras de los dueños de los culos. Palabras más o menos igual de interesantes que las que habrían soltado por abajo.

- Uy, sí, la gente nos dice cosas por la calle. Que menudo culo y eso. (No te jode. Me lo dicen a mí, que tengo un trastero tamaño circo del sol, no os lo van a decir a vosotros, con esos pompis divinos de fitness).

- Nada, esto es comer sano y gimnasio. (Ya me imagino que de atragantarte a fabadas y dormir la siesta no es, no. Porque si la cosa funcionara así, tendríamos todos unas nalgas esculpidas en puro acero).

- Estamos súper orgullosos por este triunfo, o sea. (Claro. Y no es para menos. Para qué molestarse en ganar un Nobel de Física, si un culo respingón te garantiza más minutos de telediario?)

Ya sé que ahora vendrá el Rogorn y me dirá que esto es porque estamos copiando (pa no variar) los usos televisivos de los yankees, a los que les gusta mucho eso de "informar y entretener" todo junto. No lo dudo, claro. Aunque a mí me parece más bien "idiotizar". Que sea noticia digna de telediario el desfile anual en bragas de la Victoria´s Secret esa, o las mamarrachadas de un futbolista cantando (berreando, más bien) para un anuncio, o si han nombrado a Rihanna mujer del año en no sé qué revista chuminera, me alucina y me asusta a partes iguales. Yo, personalmente, me cago en la crónica social y en el tonto la higa que la inventó. Mayormente.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La edad del pavo


Excursión al este y comida con familiares de mi Trasto, gente amable y de risa fácil. Un matrimonio bordeando la cuarentena, dos niños pequeños y una chica adolescente. Una casa enorme y cálida, buena comida, buen vino y conversación. La sobremesa se promete interminable pero grata, como lo son casi siempre por aquí. Salen las viejas historias, las recetas milagrosas para cambiar el mundo, las típicas críticas a los políticos, los banqueros, la maldita crisis. Hay risas, buen ambiente y un bebé haciendo gorgoritos, cómo no, en brazos de mi hombre, que ejerce un influjo hechicero e inexplicable en toda hembra menor de diez años que se encuentre a menos de dos kilómetros de él. Lo de menor de diez años es una suerte. Sin duda.

Pero no sólo hay un bebé, claro. Hay otra hembra de catorce, y es como son todas las de catorce, supongo. Deambula por la casa hosca y silenciosa, con cara de odiar la vida, dedicándonos distantes miradas de infinito desprecio. No nos rehuye del todo ni se refugia en sus aposentos, por lo que me barrunto que en el fondo le despierta curiosidad el ambiente, aunque jamás lo admitiría. Se mueve altiva y con gesto de hastiada sofisticación. De vez en cuando se le escapa una mueca o una risotada dedicada a los hermanos menores, pero al instante recompone el semblante, avergonzada, como pillada en falta, y vuelve a posar con aires de adulta. Al cabo de un rato no lo soporta más y se une al grupo, con la decidida intención de montar gresca.

La susodicha está rabiosa porque sus pérfidos progenitores no le permiten salir de noche. Y semejante injusticia no tiene pinta de ir a cambiar antes de la ya cercana Nochevieja. El debate está servido y me veo teletransportada varios años atrás. Y sonrío pensando en lo distinto que se ve todo. No tarda en aparecer el argumento de argumentos: "todas las demás salen". A mí las demás me tiran de un pie y patatín y patatán. Me pasma la chavala. Lo mismo se encoleriza como una burra que se pone roja y se le escapa la risa cuando se queda sin objeciones. Pero es terca como sólo una cabestra de sus años puede serlo. Le echa en cara a su padre que él ya salía a los quince. Replica él, sereno, que si salía a los quince era porque ya trabajaba, y se pagaba las cervezas de su bolsillo, no del de su padre. Touché. Y que, además, salía teniendo muy presente la idea de que al día siguiente había tajo, hubiera dormido ocho horas o dos. Y nunca faltó. Ataca la nena por el frente materno. La madre responde que ella, a los catorce, iba al parque a comer pipas. Decide entonces la pimpolla tirar por el lado inocente. "Si no hacemos nada". Pa no hacer nada estás mejor en casa. Y entonces cae como una liebre en la trampa. "Qué sabréis vosotros!" Y su cara desvela oscuros secretos que, naturalmente, nadie mayor de dieciséis es capaz de imaginar. Al momento se da cuenta de que ha hablado demasiado. "Por eso, por eso, porque lo sabemos no te dejamos salir".

