
Supongo que todo el mundo tiene sueños repetitivos. Los hay muy comunes, casi podríamos hablar de clásicos: volar, caer, ser perseguido. Yo tengo mi propia colección. El primer sueño que recuerdo es muy antiguo. De hecho yo aún dormía en mi enorme cuna. Lo sé porque, al despertar aquella vez, me puse de pie y observé a mis padres dormir a través de los barrotes. Eso indica que mi hermano no había nacido aún. Y estábamos en Gigia, no en Gadir. O sea, que yo debía tener dos años escasos. Puede parecer sorprendente, pero es que mis recuerdos se remontan muy al comienzo de mi vida. Tengo buena memoria.
Mi primer sueño, o el que recuerdo como primero, resultó bastante raro. Supongo que por eso lo recuerdo. Caminaba por largos corredores amarillos. Simplemente. Pasillos rectos y larguísimos, con paredes tapizadas de amarillo, o dorado. Paredes altas, techos altos. Todo desnudo, vacío, y con aspecto de antiguo. Como si fuera un elegante palacio abandonado. Recuerdo el sonido de mis pasos. De dónde pude sacar una imagen semejante a tan corta edad? No tengo la menor idea. De una película, tal vez?
Soñaba que volaba, claro. Es típico. Había dos formatos: volar a toda velocidad atravesando el cielo, viendo pasar mares, tierra, bosques, ríos, montañas... al más puro estilo Fújur. O bien ir caminando, pegar un bote y elevarme muy alto. Sólo que en esos sueños no lograba mantenerme y caía lentamente de nuevo al suelo. Muy Mary Poppins. Siempre caía despacio, eso sí. Jamás he soñado con caídas vertiginosas.
Ser peseguida, eso también. Ver morir a seres queridos. Y siempre la impotencia de gritar sin voz. Os ha pasado? Querer gritar y no poder. Terrible. Me despierto y siento como si tuviera la garganta dormida. Y qué saltos en el corazón!!! Lo más aterrador de esos sueños es que a nadie le importaba. Si mi hermano moría, mis padres ponían una cara que no iba más allá del fastidio o la indiferencia. Eso era lo espantoso, lo frustrante. Lo increíble.
Sueños raros. Pero es curioso, hay sueños raros que dan miedo y otros que no. En los que no te asustas la cosa puede empezar tomando un café con tu prima, luego estás en un barco con Paul Newman y tu profe de mates y de repente bailando con unos pigmeos en la selva. Pero no te inquieta. Hay otros que son pavorosos. Recuerdo uno muy vívido en el que yo entraba en el baño de la casa de mis padres (donde me crié) y encontraba un naipe sobre el armarito de espejos. Era el as de picas. Pero dentro del dibujo había un paisaje que me tragaba. Campos de trigo. Y una chica rubia paseando. Luego todo se volvía negro y amenazador, y había una tormenta. La chica rubia era morena entonces, y parecía furiosa. Me miraba, me señalaba y me gritaba: "la torturaron por tu culpa. La apuñalaron siete veces!!" No os quiero contar cómo me desperté en aquella ocasión. Aterrada.
Curiosamente, tuve muchos sueños apocalípticos. El mundo acababa o estallaba una guerra. Creo que mi mente infantil se quedó muy afectada con las películas de nazis y la segunda guerra mundial. De hecho, escuchar en una película o en un documental las sirenas de los bombardeos, o las pisadas rítmicas de los soldados, me aterrorizaba. Aún hoy día las sirenas, aunque sean de una fábrica, y los desfiles militares me asustan. Y ambos sonidos poblaban mis pesadillas, en las que algún conflicto me obligaba a escapar con los míos, a esconderme de los malos. En mis sueños, invariablemente, nos refugiábamos en la finca de mis abuelos. Quizá en mi inocencia no lograba imaginar nada más lejano que aquella casita a diez minutos de nuestra ciudad. Siempre era de noche. Y siempre nos encontraban. Aporreaban la puerta. Estábamos perdidos. No siempre eran personas las que nos buscaban. A veces eran lobos, cosa que nunca comprendrí, ya que me encantan esos animales. En aquellas pesadillas, eso sí, no tenían nada de encantadores.
Los animales son otra constante. Perros y lobos amenazantes. También felinos y serpientes. No siempre venían a por mí. A veces luchaban entre ellos. Y, a saber por qué, en ocasiones un pequeño gatito doméstico ponía en fuga a un león. Muy simbólico.
Casas viejas, lúgubres, antiguas. Con grandes ventanales, lámparas de araña, cuadros, esculturas. Muebles tapados con sábanas. Casas caóticas, llenas de recovecos, rincones, pasadizos, escaleras, desvanes. Pero siempre siento que estoy en mi hogar cuando sueño con ellas...
(Me voy a dormir. Mañana más).