A estas alturas la chiquilla echa humo por las orejas pero ya sólo le queda mantener el órdago. Se le ve en la cara. Qué sabréis vosotros, carcamales, que ya nacistéis viejos y padres. Incapaz de morderme más la lengua, suelto un suspiro nostálgico. Ah, los viejos tiempos. Ah, las broncas con los padres. Ah, la Nochevieja. Cielos, qué vieja debo ser. Hoy día sería la última noche del año en que me apetecería salir. Calculad. Cientos de borregos como si les hubieran soltado del redil y nunca hubieran pisado la calle. Broncas, borrachos, garrafón, humo, codazos, chunda chunda, gritos, babosos tocándote el culo, matasuegras y peña enfarlopada hasta las cejas. La niña me mira con los ojos desorbitaos. Ha-di-cho-far-lo-pa. La vejestoria esta. Mira a sus padres con cara de pavor. Y aún parece más aterrada cuando ve que los padres no sólo no caen patas arriba, sino que no se sorprenden. Saben lo que es la noche. Y la farlopa. Lo saben.

De repente estamos hablando de enrollarse con tíos buenos, de vomitar abrazado a una farola, de las maravillas y sinsabores del mundillo discoteca. De los años de pelea que nos costó conseguirlo, de lo poco que nos duraron las ganas, y de cuando descubrimos que nuestros padres no nos dejaban salir porque disfrutaran tocándonos los cojones, sino por otras muchas razones. Bromeamos con que, seguramente, y al ritmo que va todo, la tierna bebita que achucha al Trasto montará un pollo cuando sus viejos no le dejen celebrar la Comunión en una rave. La madre deja caer un comentario de madre, de esos que a los catorce te enferman la vida y entiendes después. Menciona a todas esas niñas del telediario, esas que se esfuman un buen día y cuyas caras y nombres se convierten en carteles. Esas de las que te preguntas luego: "pero qué hacía esta chiquilla por ahí a las cuatro de la mañana???" Esas que, impepinablemente, suelen aparecer en cunetas y descampaos. Y añade: "antes siempre era un desconocido, o un tarao, o alguien que pasaba por aquí. Ahora resulta que sabes que ha sido su novio, o los compañeros de clase, los que la iban a acompañar al bus o hasta la puerta de casa". La teen suelta un chasquido con la lengua, pero después se queda pensativa, apiñando migas sobre el mantel, mirando a su madre de reojo.

Al rato me está confiando sus problemas de acné en un rincón de la cocina. Le digo que tenga paciencia con sus viejos. Que no te quieren más por dejarte hacer todo lo que quieras. Ella suspira. Es una niña grande y lo sabe. Casi la ves caminando por una línea, a ratos adulta, a ratos una enana. Casi la ves debatirse entre lo muchísimo que sabe y la certeza de que no sabe nada. Y, sobre todo, le ves las ganas de saber. Lógico. "Es que salen todas. Ya tienen hora en la pelu para hacerse los recogidos y maquillarse, y se están comprando unos vestidos de noche guapísimos". Charlo un rato más con ella, entendiendo las ganas de sus padres de arrancarle la cabeza y las ganas que ellas tiene de mandarlos a hacer puñetas. Y mientras, pienso en lo jodidamente difícil que se lo ponen algunos padres imbéciles a los padres sensatos. Niñas de catorce años en la pelu y comprándose vestidos de noche. Qué guay. Niñas de catorce años disfrazadas de las pencas de Kiki en Nueva York. Mamás y papás jugando con Barbies a tamaño natural. De qué coño nos extrañamos luego??? En fin. Aviso para mis amigas, la que ya es mamá y las que van de camino: No os queda nada. Chatas.

martes, 1 de diciembre de 2009

Luisa


Se llamaba Luisa y dejó el pueblo a los catorce o quince años para "ir a servir" a la capital. Una salida bastante habitual en sus tiempos. Era la mayor de nueve hermanos, gemela de otra que moriría joven, maltratada por un marido no mucho peor que otros de entonces y enferma de los pulmones, dejando atrás un hijo que apenas la sobrevivió. Pero esa es otra historia. Luisa llegó a la capital, decía, y entró a trabajar en casa de unos señores ricos, dueños de un piso espectacular frente al Teatro. Planchaba y fregaba de rodillas, a la antigua usanza. Acababa de empezar su nueva vida cuando empezó la guerra. Estaba sola, incomunicada, inquieta por la incertidumbre que espolearía a los suyos allá lejos, en el pueblo, en el fin de su mundo. Pero así era la vida. Una explosión le llenó la cara de metralla, aunque tuvo la suerte de que la cosa no fuera más grave. No le quedaron marcas. Dicen que trabajaba con una eficacia asombrosa para su corta edad. Se ganó la confianza de los señores y logró ascender en la jerarquía doméstica. Empezó a mandar, a organizar, a supervisar y a criar a los niños de otra.

Se le pegaron los aires de la ciudad como a ninguna de las hermanas que la siguieron. Algunas de ellas, cuarenta años después de instalarse en la urbe, seguían siendo tan de aldea como el día que nacieron, incluso cubiertas de joyas en sus días más prósperos. Luisa, no. Luisa tenía maneras suaves, la voz tranquila y una elegancia que supongo sería innata. Había salido a la rama pálida y celta de la familia. Rubia, blanca, de ojos azules, menuda. Imagino que tuvo sueños, miedos, planes. No se los conocí. La gente de antes, por lo visto, se limitaba a vivir y a trabajar. Se casó, imagino, con el novio que le tocó en suerte y que se decidió a cortejarla. Resultó también un marido no mucho peor que tantos otros. Bebedor, dueño de su casa y de todo lo que en ella había, esposa incluida. Con fama de violento, aunque nunca se supo si lo era con ella. Un policía nacional que, desde niña, me resultaba siniestro y peligroso. Le recuerdo gordo, con el pelo cano, la voz rota y unos ojos claros que me asustaban. Recuerdo una sonrisa que nunca me convenció. Le recuerdo arrogante, zafio, palurdo y vocinglero, completamente opuesto a ella. Recuerdo también sus últimos días, menguado y hosco, tomándose la medicación con coñac, rudo y protestón, esclavizando a la hija y gruñendo a las enfermeras. Correoso hasta los noventa y uno.

Luisa no vivió para enterrar a su marido. Años antes fue perdiendo lentamente la cabeza e incluso en ese trance resultó dulce y sonriente. Sólo durante un breve lapso de tiempo se volvió rebelde, usando un lenguaje que jamás se le había conocido y dirigiendo furiosas miradas al esposo, para, a renglón seguido, lamentarse en voz alta de que no se muriera de una maldita vez. Al final, empezó a confundirle con su padre, así que le dedicaba sonrisas llenas de afecto y palabras tiernas que él esquivaba con su habitual brusquedad. No recordaba a sus propios hijos, pero se le iluminaba el rostro al verles. "Ha venido ese" exclamaba contenta. "Esa me quiere mucho", añadía. No sé si recordaba al otro, al primero, al que perdió y lloró con tanta amargura, aquel bebé que dejó enterrado en una ciudad lejana, el primer destino de su marido. Aquel al que siempre llevó en el alma y cuyo nombre otorgó a su otro hijo varón.

Hace poco me enteré de uno de esos secretos oscuros que toda familia tiene. Luisa, la infatigable trabajadora, la perfecta madre y esposa, la amiga ejemplar, la siempre suave, elegante y discreta, confesó a sus hermanas que, hace más de medio siglo, se supo de nuevo embarazada de aquel marido al que jamás abandonaría, pues era suyo hasta que la muerte los separase, como se esperaba de toda mujer decente, y optó por un aborto clandestino. Tan clandestino y tan pecado era que las mujeres jamás lo nombraban, como si la mera palabra invocara fuerzas funestas. Las mujeres de mi tierra usaban otra palabra, una que me resulta escalofriante e infinitamente más dura. Luisa se supo embarazada y lo "estrozó". Suena macabro. Sólo llego a imaginar (y seguramente de lejos) las razones que llevaron a Luisa a tomar esa decisión. Imagino su dolor y su miedo. A lo que iba a hacer, a los peligros que entrañaba hacerlo, a que se le descubriera, a las consecuencias para su salud y para su buen nombre. Intento imaginar también cómo las mujeres se aconsejaban, de qué manera se susurraban las oportunas direcciones, qué excusas contaban a sus esposos, con qué pavor se presentarían en a saber qué sitios, en manos de quién se pondrían, el techo de qué sala de tortura mirarían mordiéndose los labios aterradas, quizá llorando, avergonzadas, culpables, quizá rezando para no morir desangradas o rogando al temible Dios de entonces que las perdonara. Intento imaginarlo, pero no sé si alcanzo siquiera.

Se llamaba Luisa, era una mujer de pueblo que se fue a la capital a trabajar. Era madre, y esposa, y seguramente iba a misa cada domingo. Aguantó la vida que le tocó, tomó decisiones y con toda probabilidad pagó por ellas. Supongo que fue razonablemente feliz y no pocas veces desgraciada. Supongo también que tuvo sueños, deseos, miedos y planes. Pero no lo sé. Era menuda, blanca, rubia y con los ojos hermosos y azules. Hace años que nos dejó, pero la recuerdo sonriente, impecable y octogenaria, con su traje chaqueta verde pálido y sus perlas chiquitinas, rodeada de gente a la que ya no conocía. La recuerdo merendando frente a mí con apetito de quinceañera, acariciando los manteles con sus manos de nácar y diciéndome: "eres muy guapa. Qué guapo que es todo". Se llamaba Luisa y era mi tía abuela. Tenía secretos, como seguramente tenemos todas las mujeres.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Y todo a media luz


Y a medio gas, debiera decir. La semana pasada fue intensa, tanto que miro atrás y parece que haya pasado un mes. Es lo que tienen los hospitales, los nervios, las prisas... sobre todo si la cosa coincide con una huelga de autobuses en la que (bondad graciosa) de las dos líneas más afectadas una es la que me saca del Monte Más Vil y me lleva a Ca-buh-Ñs. O sea, al pie de tu cama. Si yo lo intento, Dalai, Guaja, Larón, Porteño, lo intento de verdad eso de ser optimista, Trasto mío, pero a veces es que me da la risa. En serio. De cualquier manera, sorteadas las carreras, los boicots del transporte, las casi nulas horas de sueño y, eso sí, agradeciendo infinito la ayuda, interés, apoyo, comprensión y paciencia de, a saber: Clan, Akelarre, Tribu y Fújur (sobre todo ella, pobrecita, que de nuevo no entendía por qué Gran Jefe haber abandonado Pequeña Peluda), los días pasaron y todo estuvo bien.

El Trasto fue convenientemente reclaviculizado, replacarizado, reatornillado, regrapado, recosido y reentregado al hogar. De nuevo sorprendió a propios y extraños saltando de la cama horas después de su paso por boxes, exigiendo un desayuno decente y manifestando un escaso respeto a los protocolos médicos al empeñarse con terquedad insólita en que no le dolía nada, en que ya estaba bien de tanta zarandaja y en que se quería ir a su casa, polamordedios. Tocan días de calma y sofá. Tiempo para charlar, leer, ver pelis, pasear con la perruni (aprovechando esta maravilla de otoño de frío, sol y cielos azules en el Norte-Siempre-Gris- del Orbayo-Eterno) y, sobre todo, dormir. Que ya llevábamos retraso y se notaba. Se nota aún, de hecho. De la sauna hospitalaria hemos salido a un cálido Noviembre que nos ha parecido gélido por puro contraste. Y aquí andamos, de manta y calcetines, lamparita a medias y sopa hirviendo, arrullados en el catarrazo inminente. Pero oye, felices. Felices por la calma recobrada, las que se prometen larguísimas vacaciones, la ausencia de secuelas dolorosas, las noches de Pasajes, Tertulias y Monográficos, las sábanas de franela y tu camiseta vieja que ya no sólo huele a ti, sino que está rellena de tú. Se acerca el invierno.

martes, 10 de noviembre de 2009

El más grande de los hombres


Podría decirte tanto... y en cambio siempre se quedaría pequeño. Pocas veces uno tiene la suerte de conocer a alguien a quien sólo se pueda definir con el adjetivo de "bondad". Bondad sabia, sincera, lúcida, coherente, sin grietas, sin el menor resquicio. Bondad elegida y militada, honesta e infatigable, demostrada siempre pero carente de exhibicionismo. Bondad sin moralina y sin medallas. Bondad defendida a ultranza, sin peros, sin la más mínima neglicencia, presente en cada minuto, con testigos y también en la absoluta intimidad. Bondad genuina. Y valiente.

Has sido ejemplo de cuantos hemos tenido la dicha de tratarte y quererte. Ejemplo con las palabras, con las sentencias en latín, pero, sobre todo, con los hechos. Así que gracias. Gracias por tu amor incondicional, por tu rectitud y tu imbatible sentido del humor y de la justicia. Por respetarlo todo. Por engendrar tanta vida. Querías ser sacerdote, quizá para guiar y consolar a tu propio rebaño. Finalmente lo hiciste, aunque de otro modo. Tienes tu rebaño, tu clan. Eres patriarca de tu propia tribu. Finalmente fuiste Padre, sí. Y esposo, y abuelo. Y este mismo mes serás bisabuelo por primera vez.

Siempre me ha entristecido pensar (con más certeza a medida que pasan los años) que, aunque quizá mis hijos lleguen a conocerte, serán demasiado pequeños como para apreciar el singular privilegio de conocer a fondo a un personaje como tú. Aunque, no te quepa duda, sabrán de ti, con pelos y señales, con ayuda de las magias modernas que conservarán tu imagen, tus gestos y tu voz. Y, sobre todo, sabrán de ti a través de mis recuerdos y de los de cada eslabón de esta cadena tuya en la que ya vivirás para siempre. Sabrán de tus parábolas, de tus manías, de tus chistes irreverentes, de tus disfraces y sermones. Sabrán muy bien (te doy mi palabra) de aquel hombre bajito y rechoncho de ojos cansados y risueños cuya mayor fechoría fue espantar gatos por el placer de verlos correr y saltar. Aquel afable bachiller de pueblo que iba para cura y eligió obsequiarnos con nuestras vidas, con lo que somos.

Feliz vida, Víctor, Abuelo, Güelito, Obo, Rey Melchor. Felices noventa años. Es un honor llevar tu sangre, la del más grande de los hombres. La de ese al que, según el más ateo y anarquista de sus hijos, debe parecerse mucho Dios.

martes, 3 de noviembre de 2009

Las amistades peligrosas


Son muchos los que afirman que un hombre y una mujer no pueden ser amigos. Se entiende que de tal maldición quedan automáticamente exentos los individuos con tendencias sexuales, digamos, incompatibles. Lo digo porque parece que siempre haya existido la amistad mujer hetero - hombre gay, por ejemplo. Es como si la eliminación de la tensión sexual salvaguardara esa relación limitándola al cariño platónico. Curiosamente no se conoce tanto el tándem hombre hetero - mujer lesbiana. Pero sí el de gay - lesbiana. Hombre gay con hetero... bueno, sigue teniendo sus fricciones. Sus tapujos. Hetera - lesbiana no lo tengo muy estudiado. Conozco casos. Bastantes. Pero como no es plan de hacerse una tesis, me centraré en lo que mejor controlo, por propia experiencia. Los heteros de ambos sexos. Y así, ya de entrada, osaré decir que, ciertamente, la amistad entre ellos es compleja. Y la culpa culpita, chicos, es vuestra. Así, en general.

Antes de nada declaro que tengo amigos varones. Unos cuantos. No tantos como amigas, cierto, pero los tengo. Pocos y buenos. Maravillosos. Hombres que no sienten el menor deseo sexual hacia mí, ni yo hacia ellos. Digo esto porque, en general, los mayores incrédulos de la amistad tío - tía que me he ido encontrando son machos. Y casi todos ellos afirman que si esa amistad es un mito imposible e impensable es por causa del deseo. Ellos mismos proclaman que un tío jamás busca amistad en una mujer, sino única y exclusivamente sexo. Con esta premisa, pueden pasar varias cosas:

1) Que obtengan sexo, con lo cual ya no hablaríamos exactamente de amistad, sino que habría matices (amigos con derecho a roce, amantes, novios, polvo ocasional y nunca más... lo que se tercie)
2) Que no obtengan sexo, con lo cual se abren otras dos opciones, a saber:
2.1) Se largan con viento fresco (confirmando la teoría por ellos expuesta)
2.2) Se quedan esperando mejor ocasión, convirtiéndose, también según ellos mismos, en pagafantas.

Es curiosa la idea que tienen algunos chicos de las mujeres y de la forma femenina de gestionar los afectos. Parecen creer que las mujeres no quieren amigos, sino esclavos. Un chaval sumiso, siempre disponible para el consuelo, la percha, el consejo, cargar bultos en una mudanza, espantar moscones o cualquiera de esas cosas que tanto nos gusta que hagan por nosotras. No sé las demás, yo no permito que un tío que siente algo por mí en lo que no le correspondo se me quede cerca revoloteando. Me parece doloroso e innecesario. Y cruel. Que persiste en quedarse por ahí? Bueno, que se apañe. Que pelee él con lo que siente, ya que se le supone mayorcito. Pero inevitablemente iré restringiendo el contacto. No le pediré favores ni consejos. Nada que, a mi entender, pueda darle esperanzas que no existen.

Muchos chicos encuentran al pagafantas un perro faldero sin arrestos, dejándose mangonear por una pérfida caprichosa sin entrañas. Habrá casos. Por haber... Aconsejo a los pagafantas que se liberen de sus cadenas, si las hubiera. Y aconsejo a quienes critican el fenómeno que se lo hagan mirar. Porque no deja de ser curioso que les resulte de un egoísmo interesado intolerable el hecho de que una chica mantenga a su lado a un hombre... sin darle sexo a cambio. Sin-darle-sexo. Se capta? Hablando en términos de egoísmo, qué diferencia a la que quiere, pongamos, un enchufe por la cara del que quiere un polvo por la cara? Qué jeta, colega, tenerle montando muebles cuando sabe que no follarán. Qué rostro, campeón, que tú te ofrezcas a montar muebles sólo cuando atisbas un polvo. Que lo consideres una recompensa, y hasta un derecho.

La mayoría de los tíos que conozco (salvo benditas excepciones) no tienen amigas. Nop. Tienen esposa, ex-esposa, novia, ex-novia, amante, ex-amante, novias/amantes/esposas de sus amigos o conocidos varones. Tienen, básicamente, tías con las que ya han follado, follan o querrían follar. Y tías con las que no se folla, sí, pero solamente porque está feo follar con "la mujer de otro". Ese es el quid del asunto para tantos y tantos. Amigas, sin pretensiones sexuales? No. Muy pocos. Ni las tienen ni quieren tenerlas, por lo visto. No pretendo decir con esto que ningún hombre sea capaz de entender y disfrutar de la amistad pura y dura con una mujer. Ni tampoco que todas las mujeres sí sean capaces de tal milagro. De todo hay, como en botica. No pretendo sentar cátedra, sólo hablar de lo que conozco por mí misma. He oído a muchas mujeres (yo misma entre ellas) decir aquello de: "podemos ser amigos". Y son sinceras. Lo desean de verdad. Normalmente no pueden hacerlo (no podemos). Porque ellos, aunque asienten, huyen. Desaparecen. Ocurre exactamente igual a la inversa. Cuando son ellos los que te rechazan o los que te dejan (cuando el sexo sale de la ecuación), te sueltan la misma pamplina sin creérsela: "quiero que sigamos siendo amigos". Y todas sabemos que, el día que un tío te espeta tal cosa, será mejor que le hagas una foto si pretendes acordarte de su cara. Porque, muy probablemente, jamás le volverás a ver.

(Dedicado a mis amigos varones, que tan bien saben serlo y tan afortunada me hacen sentir. Y, en general, a todos los hombres y mujeres que consiguen cargarse el mito)

domingo, 1 de noviembre de 2009

Noviembre


Después de varias semanas de clima absurdo parece que el otoño se ha desperezado. Con matemática precisión llegó el frío dando la mano al nuevo mes. Ayer mismo íbamos en manga corta. Hoy amaneció gris y bochornoso, pero nunca debes fiarte del tiempo norteño. En apenas unas horas recibimos un diluvio bíblico. Al caer la noche, se nos helaron las manos, las nubes se abrieron y una luna mágica reinó en el cielo despejado. Ojalá pudiera mostrárosla, pero es imposible retenerla con mi pulso incierto (me rindo a la evidencia: necesito un trípode).

Hoy es día de chaqueta de lana. De botas altas y guantes. Día de paraguas precavidos. Es día de cementerios y flores, de reunirse a charlar por los que se fueron. Pero nada de eso es triste en mi tierra, o, al menos, en mi clan. Porque también es día de pueblo, de castañas, de cocinas de leña, de fuegos encendidos. Un día de velas, de historias de ánimas. Un día de falsos aparecidos con madreñas y sábanas viejas, de niños gritando de risa y miedo, de jugar al escondite en la oscuridad, de farolillos. Al menos así solía ser antes de que nos dejáramos invadir estúpidamente por tradiciones ajenas, por estúpidos disfraces, por calabazas, caramelos y extraña palabrería que nada tiene que ver con nosotros. Truco o trato. Ni lo comprendemos siquiera, ni nos importa.

Quisiera que todo aquello no cayera en el olvido, pero estoy resignada. Me asalta la certeza de que pertenezco a la última generación que verá ciertas cosas con sus propios ojos. Los niños de ahora nada saben de lo que emocionaba a sus padres y abuelos, de lo que entendían y protegían como propio. Porque todo es nuevo y viejo para un niño. Porque ellos no se preguntan si sus conjuros de ahora son en verdad suyos o se los prestó la caja tonta. Ellos no saben de tradiciones o de modas. Saben lo que les deslumbra, lo que les gusta, lo que ya ven por todas partes y les hace sentirse parte de ello. Y, por qué no, si nosotros, los adultos, desechamos sin el menor esfuerzo lo de siempre para sustituírlo por cualquier necedad? No son cada vez más los adultos que dan la espalda a lo que amaron y se entusiasman jugando a brujas, vampiros y zombies?

Desde luego estoy resignada, pero no pierdo la memoria. Ni quiero perderla. Así que, feliz otoño, feliz noviembre, feliz día de difuntos. El día del muerto, como dicen por aquí. Feliz Magüestu.